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GAÑANES DE ANTAÑO

Con frecuencia, como ya viene siendo habitual en mí, viajo a la infancia, al remoto pasado, tal vez debido a mi tendencia de ir hacia atrás, como los cangrejos, en lugar de hacia adelante, como a menudo aconseja el buen sentido común y la experiencia de los años. Y es en ese intersticio donde consigo atrapar los instantes del milagro, de las reminiscencias.

Patio del colegio Dr. Ferran i Clua (Congrés, Barcelona)

Enseguida, en ese espacio intermedio del cerebro, veo imágenes mentales: cómo los mayores, los profesores, o los que me doblaban la edad, o ni siquiera tanto, los que me precedían de cursos superiores, frente a la cola del patio del colegio, se me figuraban hombres distantes: gañanes. Desde una atalaya muy elevada, ellos me observaban. Les devolvía la mirada, ayer cohibido, hoy ya sereno. Porque el recuerdo está muy tamizado, es selectivo. Ya no duele. Son apariciones tardías, extemporáneas. Entonces, los veíamos más altos, más inteligentes y atrevidos, y nos asustaban las caras fantasmagóricas del matón del barrio y sus secuaces, del profesor con mostacho, de la chica más simpática que te ofrecía el desayuno para compartirlo. A menudo, me mentían disimuladamente. ¿Qué nos sucedía entonces? ¿En qué consistía ser adulto? ¿Qué escondían sus ojos? En ellos estaba el germen, el bochinche de la memoria, el ir y venir divertido y caótico. Pero la autoridad de los mayores, ¿dónde ha ido a parar? ¿Qué ha sido de todo aquello, tan aparentemente florido?

Quizás lo que suceda es que ya no nos dejamos intimidar. Los que vivimos todo aquello, o eso espero, tenemos necesidad de recuperarlo. Por fin, hemos dejado de ser ingenuos. Hemos dejado de jugar a las cocinitas, a los papás y las mamás, a las canicas. Hemos dejado atrás los juegos de los médicos, los cromos, los fastidiosos partidos de fútbol. Recordamos, sin el mismo estupor con que los vivimos, pero estimulados por su aura divina, los años de la “lambada” y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Por nuestro rostro asoma una bendita sonrisa.

Ya nada es lo mismo, nada es comparable. Nos alejamos de aquella felicidad inadvertida; de aquellas pisadas iniciales en el barro de los días de lluvia, de los charcos y las botas de agua y las bambas blancas por estrenar. El encanto de la infancia está ahí y no puede pasarse por alto; somos nosotros los niños de entonces, también ahora. Es por eso que los caminos que levantan los cangrejos entre las rocas son la mejor metáfora que resuma nuestra biografía, nuestros currículums vitae.

Me urge recrearme en todo esto, por el bien de la literatura, buena, mala o regular, que pueda aportar con mis columnas. Alternar presente con pasado. Ahora que ha pasado el tiempo, me contemplo a mí mismo, como si me entrevistara, sin micrófono y sin red, sin subterfugios, para hacerme más amigo de aquel chiquillo que escribía, pintaba y soñaba en solitario, lo que plantaba con la semilla, la primera piedra del que soy ahora. Aquí, en comunión con la vida. Acertando o equivocándome, pero salvando los puentes taimados del recuerdo.

INFANCIAS

Nunca deberíamos pedir permiso por ser quien somos hoy o cómo fuimos ayer: soñadores o idealistas, juglares de sentimientos nobles. Tenemos derecho a escribir, con paciencia y parsimonia, el libro de nuestra vida. Tenemos derecho a dejar testimonio de ella, por escrito o grabada en un casete, e imprimirla (lo mejor, lo más valioso) en la mente, en el corazón de aquellos que van a tomar el relevo. Tenemos derecho a salvar, quemar o tan solo olvidar aquello que nos hirió, si podemos (lo de que el tiempo lo cura todo, ¿no es una falacia, en realidad?) Pero lo más importante: deberíamos volver a nuestra “prehistoria”, y rescatar los ideales y las ilusiones de esa época mágica de descubrimientos, cuando todo quedaba aún por experimentar, cuanto pasó y queda cada día más lejos: la infancia.

