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SOCIOLOGÍA Y LITERATURA

Nací hace casi cuarenta años y mi lugar en el mundo es la ciudad de Barcelona del siglo XXI. ¿Qué implica esto? Mi labor de novelista y articulista, casi por deformación profesional, me obliga a mirar a mi alrededor, a fijarme en las palabras que oigo por casualidad en el autobús o mientras hago cola en el cine. Palabras que, de otra forma, se las llevaría el viento, las comparo con aquellas que aparecen en mis libros favoritos, escritos mucho antes, y se vuelven palabras valiosas, como si yo fuera un cirujano provisto de más de un afilado escalpelo en medio del quirófano cotidiano.

La literatura,  no debemos olvidarlo, es el signo de los tiempos, un bello nido de víboras sociológico. Cuando leo, interrogo al texto: no ya  al estilo personal de su autor, sino a los recursos lingüísticos que utilizan los personajes, sin pasar por alto la elocuencia de los silencios ni sobreentendidos, que pueden producir más de un estremecimiento en el lector. ¿Qué aporta el autor y qué añaden los protagonistas y secundarios, maniquíes expuestos en vitrinas de la máquina social? Es lo que me preocupa.

El quid está en cómo leer, con qué lentes de aumento, esas novelas de Clarín, Galdós y Pardo Bazán, y compararlas con obras literarias del presente. Por ejemplo, en el tratamiento de “usted”: antes, si no se conocía suficiente a la otra persona, ya fuera mayor o menor, no se la tuteaba jamás y, solo, poco a poco, conforme avanzaba la relación, se iba desplazando su uso hasta llegar al “tú”. Yo tuteo a todo el mundo, yo he tuteado incluso a mis profesores; solo hago una excepción con los ancianos apostados en la parada del autobús. ¿Y qué decir del cariñoso “querida esposa”, “señorito” y otras lindezas del teatro benaventino? ¿Y qué decir de las interminables descripciones? En la ficción contemporánea, por influencia del cine y la fotografía y, más tardíamente, de Internet, ya no encontramos nada de eso: el prosista ya no tiene la necesidad ni la obligación de describir tan al detalle ni los lugares ni la apariencia de las personas. Traza unas breves pinceladas para situarnos en su lugar, y ya está.

Este ejercicio de analizar los libros puede y debería ser común tanto a la mayoría de escritores como de lectores. No es un ejercicio baladí, sino una forma mayúscula de introspección. Al leer y estudiar esas radiografías sociales, accedemos a terrenos privados, y acabamos, queramos o no, psicoanalizándonos. Reímos o lloramos ante lo que leemos; nos ponemos en la piel de esos personajillos desharrapados u opulentos, vistosos o discretos; o bien los repelemos, los odiamos. Es nuestra batalla diaria, la que nos informa de cómo somos y cómo nos gustaría ser, qué valores nos parapetan del mundo. Somos hijos de nuestra época, pero podemos soñar. Como un carnaval perpetuo, podemos disfrazarnos imaginariamente por unas horas, y volar con los ojos del espíritu hacia el pasado. Ahí queda el alma de los demás, como si fuera una huella digital. (Alma: eso es lo que todos necesitamos: leer o escribir libros con alma, más allá de la pericia técnica).

¿Son nuestras vidas mejores que las historias que se cuentan en el papel? ¿Qué nos une y qué nos diferencia? Esto de las influencias y de la cadena causal es muy difícil de determinar. Un poco de sociología para psicoanalizarnos siempre va bien: rescatar en sueños los fantasmas del yo más profundo. Ficciones que aspiran a evadirnos de tiempos convulsos que nadie sabe adónde conducirán. En la próxima sesión de cine del domingo por la tarde, me dejaré embriagar por el decorado o por el maquillaje y el vestuario de los actores sabiendo que los delatarán sus líneas de diálogo. Lo prometo.

