Archivo de la etiqueta: palabras

PROCESIÓN DE DOBLES

En cualquier momento del día. En mitad de la calle, mientras espero el autobús. O en un rincón, agazapado entre las paredes solitarias de un bar: los rostros, en una suerte de carnaval invocando a Proteo, se desdoblan frente a mí. No son famosos ni figuran en las enciclopedias; solo son “famosos” para mí, fantasmas utópicos en el verdín de mi pasado, como si solamente deseara estar celebrando una misa de difuntos en vez de una ceremonia por los vivos, con los vivos. Los muertos están ahí, pero no se dan por aludidos: son apariciones retráctiles.

La primera vez fue hace escasamente un año. De improviso, tenía ante mí, en la cola de la panadería, la silueta menuda de P., la madre de mi amiga E., con su mismo gesto de la mano al recoger el cambio. Luego, en otra ocasión, en la otra punta de la ciudad, esperando el autobús fue G., mi antiguo profesor de Latín, con su misma impertinencia, con su mismo cigarrillo colgando del labio inferior. Por fin, mi tío T., con su bigote irónico, con su sonrisa socarrona, entre la muchedumbre de una calle peatonal del centro. Aún  recuerdo sus palabras, su tono de voz: “¡Qué caro eres de ver!”; “Las preguntas, escríbemelas en un papel”; “Campana… ¡eres un campana!”. Jamás han estado tan cerca de mí.

A partir de ahí, otros muchos seres ya huidos definitivamente han sido convocados por mi imaginación… De espaldas o de frente, cerca o lejos, prestos a tomar un taxi o a volver la esquina. Yo acelero el paso para adelantarlos, confuso. Cuando por fin llego a su altura, cuando giro mi cara para observarlos, descubro que no son ellos. No hay una mirada recíproca al pestañear, no hay una relación de iguales.   Ha sido un simple espejismo. O tal vez no tan simple. Como si acudieran a mí desde otras dimensiones, al menos tengo una ligera respuesta: la respuesta de los otros, del más allá.

Fenómenos del pasado, los conjuro, los honro. Lo quiera o no, son mis personajes, parte consustancial de mi ser; no importa si fueron amables o rudos conmigo. Son una procesión de dobles, entre lo real y lo irreal. Los contemplo ante mí como si aún quisiera hablarles, indefenso ante su grandeza como ante una sinfonía de Beethoven. “¿Son ellos o no?”, todavía me pregunto, esquivando una respuesta negativa. El absurdo puebla a sus anchas. Pero, y ahí quería yo llegar, la locura de todo esto, mi propia locura, es la incapacidad de cambiar las cosas: ellos no se levantarán de sus tumbas. Estaría dispuesto a hablarles. Desearía que fueran ellos, que me hablaran de nuevo. No acepto la verdad: que ya se fueron. Como si me negara a aceptar que mi propio péndulo bascula peligrosamente, por momentos, por el epicentro de la muerte.

Acabo rindiéndome a la evidencia: no son ellos. Lo fueron unos instantes tan solo. De modo inconsciente, sigo buscándoles.  No son más que dobles; si no fuera por ellos, por estas apariciones, mi imaginación acabaría desahuciada. No deseo que se pierda, que se borre ni se oxide: la imaginación es inútil si no sirve a nuestro propósito de fabular, y yo fabulo con las voces de los muertos, con sus manos tendidas hacia mí. Reconozco que la memoria es, por momentos, caprichosa y melancólica. Estoy indefenso frente a ella: aun así, no cambiaría por nada esas “iluminaciones”, su imperfección, su finitud. Escribiendo ahora a vuela pluma, pero sin dejar que la inspiración me pierda del todo, voy recordando, desastillando la memoria espuria del cerebro, en pos de un lenguaje antiguo entre líneas, entre el murmullo cotidiano de la vida. Entre los vivos.

A TRAVÉS DE UNA LUZ COTIDIANA

casaLas tareas de casa y otros ensayos, NATALIA GINZBURG (Editorial Lumen). 443 páginas. Barcelona, 2016. Traducción de Flavia Company y Mercedes Corral. Prólogo de Elena Medel.

