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FOTOGRAFÍAS SECRETAS

Escribo aún convaleciente, tres días después de haber asistido a la visita guiada a la exposición del fotógrafo norteamericano Duane Michals en la Fundación Mapfre de Barcelona.  Y justo un día después de haber husmeado en la biblioteca de la Fundació Tàpies, y dado con un artículo de Jean Baudrillard titulado El arte de la desaparición, de 1997, que, como se verá, guarda más de una similitud con la susodicha exposición.

Vayamos al grano. La guía turística remachó durante la visita que, Michals, en su obra, trata de mostrar, no lo que sucede en ese momento en que fotografía, sino lo que acontecerá. A Michals nunca le ha interesado representar el “momento decisivo” de Cartier-Bresson, el azar como detonante  de la toma, sino más bien coquetear con una puesta en escena, con una planificación estudiada que,  no por ello, desmerezca ni deje de ser fresca y poderosa y que avance lo que ocurrirá, o al menos deje vía libre a la imaginación del espectador. Algo así como el París desierto de Atget es el Nueva York que “diseña” o reinventa Michals.

En las fotografías de una barbería vacía, por ejemplo, hay un correlato que va a la par de los ojos de quien observa: la cita ulterior de los parroquianos con el peluquero, el sonsonete de las tijeras y las navajas… Material literario donde los haya. El silencio y el bullicio; la tristeza y la alegría; la soledad y luego la compañía. La suma de contrarios.

Baudrillard reflexiona, igualmente, sobre el arte fotográfico.  Para él, y a diferencia de las demás artes como la pintura, lo real no ha desparecido completamente, sino que es pillado in fraganti en el instante de desaparecer. La fotografía es diferente, así, del objeto real: es una ilusión. Ilusión de que ese ser fotografiado está dejando de ser, se metamorfosea, se diluye su fuerza. Afirma, también, que hay una identidad o alteridad secreta detrás; el enigma, lo no dicho, lo que se agazapa. La fotografía es “instantánea”, “tangible”, “irreversible”. Claro que esa imagen fotográfica podría retocarse con Photoshop si fuera el caso, pero entraríamos entonces en el terreno de lo “abominable”. Queremos arte lo más sincero posible, no enmascarado.

Y he llegado a la conclusión de que tanto Michals como Baudrillard vienen a decir lo mismo; beben de la misma fuente prístina, sonora, envolvente. Y es ella la que me permite constatar que hay algo que pide ser celebrado: el vacío, lo que hay más allá, bajo la piel de los modelos, los hombres y mujeres, los chiquillos y los ancianos que, de pronto, parecen regalarnos partes de sus vidas antes o después de los pequeños acontecimientos: la intrahistoria, en fin.

Hacía mucho que no visitaba una exposición de fotografía. Se conoce que ahora que me ha dado con estudiar Historia del Arte, ningún evento es suficientemente insaciable para colmar la sed que me embriaga; necesito contemplar objetos artísticos para sublimar el sujeto presente en mí que quiere ser protagonista de lo que observa, aun a miles de kilómetros de distancia de aquello relatado en las fotografías.

Es curioso ver esas imbricaciones entre artista y teórico del arte. Confluyen en el mismo discurso. Michals, el creador de la secuencia y del fototexto, parece guiarnos y decirnos: “Yo seré vuestro Dante particular en vuestra particular visita al Infierno, Purgatorio y Paraíso”. Me he visto subyugado por estos poderes sobrenaturales. Y tengo que afirmar que me costó digerir y entender el a veces oscuro discurso de Baudrillard. Pero como buen Capricornio que soy, mi testarudez me llevó a leerlo tres, cuatro, hasta cinco veces, para captar el mensaje central. Y hete aquí que he encontrado la clave, la horma de mi zapato: hay que abrir el corazón todo lo que se pueda, para celebrar la comunión con los demás seres, para intentar adivinar lo que ocultan los fotografiados; la piel que esconde los secretos no revelará los taimados tejemanejes y, si lo hace, saldrán desfigurados en boca de los emisarios.

Que el espectador capte la enigmática visión  que los artistas tenemos cuando creamos, ya sea a partir de papel fotosensible o de Din-A4 y estilográfica, para acabar intuyendo el misterio, sin hallarlo nunca del todo.  En literatura, en la pintura se ha opacado ya. Para eso tenemos la fotografía: para que nos  alimente  en ese instante antes de la “desaparición”. Un arca navegando a flote contra la marea, y detrás de esa área podría existir Dios, y el Diablo, o el mismo pintor que cuando compuso el cuadro se burló de los dioses, de los mortales, y creó la venganza de las fuerzas físicas, la tormenta. A lo mejor, en última instancia, el objeto artístico es un ajuste de cuentas con la sociedad, o más aún, un ajuste de cuentas del mismísimo creador. Mientras existan fotografías y fotógrafos, el mundo podrá seguir soñando en atrapar ese mensaje oculto, sobrevivirá y aun resucitará.

EL SOL SE HA LEVANTADO SOBRE EL MUNDO

Me despierto con la luz matinal que atraviesa la persiana del dormitorio. El sol camina hacia su cenit con sus matices diferentes de luz; yo me acomodo al nuevo día, después del recogimiento nocturno, y me abro al mundo, a lo bueno y a lo malo que pueda ofrecerme, sin apenas sentir el desgarro de hace unos días, mi mal de amores, mi decepción.

solEn mi itinerario hasta el baño, tarareo Volver. La melodía resuena en mi cabeza; no puedo ignorarla. E inmediatamente después medito en torno a esta canción: pisar las mismas baldosas devuelven un eco diferente. Lo mismo ocurre con las calles, con los museos, con las tiendas, con los jardines que visito: Como un lobo de Miguel Bosé de viaje en AVE a Madrid o el Everything de Michael Bublé cuando volaba hacia Nueva York son distintas si las escucho ahora, en casa. Cada canción ofrece una visión nueva: una ciudad, un mismo lugar es muchas ciudades, muchos lugares.