OTRO INVIERNO EN MI ESCRITURA

El invierno, más allá del frío, es la metáfora del abandono, del dolor, del final de la vida. Hoy, en la estación del año más rigurosa, en el mes más gélido, me dispongo a llevar a cabo un exhaustivo examen de conciencia, y hacerme preguntas: ¿Es posible que el escritor retome su arte tras múltiples renuncias? ¿Cuánto debe escribir para contentarse, para que no se resienta su ego? En todo caso, ¿es realmente este un nuevo invierno en mi escritura?  Atravieso el páramo, los temores ante la página vacía, el no saber qué decir, la falta de constancia. Pero ahí sigo. Porque escribir no solo significa inventar, fantasear, crear mundos paralelos. Escribir es una actitud moral, vital.

¿Qué hace un escritor con sus bloqueos? ¿Cómo consigue un novelista acabar su volumen sin demasiadas injerencias del exterior? Confieso que soy un pequeño artista rodeado, subsumido por miedos e incertidumbres. A veces, me da por pensar que cuando escribo estoy perdiendo el tiempo y que más me valdría leer, escuchar música o irme a pasear por el parque  si hace sol y olvidar por un momento mi despacho, mis papeles y mis personajes; tarea completamente vana porque ya es imposible dar un paso sin su presencia.

Ha habido circunstancias que me han distanciado de las palabras, pero el deseo ha estado siempre ahí. Ha habido momentos de decaimiento, de pereza. A veces me abruma encender el ordenador, mirar fijamente la pantalla y, tras ello, trasladar unas cuantas líneas de texto desde mi cerebro a mis manos; tener el hábito de escribir todos y cada uno de los días del calendario. Reconozco que he pasado por la “flojera” de decir: no, soy ambicioso pero creo que el proyecto de una novela es superior a mis fuerzas. A menudo, he pensado en tirar la toalla. Pero entonces me digo: no, llevo desde los nueve años escribiendo; te has pasado media vida con la lícita y sabia intención de convertirte en narrador al servicio de la comunidad, para los que apuesten por ti.  Sé que esa afición me viene de lejos y que ahora no puedo echarme atrás. Debo continuar, me repito. Es necesario que haya escritores como tú, que aspiren a contribuir al establecimiento mínimo del orden público. Cuanto más tiempo ha pasado sin trazar letras en el cuaderno, más se ha acrecentado mi pasión.

En muchas épocas he leído más que escrito; aun así, he procurado tomar notas cuando viajaba, mientras cocinaba o veía la televisión. Leer, estudiar, meditar, para volcarlo luego en mis libros. Si solo leyera, no tendría donde trasladar lo aprendido; no podría “conocerme a mí mismo”. Cada palabra leída tiene un trasvase en mi estilo. De igual forma, si solo escribiera, me sentiría mucho más expuesto al escrutinio de los lectores: sería como lanzarme  a una piscina sin agua. El escritor, como el músico, como el bailarín, se lo juega todo en su arte. Se nota cuando el escritor es pobre en lecturas; cuando se ha precipitado con el final o en las páginas en que ha escrito con desgana. De todas formas, un narrador se salva, aunque haya leído poco y mal, aunque su estilo sea pobre, si en su obra se esconden verdades humanas. Eso es más importante que el estilo que pueda desarrollar. Lo mejor, con todo, es llegar a una cierta armonía.

No desearía desanimar al futuro escritor. No está de más repetir que sí, que se trata de un oficio fascinante, pero que es duro: requiere esfuerzo incontable, tesón; no se escribe solo del aire, o alimentado por los vientos de la fama y del dinero. Por eso es bueno meditar, de cuando en cuando, en tiempos difíciles, en el invierno que parece que no vaya a acabar nunca. Nosotros, los amanuenses recluidos entre las cuatro paredes de nuestra habitación, dejamos de anotar, hacemos un alto en el camino y decimos: ya llegó otro invierno más; la sola estación del año, la más propicia para desbloquear la mente de falsas creencias: escribir es saludable.  Debemos advertir, también, nuestra responsabilidad. Escribir es un arte elevado. Con las palabras no se juega ni se regalan al mejor postor. No sé de los demás, pero yo sé que jamás venderé mis palabras a nadie por ningún plato de lentejas.