De nuevo “me las veía” con ella, con Natalia Ginzburg (1916-1991), la gran novelista italiana. De nuevo, estaba dispuesto a que sus palabras recorrieran mi cuerpo, en su profundidad sutil, amena, necesaria. Deseaba abandonar las aguas cristalinas de sus narraciones y anclar mi paquebote en el embarcadero de otras costas, nuevas para mí: sus artículos de prensa y no ficción.

Publicado anteriormente en Lumen con el título genérico de Ensayos, hace mucho que iba a la zaga de este libro. Y uno de estos días me he decidido a tirarme de cabeza, a ir a por todas y zambullirme en el mar abisal de sus páginas, de los pequeños actos cotidianos, que parecen darse sin aparentes consecuencias. Y he observado que Natalia Ginzburg no obvió casi ningún asunto personal o colectivo, con  absoluta intensidad. Es el rey Midas y todo cuanto toca lo transforma en oro, ya deambule con mareo zigzagueante por las diversas casas que habitó, en Turín y en Roma; ya nos deleite con el recuerdo de unas inspiradoras sesiones psicoanalíticas; o bien fije la mirada retrospectiva sobre la infancia. Su escritura en libertad le permite bosquejar como nadie pequeños retratos o reseñas de Emily Dickinson, García Márquez, Sandro Penna, Dario Fo y Pasolini. Y también hacernos partícipes de sus ideas sobre la libertad religiosa y sexual, sobre el mal y la muerte. Sobre esta última, nos dice: No sentiremos el tedio; en la eternidad no existirá el tedio. El terror, el miedo y la angustia son sentimientos de esta vida y la muerte sin duda los ignora (…) Sobre la muerte, no sabemos ni sabremos nunca nada (pág. 395). Véase en este fragmento una muestra de su manera personal y particular de ver el mundo.

La genial escritora italiana Natalia Ginzbug
La genial escritora italiana Natalia Ginzburg

Si bien los temas que trata son universales, eternos, se ha discutido a menudo su escritura, su sencillez para con los personajes que trata, los actos que les gobiernan y los lugares que ocupan. Y tal vez haya quien los rebata sin percatarse de la gravedad que hay en el fondo; la forma como el lector aprende muchas cosas sin apenas esfuerzo. Siempre, con el latido de su estilo inconfundible. Es evidente que, en este bello libro, encomiablemente editado, habrá textos mejores que otros; pero, quizás, también, como ocurre siempre, dependerá de la experiencia de cada lector. Por su biografía, se acercará a ellos buscando una tabla de salvación diferente; buscará hasta dar con el pecio del barco hundido en alta mar, hasta dar con un puerto seguro, lejos de la calima. Sin apenas percatarse, será más sabio después de leerlo. Comprenderá la pequeñez de los sinsabores domésticos que dan título al volumen. Cito otro fragmento palmario: Las tareas de casa en ella son, dicen ellos, una coartada para no dedicarse a otras cosas más nobles: leer, interesarse por la política, cultivarse (pág. 83). Es la domus, el lugar en el que todo transcurre, calladamente: esas habitaciones donde las mujeres se recluyen, las que Natalia Ginzburg parece estar reclamando con derecho propio, haciendo un guiño a Virginia Woolf.

Heterodoxias o subjetividades aparte, este libro pertenece a la estirpe de los que merecen ser releídos. Sus palabras no se gastan ni se gastarán, estoy seguro. Guardadas como es debido en el guardarropa, como un traje modesto aunque elegante, las airearemos a la primera ocasión que se nos presente; nos vestiremos con ellas y las ofreceremos generosamente a los demás. Y nos conducirán lejos de las tinieblas, entreveremos el mundo con  una luz cotidiana. Leer y releerlas debería ser el pespunte certero para reflexionar, para conocer el siglo XX y reincidir en el misterio diario de la humanidad. Bienvenidas sean.