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¡VIVA LA GENTE!

Cojo el autobús para ir al centro, como ya viene siendo habitual en mí. Uno de los conductores ya me conoce. La parada es el inicio, así que aprovecho los cinco minutos de rigor de la espera antes de que arranque para charlar. Una tarde de verano, cuando aún apretaba el calor, le solté:

―¿A que te encantan las películas de acción, no?
―¿Por qué? ¿Lo parece? No, no, soy más bien aficionado al cine de autor―me contestó él con voz grave de fumador.
―¿De veras? ¿Qué directores te gustan?
―Pues mira, el otro día echaban en el cineclub de la asociación de vecinos una peli de Kaurusmäki…

¿Qué película era? ¡Nubes pasajeras! Y yo me quedé sorprendido. No supe qué decirle, había acertado de lleno: Kaurismäki es mi director de cine vivo preferido.

Así, tarde sí y tarde también, ha transcurrido un año, hasta hacernos buenos amigos. No vamos de copas ni a ligar juntos pero, ¿cómo lo diría?, se ha establecido un vínculo de amistad muy fuerte. Cada tarde, nada más verme, no se olvida: “un día de estos, fijo que nos vamos a Finlandia a conocer a Kaurismäki”.

La amistad con el conductor del autobús podía ser, con un poco de imaginación, si ambos quedáramos después de la jornada laboral, similar a la que se establece entre los que juegan a fútbol. Por lo menos, así me lo decía mi abuela: los deportes hacen mucho, establecen un cierto pacto de sangre en el casinillo después del partido. Yo nunca he sido un buen futbolista, ni siquiera un mediocre pero esforzado futbolista, todo hay que decirlo, pero siempre he querido tener muchos amigos y me gusta hablar con todo el mundo. Sueño con una amistad, quizá muy literaria, con la fe puesta en la humanidad, a pesar de todo: establecer una relación muy profunda que supere las barreras que encallan, y que se afiance día tras día. Una amistad de esas que lleguen a la médula, que provoquen un ligero hormigueo en el estómago.

cafeCuando me bajo en la parada del Paseo de Gracia, empiezo a deambular en busca de una mesa libre en un bar de tapas o en un restaurante no demasiado lujoso, el que me permita mi bolsillo. Esto es lo que hago siempre, aquí y en cualquier ciudad cuando viajo. En Madrid, en París, en Nueva York o en Venecia: intento mezclarme con la gente para experimentar la esencia del lugar; captar la atmósfera propicia para conocer a alguien y, ¿quién sabe?, hacer algún amigo. Porque sí, en estos bares y restaurantes céntricos siempre encuentras con quien cambiar impresiones para así, de alguna forma, calmar tus miedos de callejero desprotegido y solitario. Sin ponerme presuntuoso diré que he adquirido un cierto don de gentes, gracias a mi trabajo de recepcionista de hotel.

Y es así también como surge la inspiración; nunca encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación, sino observando. El narrador y el poeta deben escuchar atentamente los susurros del viento entre las hojas de los plátanos, los círculos que describen los zapatos cuando pisan el asfalto, la estela de gasolina de los coches… los símbolos con los cuales trabajarán y escribirán su obra maestra. Somos seres únicos que buscamos al otro, ser uno en el otro: por eso viajamos, para conocernos y conocer el mundo, para ser más sabios, para buscar la estrella perdida que ha caído en un charco de agua tras la lluvia. Desde la humilde atalaya que me otorga la experiencia de los años transcurridos, observo a mi alrededor e intento transmitir, a través de las palabras, la música del aire y la canción del aquí y el ahora. Tanto el conductor de autobús como las gentes que encuentro al paso, encontrarán acomodo en mis libros futuros, camuflados con otros nombres y otras características, pero en los que hierva su corazón con el mismo ímpetu, con las misma fuerza que yo atisbé al pasar frente a ellos, al mirarles de frente, en mi recorrido diario por la ciudad.

UN AMATEUR DE LA VIDA

La meva veneració per la fotografia ve de lluny, dels anys universitaris, quan encara existien les cambres fosques, els carrets i els revelats en blanc i negre i les ampliadores. Encara recordo el meu projecte del primer any: retratar un cosí meu aficionat a la cursa, corrent amunt i avall a la Diagonal, per il·lustrar la meva visió particular de “la solitud del corredor de fons”. Tot plegat, potser, em va servir per canviar el focus de la meva mirada, per educar-la i arribar a sorprendre’m i a entusiasmar-me amb aquells trossos de realitat. De tot un contínuum que és la vida, n’ escollia un pedaç que fos prou representatiu de la meva remor interior; el meu testimoni del món.