PROCESIÓN DE DOBLES

En cualquier momento del día. En mitad de la calle, mientras espero el autobús. O en un rincón, agazapado entre las paredes solitarias de un bar: los rostros, en una suerte de carnaval invocando a Proteo, se desdoblan frente a mí. No son famosos ni figuran en las enciclopedias; solo son “famosos” para mí, fantasmas utópicos en el verdín de mi pasado, como si solamente deseara estar celebrando una misa de difuntos en vez de una ceremonia por los vivos, con los vivos. Los muertos están ahí, pero no se dan por aludidos: son apariciones retráctiles.

La primera vez fue hace escasamente un año. De improviso, tenía ante mí, en la cola de la panadería, la silueta menuda de P., la madre de mi amiga E., con su mismo gesto de la mano al recoger el cambio. Luego, en otra ocasión, en la otra punta de la ciudad, esperando el autobús fue G., mi antiguo profesor de Latín, con su misma impertinencia, con su mismo cigarrillo colgando del labio inferior. Por fin, mi tío T., con su bigote irónico, con su sonrisa socarrona, entre la muchedumbre de una calle peatonal del centro. Aún  recuerdo sus palabras, su tono de voz: “¡Qué caro eres de ver!”; “Las preguntas, escríbemelas en un papel”; “Campana… ¡eres un campana!”. Jamás han estado tan cerca de mí.

A partir de ahí, otros muchos seres ya huidos definitivamente han sido convocados por mi imaginación… De espaldas o de frente, cerca o lejos, prestos a tomar un taxi o a volver la esquina. Yo acelero el paso para adelantarlos, confuso. Cuando por fin llego a su altura, cuando giro mi cara para observarlos, descubro que no son ellos. No hay una mirada recíproca al pestañear, no hay una relación de iguales.   Ha sido un simple espejismo. O tal vez no tan simple. Como si acudieran a mí desde otras dimensiones, al menos tengo una ligera respuesta: la respuesta de los otros, del más allá.

Fenómenos del pasado, los conjuro, los honro. Lo quiera o no, son mis personajes, parte consustancial de mi ser; no importa si fueron amables o rudos conmigo. Son una procesión de dobles, entre lo real y lo irreal. Los contemplo ante mí como si aún quisiera hablarles, indefenso ante su grandeza como ante una sinfonía de Beethoven. “¿Son ellos o no?”, todavía me pregunto, esquivando una respuesta negativa. El absurdo puebla a sus anchas. Pero, y ahí quería yo llegar, la locura de todo esto, mi propia locura, es la incapacidad de cambiar las cosas: ellos no se levantarán de sus tumbas. Estaría dispuesto a hablarles. Desearía que fueran ellos, que me hablaran de nuevo. No acepto la verdad: que ya se fueron. Como si me negara a aceptar que mi propio péndulo bascula peligrosamente, por momentos, por el epicentro de la muerte.

Acabo rindiéndome a la evidencia: no son ellos. Lo fueron unos instantes tan solo. De modo inconsciente, sigo buscándoles.  No son más que dobles; si no fuera por ellos, por estas apariciones, mi imaginación acabaría desahuciada. No deseo que se pierda, que se borre ni se oxide: la imaginación es inútil si no sirve a nuestro propósito de fabular, y yo fabulo con las voces de los muertos, con sus manos tendidas hacia mí. Reconozco que la memoria es, por momentos, caprichosa y melancólica. Estoy indefenso frente a ella: aun así, no cambiaría por nada esas “iluminaciones”, su imperfección, su finitud. Escribiendo ahora a vuela pluma, pero sin dejar que la inspiración me pierda del todo, voy recordando, desastillando la memoria espuria del cerebro, en pos de un lenguaje antiguo entre líneas, entre el murmullo cotidiano de la vida. Entre los vivos.

