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UNA MAÑANA CON JOAN MIRÓ

Llego a esta biblioteca con afán de conquista; tengo un apetito insaciable. Me dispongo a hacer primero una visita de reconocimiento. Me paseo por sus distintos pasillos: arte contemporáneo, fotografía, cine. Respiro hondo como si me insuflase de aires nuevos, como si estuviera en las montañas y quisiera llegar hasta la cima nevada. La luz del exterior se filtra y, a través de la ventana, ilumina mis pensamientos. Vengo aquí con mi ordenador portátil, mi libreta, un bolígrafo para trabajar a mis anchas; se conoce que las estanterías de caoba me inspiran. Me coge desprevenido: no llevo la máscara puesta que me protegería de los espíritus librescos.

¿Por qué he ido a parar a este estante y no a otro? ¿Por qué la vista se ha detenido en este volumen? El arte llama al arte. Pasillos y pasillos de sobrehumana fuerza, bosques frondosos de palabras no me impiden llegar hasta un libro de lomo grueso de ilustraciones a todo color y tipografía esmerada. Tal vez no pueda dar respuesta a mis interrogantes sino con la sorpresa, el misterio. Tal vez estaba destinado a curiosear un monográfico de Joan Miró puesto que en mi infancia acudí a una exposición antológica de su obra.

miroSoy el buscador de constelaciones. A Miró le preguntaron en una ocasión: “¿Qué camino piensa que debe tomar la pintura?”, a lo que el maestro contestó: “Volver a descubrir la fuente del sentimiento humano”. Ese es mi universo, el paisaje onírico de mujeres y pájaros, cosmogonía que tanto amé, sin comprender del todo, en mis primeros años; es el juguete de la luz, las ilusiones de la infancia, mezcladas. Con Miró accedemos a esa fusión con lo maravilloso. El artista puede llegar a ser un filósofo pero nunca es un mero sanador sino el testigo envidiable de un rompecabezas, más allá de la vida, que se ve reflejado en formas panteístas. El artista debe y puede ser uno de los más avispados mediadores entre el ciudadano y el mundo.

La realidad se reproduce a través de otro cristal en esta biblioteca; la tamiza, dejando tras de sí una estela poética en este día. Los maestros me llaman; los bibliófagos debemos acudir a esa llamada que tan a menudo desconocemos adónde nos llevará. Miró era un artista que supo reflejar en su obra como nadie el deseo telúrico con su visión cósmica, original, única. Su estilo es un lenguaje vivo, fresco, universal, además de un compendio de saberes vitales. Tengo la nariz impregnada de los colores de sus cuadros. Espero que me acompañen largo tiempo, que sean parte indisociable de mí en mis paseos espirituales.