Si echo la vista atrás, veo los primeros destellos del sol sobre el asfalto virgen. Todo pertenece a mi particular “patio sevillano”: el ruido horrísono de las antiguas cajas registradoras de los supermercados; las llaves que abrían maleteros, puertas y huchas; los mástiles de los bajeles anclados en el puerto, en una suerte de baile de san Vito; la tapicería de los coches, las llantas, el cambio de marchas; las revistas de moda de mamá, que yo imitaba, dibujando modelos y coloreando en folios; el concurso televisivo Un, dos, tres, cada viernes (podía quedarme hasta el final porque al día siguiente no había colegio, pero me quedaba dormido antes); las novelas de lugares fríos que yo leía en la hamaca de la playa, en pleno agosto; o bien las portadas de los periódicos, que en aquella época hablaban de la Guerra del Golfo… Ya quería ser mayor de edad, convertirme en periodista y escritor. ¡Qué impaciencia! ¡Qué ganas ya de pelear, sin saberlo!

Mi infancia (como la del resto de mortales) que contenía ya mi existencia futura, mi carácter. Como los colegiales que antaño compartieron pupitre en La clase muerta,  la pieza teatral-experimento de Tadeusz Kantor; esos ancianos que vuelven al aula, poblada de maniquíes. Es, en realidad, la metáfora de la muerte prefigurada: presencia que congela y “mata” los recuerdos. Somos los niños en la vejez, y la vejez ya presente en nuestra primera infancia: la cristalización de quienes seremos luego. De ahí que, inevitablemente, muchas cosas no puedan “borrarse” de nosotros, aunque ya estén finiquitadas, aunque tengamos todo el derecho, como ya ha quedado dicho más arriba. Somos los castillos en la arena, antes de que las olas de la ruindad los aneguen definitivamente.

En esas narraciones, ya algo pretéritas, hay sí, en este presente mío (¡ya lo creo!) mucho de reinterpretación, de meticuloso engarce de perlas en el collar. Quiero con locura a quien fui en el ayer, y a los que me acompañaban en la aventura. Los recuerdos no tienen por qué ser fuegos tristes en torno a una chimenea, ni estar expuestos a las bromas o al escarnio, como fantochadas en un guiñol de feria.  No: lo embellezco, tal vez para no sufrir. Conservo vivas y poderosas las historias y, con ellas, los lugares, bellos y gloriosos paisajes, interiores o exteriores a un tiempo. Intento sacarles lustre, sin obsesionarme , o al menos sin pretenderlo.

Nuestros recuerdos, diría Kantor, ya son muerte pero, ¿no son también nuestro propio renacimiento? ¿Qué nos habría pasado si no hubiéramos tenido nunca una niñez que luego recordar? ¿Si no tuviéramos recuerdos?, ¿si siempre estuviéramos en dique seco, con el cerebro vacío de imaginación? Seguramente, nuestro mundo sería aún más cruel y ruin. Es esa infancia (las infancias de cada cual), que quiero recuperar en este día, la que se va creando lenta, pacientemente: el cascabel en el fondo del alma. Esos relatos, cada vez más lejanos y remotos, que nos acompañan, como si fueran amigos íntimos; por momentos, también enemigos íntimos. Pero estos no me ganarán la partida: no dejaré que las malas hierbas invadan mi camino. ¡Que Dios salve nuestra niñez!

PROCESIÓN DE DOBLES

En cualquier momento del día. En mitad de la calle, mientras espero el autobús. O en un rincón, agazapado entre las paredes solitarias de un bar: los rostros, en una suerte de carnaval invocando a Proteo, se desdoblan frente a mí. No son famosos ni figuran en las enciclopedias; solo son “famosos” para mí, fantasmas utópicos en el verdín de mi pasado, como si solamente deseara estar celebrando una misa de difuntos en vez de una ceremonia por los vivos, con los vivos. Los muertos están ahí, pero no se dan por aludidos: son apariciones retráctiles.

La primera vez fue hace escasamente un año. De improviso, tenía ante mí, en la cola de la panadería, la silueta menuda de P., la madre de mi amiga E., con su mismo gesto de la mano al recoger el cambio. Luego, en otra ocasión, en la otra punta de la ciudad, esperando el autobús fue G., mi antiguo profesor de Latín, con su misma impertinencia, con su mismo cigarrillo colgando del labio inferior. Por fin, mi tío T., con su bigote irónico, con su sonrisa socarrona, entre la muchedumbre de una calle peatonal del centro. Aún  recuerdo sus palabras, su tono de voz: “¡Qué caro eres de ver!”; “Las preguntas, escríbemelas en un papel”; “Campana… ¡eres un campana!”. Jamás han estado tan cerca de mí.

