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RECORDS I TAXIDÈRMIA

El poeta que escriu sobre un amor a la lluna de València, el pintor que vol emular Picasso, la veïna que canta mentre estén la roba al celobert: com si actuessin seguint el mètode Stanislavski, aboquen a la superfície tot allò amagat. Allò que van ser es transparenta en allò que són ara, si bé hauríem d’agafar el verb “ser” amb pinces: mai no som ningú, si de cas ens vestim i guarnim i ho aparentem.

Quants cops, per dur a terme l’obra veritable, personal i intransferible, no ens cal pouar en el passat? Nostàlgica reminiscència d’un mateix o d’una situació en el temps (podria ser un pleonasme perquè, quin record no és, d’alguna forma, melangiós?), tot això que recordem (les paraules de l’amant; el quadre de museu; la cançó popular), pertany al passat, més o menys recent. Per imitar cal recordar. L’artista i, la humanitat per antonomàsia, viu i crea sobretot en el passat: no domina prou el present, perquè no té cap distància mental amb ell; el futur és inabastable (com sabem si els plans sortiran bé?)  En un diàleg continu amb els fets que ens han constituït, som i serem sempre, més que mai, el “passat”, per molt que ens pesi. Una càrrega feixuga, i tot i així, necessària.

I què no és, doncs, mirar el passat si no “dissecar” per mantenir (gran error, fal·làcia suprema) els records ben vius? És una ociositat ben absurda, no aconseguirem mai de servar-los tal i com van ser, no només per als artistes: afirmaria que és territori de qualsevol mortal. Necessitem enganyar-nos i fer veure que controlem el passat. Col·loquem els records en capsetes, els arxivem i, per acabar-ho d’adobar, els bategem, els donem noms ficticis. Com prendre aire i respirar; com quan volem que se’ns encomani l’alegria o el bon humor. Si no tothom, almenys el poeta hauria de nodrir-se sempre de la melangia per crear. Tot i la impossibilitat d’arribar a una veritat definitiva, podem  arribar a ser nosaltres, els autèntics protagonistes de les nostres vides, sense els records? Ho dubto.

Tot artista s’hauria de banyar en les aigües feréstegues del seu propi mar. Deixar de nedar en la tranquil·litat i assumir els riscos de recordar.  El reconeixement, les ganes de diferenciar-se de la massa, la recompensa a la vanitat: tot això arriba molt més tard, i no ho critico. L’artista, el que he conegut mentre vagarejava pel carrer del Pi; l’artista, apostat a la plaça de Sant Josep Oriol per vendre’t un paisatge de carrer a l’oli; aquest, dic, no necessita ni els diners, ni l’art ni l’ambició d’un Picasso. Sí que li cal, però, el passat. La humilitat dels records, al cap i a la fi,  resulta el millor antídot per viure bé, sense estar pendents dels altres, vivint dins de la nostra pell amb una certa llibertat. Només arribarà a ser gran si no prescindeix de si mateix, d’aquell que va ser: no es tracta d’oblidar, d’esborrar res. Es tracta, doncs, d’assumir qui vam ser i no escapolir-nos-en; si de cas, plantar-hi noves llavors perquè el lledoner floreixi.

El taxidermista de cossos humans, de relíquies, de flors. Els records, i amb ells, els pensaments del present; el passat, en el present de l’artista. Reescriure amb tots els detalls biogràfics i fer-ne, per últim, una ficció. És el passat i no el mer aplaudiment el que ens fa continuar. Mai no he assistit a una sessió on el taxidermista dissequi cadàvers d’animals; intueixo que pot arribar a ser una tasca repugnant. Tanmateix, si hom va estimar tantíssim aquell gos o aquell gat o aquell canari, és l’única manera a dia d’avui de conservar-los mig vius. Igualment, l’artista que es gira cap enrere descobreix que només amb les paraules, amb les pinzellades o amb la seva veu de baríton pot cristal·litzar aquests instants de glòria efímera, part fonamental de la vida i de l’art: l’ofici de taxidermista.

ALEGRÍAS IGNORADAS

Hace una semana escasa fui a la biblioteca de la Fundació Tàpies, como ya viene siendo habitual en mí, buscando la inspiración que a veces se me niega encerrado entre las cuatro paredes de mi piso y, hurgando por aquí y por allá, me topé con dos o tres libros de cerámica picassiana. La curiosidad me mató, como aquel que dice. Hoy he hecho acopio de una ingente fuerza interior, en un intento de ver más allá de los libros; he vencido la pereza inicial y he cogido el metro hasta el Museo Picasso en esta mañana de viernes lluviosa, de principios de diciembre, en busca de terracota y de barro cocido, ese terreno completamente desconocido para quienes no somos estudiosos del artista malagueño. He tenido que aguantar quince minutos de cola reglamentaria en la calle hasta que, por fin, he podido entrar.

Nunca me ha atraído la cerámica de ninguna clase ni de ningún autor tanto como ahora. En mis años de escuela, al tiempo que se despertaba mi interés por la pintura, cuando visitaba el Museo Picasso siempre pasaba de puntillas por las salas  dedicadas a la cerámica. Admiraba más los óleos de la época rosa, los dibujos a sanguina de amazonas o sus visiones y versiones de las Meninas velazqueñas al final del recorrido.