L'amor del mariner, de Brassaï
L’ amor del mariner, de Brassaï

Però no és ben bé això el que volia explicar. Tinc a casa una petita joia, un llibre amb els fotògrafs més importants del segle passat. Hi ha un retrat en especial que no deixo de mirar una vegada i una altra. Es diu L’amor del mariner i és de Brassaï. Com ha canviat la societat d’ençà del 1932, i tot i així aquesta fotografia és més viva que mai. Pertany a la sèrie de retrats del París nocturn de prostitutes, vagabunds, amants somnàmbuls i ballarines. Pertany a l’imaginari del subconscient dels bars i dels carrers. Brassaï, que combregava amb el surrealisme, va abocar segurament tots els seus dimonis particulars en aquestes escenes obscures, decadents, entre la poesia i el fotoperiodisme. Què pensa el mariner de l’esquerra quan mira la noia amb els rínxols recargolats sobre el front, abraçada a un altre mariner? De què riu el mariner de la dreta? S’ho estan passant bé o fingeixen? La dona jove és l’amant d’un d’ells o bé de tots dos? Tot és un mar de suposicions que no arriben enlloc.

Sóc un amateur a la vida, tot i que n’he après, de mirar. Com a qualsevol altre de la meva època, m’han ajudat el cinema i la televisió; la meva mirada no és la mateixa que la de quan era un nen. Quantes hores passo cada dia davant de l’ordinador? I tot i així, el món sempre em sorprendrà i mai no en sabré prou. Sempre amb presses, sense poder aturar-me a contemplar, tranquil·lament, fotografies artístiques.

Em fascinen els gots a mig beure o el cendrer de Martini amb les restes de cigarretes. Amb Brassaï he descobert els amagatalls de la vida, els refugis davant la foscor. Potser l’art és trist i melangiós, quan intenta atrapar la felicitat. Però, en definitiva, què és la felicitat, al capdavall, si no un instant, un fragment capturat per la càmera?

VOLÚMENES LIGEROS

El hombre de la mochila a rayas negras y blancas va paseando por callejuelas estrechas de un barrio alejado del centro, sin prisa. Va mirando escaparate tras escaparate pero nunca cruza el umbral: su afán aventurero y díscolo no se somete a la tiranía de perfumes ni de vestidos caros, ni de lavadoras ni televisores o aun zapatos, si bien los que lleva, unas botas para andar por el bosque, están deslustradas por el polvo acumulado. Nada: no quiere otra cosa más que vagabundear.

Cuando parece que su andadura va a resultar vacía e inútil, se detiene ante un colmado. Su puerta entreabierta filtra la poca luz de una tarde otoñal. El hombre entra; desea comprarse un refresco. Después de dar una vuelta alrededor, antes de ir a pagar, se fija en el rostro lívido, absorto, de la joven cajera: como no tiene clientes a la vista, se dedica a garabatear en un bloc de dibujo. Está copiando un retrato de un libro de la biblioteca. El hombre no lo reconoce, por su ausencia de familiaridad con el mundo del arte aunque, según reza al pie de la foto, pertenece a Picasso: El acordeonista. La cajera lo copia a conciencia, aunque dándole su propio toque personal.

El acordeonista (1911), de Picasso
El acordeonista (1911), de Picasso

El hombre paga e indaga en el secreto, imagina: esta cajera está estudiando Bellas Artes o se está preparando para entrar en la Universidad. El hombre apenas si sabe que ese cuadro pertenece al cubismo, ni de la sucesión de planos paralelos, de la ruptura con el punto de vista. Solo quiere que le hablen de helechos, de robles, de hormigas, de estorninos. La cajera le sonríe; ante la mirada fija del otro le dice que le gustaría pintar como Picasso, pero que como Picasso nadie va a pintar porque él era único, inimitable. Le dice que ella se refugia en el arte para huir de la tienda, del barrio, de la ciudad. Confiesa que le gustaría vivir en París.

El hombre sale; esta corta conversación le hace también desear, aunque en los términos de lo posible, comprarse un bloc y dibujar árboles y plantas cuando vaya al bosque. Ya sabe lo que no hará: pintar como Picasso. Jamás se guarecerá a la sombra del cubismo, pues este, para él, no es más que una teoría absurda. No se plantea que lo que considera real no existe, que todo son hipótesis: volúmenes ligeros, etéreos, sin consistencia. Para él, la realidad es simple y llana. Picasso queda lejos de su ciencia comprobable. Nunca será consciente de que el cubismo no es más que otra interpretación del mundo; que él también, si quiere, encontrará y poseerá su propia interpretación.