A partir de ahí, otros muchos seres ya huidos definitivamente han sido convocados por mi imaginación… De espaldas o de frente, cerca o lejos, prestos a tomar un taxi o a volver la esquina. Yo acelero el paso para adelantarlos, confuso. Cuando por fin llego a su altura, cuando giro mi cara para observarlos, descubro que no son ellos. No hay una mirada recíproca al pestañear, no hay una relación de iguales.   Ha sido un simple espejismo. O tal vez no tan simple. Como si acudieran a mí desde otras dimensiones, al menos tengo una ligera respuesta: la respuesta de los otros, del más allá.

Fenómenos del pasado, los conjuro, los honro. Lo quiera o no, son mis personajes, parte consustancial de mi ser; no importa si fueron amables o rudos conmigo. Son una procesión de dobles, entre lo real y lo irreal. Los contemplo ante mí como si aún quisiera hablarles, indefenso ante su grandeza como ante una sinfonía de Beethoven. “¿Son ellos o no?”, todavía me pregunto, esquivando una respuesta negativa. El absurdo puebla a sus anchas. Pero, y ahí quería yo llegar, la locura de todo esto, mi propia locura, es la incapacidad de cambiar las cosas: ellos no se levantarán de sus tumbas. Estaría dispuesto a hablarles. Desearía que fueran ellos, que me hablaran de nuevo. No acepto la verdad: que ya se fueron. Como si me negara a aceptar que mi propio péndulo bascula peligrosamente, por momentos, por el epicentro de la muerte.

Acabo rindiéndome a la evidencia: no son ellos. Lo fueron unos instantes tan solo. De modo inconsciente, sigo buscándoles.  No son más que dobles; si no fuera por ellos, por estas apariciones, mi imaginación acabaría desahuciada. No deseo que se pierda, que se borre ni se oxide: la imaginación es inútil si no sirve a nuestro propósito de fabular, y yo fabulo con las voces de los muertos, con sus manos tendidas hacia mí. Reconozco que la memoria es, por momentos, caprichosa y melancólica. Estoy indefenso frente a ella: aun así, no cambiaría por nada esas “iluminaciones”, su imperfección, su finitud. Escribiendo ahora a vuela pluma, pero sin dejar que la inspiración me pierda del todo, voy recordando, desastillando la memoria espuria del cerebro, en pos de un lenguaje antiguo entre líneas, entre el murmullo cotidiano de la vida. Entre los vivos.

TODO EL DOLOR DEL UNIVERSO

Recuerdas aquel viaje infausto que no debieras haber realizado nunca. (Yo ahora soy el Otro). Me miras, con la distancia de los años, inocente y casi despreocupado desde aquel ayer  en que aún no te enterabas de la película, ¿qué podías hacer? (Eras barbilampiño, algo más seco de carnes que ahora y poco bregado en el mundo). En definitiva, no sabías diferenciar ni apreciar los detalles, los matices. ¿Qué era para ti un tono de voz demasiado ronco, enfático, cínico? ¿Y uno agudo, reposado, bondadoso?

Ya no te sirve edulcorar la historia pasada. ¿Por qué, aun así, te lamentas? Nunca más vas a hacer lo que hiciste, y eso es nunca, y eso debería bastarte para no ahondar en el pasado, tu pasado, al escribir esta columna. Por fin has escarmentado, abierto los ojos, descubierto las vendas. Los viajes organizados no estaban entonces ni incluso ahora están hechos para ti. ¿A quién se le ocurre? Ir sin conocer a nadie, por la maldita aventura de explorar, es como jugar a la lotería. Puede salir bien como puede salir mal. Dudabas: por un lado deseabas fervientemente conocer Oporto, Coimbra, Lisboa. Por otro lado, te aterrorizaba lo desconocido. Estuviste reconcomiéndote, indeciso entre ir y no ir, hasta la misma salida del autocar. ¡Más te hubiera valido seguir el consejo de tu madre que te prevenía, y con razón!

Solo, arrojado al viaje como a la vida sartriana, no pudiste, no soportaste la sensación de falta de libertad, allá donde ibas, con la guía tontaina de directora, cuando sentarte a la mesa, codo con codo con el compañero más sarcástico o, aún peor, compartir habitación en hoteles de mala muerte con seres del todo misteriosos que no van a sacarse la máscara. ¡Claro que podría haber huido, volver a casa! No te atreviste, fuiste cobarde y preferiste sonreír, aparentar buena cara. Fue en Portugal, pero podría haber ocurrido en cualquier otro sitio.

No fuiste nada y no eres nada ahora, y el espíritu del tiempo pulula por esta vieja alcoba del castillo de tu vida, que deja de ser un palacio para convertirse en monstruosa caverna cuando piensas que te falta valentía suficiente para encajar su derrota. Ahora por lo menos respiras más tranquilo cuando descubres que lo malo puede transformarse en cuento o novela o, más modestamente, en un post de tu blog, que publicas puntualmente cada semana; un espacio donde cabe tu opinión, quizás una entre muchas en el laberinto de palabras de Internet, pero tuya, al fin y al cabo.