A TRAVÉS DE UNA LUZ COTIDIANA

casaLas tareas de casa y otros ensayos, NATALIA GINZBURG (Editorial Lumen). 443 páginas. Barcelona, 2016. Traducción de Flavia Company y Mercedes Corral. Prólogo de Elena Medel.

De nuevo “me las veía” con ella, con Natalia Ginzburg (1916-1991), la gran novelista italiana. De nuevo, estaba dispuesto a que sus palabras recorrieran mi cuerpo, en su profundidad sutil, amena, necesaria. Deseaba abandonar las aguas cristalinas de sus narraciones y anclar mi paquebote en el embarcadero de otras costas, nuevas para mí: sus artículos de prensa y no ficción.

Publicado anteriormente en Lumen con el título genérico de Ensayos, hace mucho que iba a la zaga de este libro. Y uno de estos días me he decidido a tirarme de cabeza, a ir a por todas y zambullirme en el mar abisal de sus páginas, de los pequeños actos cotidianos, que parecen darse sin aparentes consecuencias. Y he observado que Natalia Ginzburg no obvió casi ningún asunto personal o colectivo, con  absoluta intensidad. Es el rey Midas y todo cuanto toca lo transforma en oro, ya deambule con mareo zigzagueante por las diversas casas que habitó, en Turín y en Roma; ya nos deleite con el recuerdo de unas inspiradoras sesiones psicoanalíticas; o bien fije la mirada retrospectiva sobre la infancia. Su escritura en libertad le permite bosquejar como nadie pequeños retratos o reseñas de Emily Dickinson, García Márquez, Sandro Penna, Dario Fo y Pasolini. Y también hacernos partícipes de sus ideas sobre la libertad religiosa y sexual, sobre el mal y la muerte. Sobre esta última, nos dice: No sentiremos el tedio; en la eternidad no existirá el tedio. El terror, el miedo y la angustia son sentimientos de esta vida y la muerte sin duda los ignora (…) Sobre la muerte, no sabemos ni sabremos nunca nada (pág. 395). Véase en este fragmento una muestra de su manera personal y particular de ver el mundo.

La genial escritora italiana Natalia Ginzbug
La genial escritora italiana Natalia Ginzburg

Si bien los temas que trata son universales, eternos, se ha discutido a menudo su escritura, su sencillez para con los personajes que trata, los actos que les gobiernan y los lugares que ocupan. Y tal vez haya quien los rebata sin percatarse de la gravedad que hay en el fondo; la forma como el lector aprende muchas cosas sin apenas esfuerzo. Siempre, con el latido de su estilo inconfundible. Es evidente que, en este bello libro, encomiablemente editado, habrá textos mejores que otros; pero, quizás, también, como ocurre siempre, dependerá de la experiencia de cada lector. Por su biografía, se acercará a ellos buscando una tabla de salvación diferente; buscará hasta dar con el pecio del barco hundido en alta mar, hasta dar con un puerto seguro, lejos de la calima. Sin apenas percatarse, será más sabio después de leerlo. Comprenderá la pequeñez de los sinsabores domésticos que dan título al volumen. Cito otro fragmento palmario: Las tareas de casa en ella son, dicen ellos, una coartada para no dedicarse a otras cosas más nobles: leer, interesarse por la política, cultivarse (pág. 83). Es la domus, el lugar en el que todo transcurre, calladamente: esas habitaciones donde las mujeres se recluyen, las que Natalia Ginzburg parece estar reclamando con derecho propio, haciendo un guiño a Virginia Woolf.

Heterodoxias o subjetividades aparte, este libro pertenece a la estirpe de los que merecen ser releídos. Sus palabras no se gastan ni se gastarán, estoy seguro. Guardadas como es debido en el guardarropa, como un traje modesto aunque elegante, las airearemos a la primera ocasión que se nos presente; nos vestiremos con ellas y las ofreceremos generosamente a los demás. Y nos conducirán lejos de las tinieblas, entreveremos el mundo con  una luz cotidiana. Leer y releerlas debería ser el pespunte certero para reflexionar, para conocer el siglo XX y reincidir en el misterio diario de la humanidad. Bienvenidas sean.