Más allá de la compañía de la música, cuando la soledad teje muros de araña triste en torno a mí, cuando podría compartir lo que veo y escucho con alguien más, si viajo al extranjero, suelo alojarme con familias autóctonas, y si es por España suelo ir adonde tenga amistades. No se me ocurre ir a Toledo o a Salamanca, hoy por hoy, aunque me encantaría, pues allí no conozco a nadie, y no quisiera sumirme en un estado melancólico. La soledad solo es buena en tanto pueda transformarse en creación, en tanto que reflexión: solo cuando el escritor se aísla para convertir sus aventuras en materia novelable. Yo, como artista, necesito ese resquicio para construirme, para saber hacia adónde voy.

Quizá eso tenga que ver con lo que decía Susan Sontag en una entrevista: un escritor es alguien que presta atención al mundo y escribir es una vocación heroica. Al final, un escritor, y por ende un artista, el verdadero artista, no es más que alguien un poco más sensible que el resto, que se preocupa por entender la vida, analizarla y exprimir todo su jugo para después transformarla en arte. Esa vocación es “heroica”, en tanto en cuanto debe aceptar el dolor o la tristeza y reconvertirlas: observar el itinerario del sol sobre el cielo, captar su esencia y corresponder a ella. Transcribirla, aun a riesgo de idealizarla. Es, en el fondo, la razón de tanto viaje y tantos caminos transitados: dar testimonio de ese día que empieza, de que nosotros estábamos ahí, todavía en el mundo, en ese dejar de estar solos, justo cuando se levantaba el sol.

¡VIVA LA GENTE!

Cojo el autobús para ir al centro, como ya viene siendo habitual en mí. Uno de los conductores ya me conoce. La parada es el inicio, así que aprovecho los cinco minutos de rigor de la espera antes de que arranque para charlar. Una tarde de verano, cuando aún apretaba el calor, le solté:

―¿A que te encantan las películas de acción, no?
―¿Por qué? ¿Lo parece? No, no, soy más bien aficionado al cine de autor―me contestó él con voz grave de fumador.
―¿De veras? ¿Qué directores te gustan?
―Pues mira, el otro día echaban en el cineclub de la asociación de vecinos una peli de Kaurusmäki…

¿Qué película era? ¡Nubes pasajeras! Y yo me quedé sorprendido. No supe qué decirle, había acertado de lleno: Kaurismäki es mi director de cine vivo preferido.

Así, tarde sí y tarde también, ha transcurrido un año, hasta hacernos buenos amigos. No vamos de copas ni a ligar juntos pero, ¿cómo lo diría?, se ha establecido un vínculo de amistad muy fuerte. Cada tarde, nada más verme, no se olvida: “un día de estos, fijo que nos vamos a Finlandia a conocer a Kaurismäki”.

La amistad con el conductor del autobús podía ser, con un poco de imaginación, si ambos quedáramos después de la jornada laboral, similar a la que se establece entre los que juegan a fútbol. Por lo menos, así me lo decía mi abuela: los deportes hacen mucho, establecen un cierto pacto de sangre en el casinillo después del partido. Yo nunca he sido un buen futbolista, ni siquiera un mediocre pero esforzado futbolista, todo hay que decirlo, pero siempre he querido tener muchos amigos y me gusta hablar con todo el mundo. Sueño con una amistad, quizá muy literaria, con la fe puesta en la humanidad, a pesar de todo: establecer una relación muy profunda que supere las barreras que encallan, y que se afiance día tras día. Una amistad de esas que lleguen a la médula, que provoquen un ligero hormigueo en el estómago.

cafeCuando me bajo en la parada del Paseo de Gracia, empiezo a deambular en busca de una mesa libre en un bar de tapas o en un restaurante no demasiado lujoso, el que me permita mi bolsillo. Esto es lo que hago siempre, aquí y en cualquier ciudad cuando viajo. En Madrid, en París, en Nueva York o en Venecia: intento mezclarme con la gente para experimentar la esencia del lugar; captar la atmósfera propicia para conocer a alguien y, ¿quién sabe?, hacer algún amigo. Porque sí, en estos bares y restaurantes céntricos siempre encuentras con quien cambiar impresiones para así, de alguna forma, calmar tus miedos de callejero desprotegido y solitario. Sin ponerme presuntuoso diré que he adquirido un cierto don de gentes, gracias a mi trabajo de recepcionista de hotel.

Y es así también como surge la inspiración; nunca encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación, sino observando. El narrador y el poeta deben escuchar atentamente los susurros del viento entre las hojas de los plátanos, los círculos que describen los zapatos cuando pisan el asfalto, la estela de gasolina de los coches… los símbolos con los cuales trabajarán y escribirán su obra maestra. Somos seres únicos que buscamos al otro, ser uno en el otro: por eso viajamos, para conocernos y conocer el mundo, para ser más sabios, para buscar la estrella perdida que ha caído en un charco de agua tras la lluvia. Desde la humilde atalaya que me otorga la experiencia de los años transcurridos, observo a mi alrededor e intento transmitir, a través de las palabras, la música del aire y la canción del aquí y el ahora. Tanto el conductor de autobús como las gentes que encuentro al paso, encontrarán acomodo en mis libros futuros, camuflados con otros nombres y otras características, pero en los que hierva su corazón con el mismo ímpetu, con las misma fuerza que yo atisbé al pasar frente a ellos, al mirarles de frente, en mi recorrido diario por la ciudad.