Por fortuna, nuestras circunstancias desfavorables nos permiten esculpir, escribir, pintar.  Es suficiente con que los recuerdos, en ocasiones, luchando para que no los entierres, te ganen la partida, y aparezcan en medio de un sueño. Las espinas del pasado, y no sus rosas rojas, son mortales, y nadie te preparó para que no te hirieran. No puedes sonreír, es imposible, mientras sigas aferrándote a un pasado al que solo puedes vencer mediante la literatura de la paciencia. Confórmate con escribirlo y  exorcizarlo así, y transforma, si es necesario, el recuerdo para poder vivir, de ahora en adelante.  Nulla dies sine linea, como dijo Plinio el Viejo. Nunca dejes de escribir si no puedes olvidar, aunque seas un ángel que padece todo el dolor del universo.

 

DE NUEVO, ENTRE FOTOGRAFÍAS

En uno de los cajones de mi escritorio guardo celosamente álbumes, mapas, prospectos de exposiciones, programas de obras de teatro, como si fuera un archivero de la Biblioteca Nacional al que le hubieran encomendado el inventario y almacenaje de los papeles de su estudio. Esta tarde, mientras buscaba y rebuscaba en ellos, di con un tríptico, el del artista estadounidense Sol Lewitt en la Fundació Tàpies de Barcelona en el verano de 1994. Y he rememorado, a pesar de cuanto ha llovido, he reproducido en mi cuerpo el ritmo de mis pasos mientras deambulaba por las distintas salas, la distancia que mantenía frente a los cuadros, la contemplación de aquellas obras minimalistas en contraste con el blanco impoluto de las paredes; la fascinación por recorrer un territorio virgen, la primera muestra de la Fundació Tàpies a la que acudía.

fotosAsí, he vuelto a vislumbrar entre las fotografías del cajón, como de refilón, como para no sucumbir, como para no comprometer mis sentidos, en este verano que ya termina, el de las Olimpiadas de Río, las otras, las mías, las de la Barcelona de 1992. Y he salido algo tocado: he reconocido a nuestros medallistas, con la constatación de que ni ellos ni yo somos los jóvenes de entonces. Me ha entristecido  sobremanera, como observador y protagonista de aquellos días, contemplar de nuevo la foto en el podio del mediofondista  Fermín Cacho en los 1500 m, o la del nadador Martín López-Zubero en 200 m espalda. Qué afortunados que fuimos al vivir aquello. Ahora, a quien más y a quien menos, nos asoman las arrugas, acusamos sin remedio el paso de los años. Ahora es inevitable pagar el precio por vivir una segunda juventud, el largo preludio del fin de nuestras humanas fuerzas. Ni ellos pueden emular su victoria, ni yo puedo volver a ser el muchacho ingenuo de trece años que observaba atónito a su alrededor, sin entender apenas lo que la vida tenía a bien ofrecerle. Aquel verano idílico del pasado es capítulo acabado. Debo afanarme en buscar otros “paraísos”, si esto es posible, pues a veces da la sensación de que solo aquel fue glorioso y verdadero.

Pienso en todo esto mientras camino por el parque, rumbo a la biblioteca, mientras observo a los demás, extraños que, en ocasiones, se tornan seres cercanos, vivos. Me gusta “mezclarme” con el mundo, tanto con los seres de carne y hueso (los que pasean a su Beegle, los enamorados frente al surtidor de la fuente, los jugadores de voleibol en esta tarde de septiembre), como con los etéreos, los de las fotografías que he contemplado antes de salir a la calle. No hago más que atrapar espejismos de realidad. Ellos o los fantasmas del pasado: al final, resultan formar parte de un álbum de la mente, del espíritu y, el revelado, un tiempo de exposición lento, largo, demorado. Se imprimen en mí como la rosa tatuada en la espalda de la chica que espera paciente cada mañana delante de mí, en la cola de la panadería. Aquello que parece que fue ayer, mis recuerdos, sin duda el viento de la desmemoria lucha por borrarlos. No debo ceder: si espero conservar mis caprichos, mis ilusiones en la pila del revelado, tengo que partir del fondo oscuro y pesado de la memoria. Son míos, hasta el final. Un pozo lleno de piedras, espíritus aparecidos gracias a un santero o muñecos de ventrílocuos que de pronto me hablan sin ni siquiera haberles concedido la palabra.