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CIUDADANO DEL MUNDO

Vuelvo allí, mediante el recuerdo, al salón de mi casa, a las tardes televisivas de mi adolescencia, a la serie The Love Boat (Vacaciones en el mar). De la cocina me he traído una caja de galletas María, que descansa en mi regazo, y un vaso de limonada para matar la sed veraniega. “¿Y si trabajara en un barco?”, me pregunto entonces. También yo quería formar parte de esa tripulación, hablar muchos idiomas y trabar amistad con tantos extranjeros simpáticos. Sin saberlo, crecía el germen del escritor que desea vivir todas las vidas posibles. Sin saberlo tampoco, años más tarde, si no lo hago ya, experimenté mediante la escritura para llegar a adivinar qué demonios se esconde detrás de todo eso, el terreno literario del presente que abono con el misterio de la imaginación.

Y he acabado trabajando en un hotel. Los once años que llevo en él me han permitido el fin que buscaba: escribir con un resquicio siquiera de verdad. ¡Qué mejor forma que conocer el alma humana a través de tantos viajeros con sus historias que llenan maletas y mochilas! Esos nuevos visitantes, esos seres anónimos, que luego van cobrando entidad, ya sea cuando pronuncian sus nombres y apellidos o cuando gesticulan. Yo juego a ser el escritor que lleva una tenue luz en la frente, que le permite iluminar, construir personalidades, caracteres, vínculos.

cruceroVerdaderas o falsas, son historias que se escriben sin demasiada planificación muchas veces, como las que se van tejiendo, de manera desenfadada, bebiendo cerveza en torno a la barra de una taberna. Los dos planos, el real y el falso, se entrecruzan, hasta formar una ficción. Más allá, por detrás de la máscara, la careta y la panoplia de los personajes, se fusiona la verdad y la mentira. Pero, ¿qué es la literatura, al fin y al cabo, sino la región privilegiada de las mentiras verdaderas o de las verdades mentirosas?

Quizá mi existencia no haya alcanzado cotas tan glamurosas como las que pueblan The Love Boat. Ni soy amigo del capitán, ni me paseo alegremente por la cubierta al salir el sol, ni hago viajes maravillosos por el Caribe. Con todo, sin haber viajado demasiado me considero un “ciudadano del mundo”, cuyo país es ninguno y todos a la vez, el de todos aquellos que llegan y se van; emulando un rapidísimo Veni, vidi, vici de Julio César, allá por donde vaya, como las aventuras de los pequeños héroes, los alegres compadres de la experiencia vital. No solo trabajo en un hotel. Me siento, además, rodeado por la voz cadenciosa de las distintas criaturas que observo a diario, transformadas luego en el papel. Comparto algo con todos mis coetáneos: viajo al pasado y proyecto el futuro para, finalmente, entregarme al juego del presente, el de los libros.