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DEL INSTANTE Y DEL SUEÑO

La fotografía, aún más si cabe que el cine, es el auténtico Carpe diem: vivimos con intensidad aquello que observamos. El espectador “capta”, “atrapa” el presente; almacena en la retina imágenes fijas y las dota de un sentido, de un momento emocional. La fotografía absorbe el instante con mayor precisión que la literatura, incluso que la poesía, considerada palabra en el tiempo.

Un ejemplo: en el retrato de la prostituta Bijou de Brassaï nos adentramos en la atmósfera de los bajos fondos parisinos. Nos instalamos en el relato presente, como si fuera contemporánea a nosotros, nunca antes ni después. Podemos fantasear la historia del antes y del después, pero estas son visiones externas, complementarias, no primordiales para entender la fotografía. Se insinúa, se “adivina” su trasfondo y su contexto, pero nada más. Lo que importa es la prostituta y el momento preciso en que ha sido inmortalizada.

El fotógrafo, también, puede cambiar de ubicación, puede jugar con las sombras o el punto de vista… pero no puede deshacer ni desvirtuar totalmente el objeto representado. La literatura y la pintura, en cambio, desmontan, reestructuran las formas de la naturaleza. El novelista o el pintor intervienen en el objeto artístico, en todas y cada una de sus partes. Igualmente sucede con nosotros, lectores/espectadores: hay un movimiento centrífugo de la obra que nos conmina a actuar, a tomar partido, a reconstruirla. El artista nos exige una mayor implicación, un mayor esfuerzo para descodificarla, para entrar en el juego. Se magnificó, sobre todo, con las vanguardias. Pienso en el cubismo, en el surrealismo y, más concretamente, en Wifredo Lam, el pintor cubano.

La jungla, de Wifredo Lam
La jungla, de Wifredo Lam

Lam soñaba despierto y, en su mundo exótico caribeño, anticipó de alguna forma el realismo maravilloso de García Márquez. La visión personal de Wifredo Lam se “arma” de hombres y mujeres, perros, peces y pájaros, para configurar “su” sueño, el sueño diurno sobre las cosas, aparentemente hierático y frío. Como dijo Paul Éluard: quan je ne dors pas, je rêve. Lo que lo condicionaba como artista no era precisamente el “instante”, sino su subjetividad, su “sueño” o divagación.

Lam rivalizaba, luchaba, como la mayoría de pintores, con cuerpos putrefactos; cuando cogía el pincel, agonizaban, y antes de dar con la pincelada definitiva, ya habían muerto: era una muerte premonitoria. No daba tiempo a vivir el instante, porque este  ya había pasado. También nosotros cuando comprendemos la totalidad del cuadro, ya es demasiado tarde para resucitarlos, pero hemos accedido a una parcela de conocimiento: la asunción de la muerte, quizás. Hemos retrasado nuestra comprensión de los cuadros y esto nos ha obligado a interpretarlos. Nos hemos atrevido a mirar y hemos obtenido, como Lam, nuestra recompensa. Sin duda, el exorcismo onírico de Wifredo Lam nos ayuda a vivir mejor.