Archivo de la etiqueta: perdón

CULPA Y LIBERTAD

la caidaLa caída. ALBERT CAMUS. (Alianza Editorial). 127 páginas. Madrid, 2003. Traducción de Manuel de Lope.

Durante mucho tiempo Albert Camus (1913-1960) fue considerado el emblema ético e intelectual en una Europa casi apocalíptica, la tabla de salvación frente a tanta ruina moral. El “no” final del viejo criado de El malentendido, triste, condenatorio, absurdo, es la transposición, el símbolo, en lenguaje verbal, casi onomatopéyico, del nihilismo que floreció entonces, que deseaba negar la realidad posbélica al tiempo que intentaba rehacerse de las heridas. Territorio este fácilmente extrapolable al momento incierto que vivimos ahora, cuando de nuevo la derrota de las ideologías en plena crisis económica nos hace plantearnos los modelos, buscar desesperadamente los caminos seguros con que transitar en medio de la incertidumbre.

La caída, publicada en 1956, es la tercera novela de Camus que tengo el honor de leer. En ella, un personaje llamado Jean-Baptiste Clamence va hilando ante nosotros, los lectores, la historia de una vida ya mediada, analizando de paso, con detalle, buena parte del comportamiento humano. Recorre los canales, las islas y los bares de Amsterdam acompañado por un hombre anónimo al que se dirige durante toda la narración, interpelándolo, interpelándonos. Trasunto del hombre mediocre, vencido por el cauce desbordante de la realidad, sometido a la opinión y el juicio de los demás, Clamence está ensuciado por la vida y no puede evitarlo; le corroe, le rodea, le oprime, igual que la neblina holandesa que cubre los rostros de los transeúntes que pasan junto a él.

La caída, alegato contra la pasividad, testimonio que mueve rápidamente a la acción para superar ese clima de amoralidad, de mediocridad, contiene imágenes y pensamientos de mucho aliento. Somos culpables de nuestros actos ya desde el nacimiento (no hay inocentes, pues cuando no actuamos también somos corresponsables de lo que sucede) y toda nuestra actividad se centra, consiste precisamente en demostrar nuestra inocencia, en ser inocentes ante los demás, en que nos perdonen, para lo cual el fin justifica los medios y conservar las apariencias es el juego favorito. Como dice el narrador “cuando todos seamos culpables, entonces viviremos en democracia” (pág. 118).

albert camusHemos de asumir nuestra libertad. Estamos destinados, condenados a ser libres. El tono existencialista recuerda a los mejores textos de Sartre. Aparecen pequeñas gemas, pequeñas perlas filosóficas. Clamence afirma que, frente a esa terrible o fantástica libertad de acción o pensamiento (todo depende de cómo se mire) nos supeditamos al juicio y a la aprobación de nosotros mismos y de los demás: “La sentencia que uno aplica a los demás termina por volverse contra uno (…) No podemos condenar a los demás sin juzgarnos” (pág. 119). Para salvaguardarnos, no dudamos en usar la mentira y nos enfrentamos a las pequeñas hazañas cotidianas sin demasiado cinismo aunque sin demasiada virtud. El abismo es profundo: aparentemente todo vale en un mundo desprovisto de dioses benefactores. El protagonista es, por ello, un hombre vil y un hombre lúcido al tiempo, como muchos de nosotros, que reflexiona compasivamente sobre su propia derrota y la de los demás, pormenoriza su vida y la disecciona sin clemencia.

Rescatar, desempolvar un libro como este me ha permitido bucear, profundizar en la obra de Camus y en su ideario, que nos sigue interrogando desde algún lugar del pasado hasta este presente. El título remite al destierro del Paraíso de Adán y Eva; apartados de esa existencia plácida, se enfrentan, son arrojados a la vida, a la atmósfera ruinosa, al infierno vital, dibujada sobre el telón de fondo de ese Amsterdam de canales, puentes y barcos. El absurdo nos acucia: somos, sin distinción, perdedores y ganadores a la vez, no hay buenos ni malos. Precisamente ese “no juzgar” del protagonista-narrador y del propio Camus contribuye a que no sea un panfleto facilón de azucarados tonos pastel, sino una profundísima autocrítica moral e intelectual de aquella posguerra, cuando las heridas y la sangre eran todavía muy recientes y donde la humanidad debía recomenzar, tomar aire y seguir adelante.