Así, estas obras de arte se han convertido en mis nuevas alegrías; son, en realidad, mis alegrías ignoradas, las que precisamente ahora se me han revelado. Nunca es tarde, me digo. Sí, no han muerto, no han quedado en el limbo, sino que permanecen en  mi memoria la amalgama de criaturillas, bestezuelas de la noche, de su noche; del goce, de su goce; también del dolor, del subsistir.

Se diría, y es a lo que voy, que su cerámica es una mezcla de arte culto y popular, de torno, mitad escultórica, que recoge con maestría la belleza y el espíritu del Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo ibérico, griego, romano y fenicio, con sus tradiciones y sus ritos: las mujeres, los faunos, los pastores; los toros, los pájaros, los búhos, las palomas de la paz; los bodegones. La cotidianidad, en fin, del presente y de la antigüedad, reunidos en Picasso para hacer de nosotros no meros espectadores, sino valiosos interlocutores.

He salido del Museo renovado, deleitado (lejos de la zahúrda en que se convierte a veces mi vida), gracias a ese pequeño mundo íntimo de platos, jarrones y boles de fruta. Los tengo en el día a día y no los aprecio; sin darme cuenta, me limito a ir matando las horas, sin darme cuenta de que la realidad está en ocasiones como abierta en canal en la mesa de disección de la morgue. Ahora puedo decir que Picasso, más que ningún otro es, a pesar de todo, a pesar de El Guernika, el artista chirigotero, el artista festivo, el que me  hace renacer de las cenizas, al mismo nivel que Miró, el orfebre telúrico por excelencia. Un arte casi infinito para Picasso, empeñado en descubrir, en abarcar todos los estilos, en mostrar su joie de vivre, su alegría vital. Él, más que ningún otro, fue y todavía es y será el ímprobo músico de la línea y del color: gracias al trazo firme de su mano, las líneas se vuelven música a mis ojos, integrando arte y vida.

No me cabe la menor duda de que no solo los grandes lienzos captan el alma de este artista. La cerámica puede y debe hacer las veces de la pintura. Es más: la cerámica es, también, según como se mire, pintura. Es su prolongación, no un mero ensayo o una prueba de obras mayores. Igual que el que escribe cuentos no puede considerarse un aprendiz de novelista, sino un artista en toda la extensión de la palabra, por derecho propio. Esas figuras de terracota o de barro cocido, que sobresalen de la jarra o del platillo, son también, cómo no, parte privilegiada de él. Sería injusto relegarlas a un segundo plano. El genio debería apreciarse como parte de una evolución, de un renacer constante. Nos empeñamos en que solo la pintura o el dibujo tienen validez artística. Estoy convencido de que estudiar y comprender la cerámica es y será una tarea inaplazable para mí; se ha convertido en una nueva obsesión, una necesidad; una afirmación del propio mundo y una llamada a la armonía en la desarmonía, de paz en la guerra, de sabiduría visionaria.

LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO

Hoy hablaré de la crueldad. Y empezaré diciendo que las obras artísticas crueles no solamente nos hieren, sino que nos conmueven en el buen sentido. Así, un cuerpo desfigurado en una tela de Francis Bacon nos ataca por dentro, nos horroriza, pero también nos deja la huella de lo sublime. Las palabras, los obscenos gestos del diablo, nuestras canciones tristes y oscuras, son mantras que resuenan; ecos, voces interiores que nos llaman, a fin de que luego nosotros hagamos el esfuerzo de captar la belleza huidiza en medio de ese territorio de destrucción. Hablar de un arte cruel y sublime parece una paradoja, pero no lo es tanto. Es posible.

Autorretrato (1969), de Francis Bacon
Autorretrato (1969), de Francis Bacon

Los artistas de la crueldad renovaron el canon en tiempos difíciles, para bien y para mal. El clima de la guerra y la posguerra facilitó la irrupción de las vanguardias, del expresionismo y, más tarde, del existencialismo. La belleza, pero también la maldad, el horror, debían representarse, sin que ello resultase un mero regodeo intelectual, un simple experimento. El espectador o lector debía asumir que las obras trataran, no solo de la belleza, sino también de la fealdad. El creador no había de embellecer la realidad, sino mostrarla tal cual era.

Algo de eso sucede hoy también. Quería ser pintor, y acabé “pintado” por el mundo es lo que diría cualquier artista del oficio. Se  empieza siendo naif y más tarde uno acaba inundando su obra de violencia. Se diría que la misma vida reclama el horror. El escritor, el artista puede pervertirse y, de hecho, se convierte en el mismo diablo, pero tiene que disimular, si quiere ser grande, tras los pliegues morales insinuados en el ropaje de su obra.

A veces es muy difícil determinar hasta qué punto es sincera la huella que desea dejar en los demás; si, en definitiva, es algo auténtico o postizo. En el caso de Picasso, sí lo sabemos: llegó en su madurez a destruir lo que amaba. Así, los retratos de Dora Maar son crueles, auténticas caricaturas pictóricas. Sin embargo, no habrían sobrevivido sin la mirada espiritual del artista que llevaba a cuestas, la de los saltimbanquis y amazonas de la época azul y rosa, que mucho antes había pintado hasta la saciedad, desnudando su corazón.

Quizás, al final, el diablo y, por ende, el infierno, no sean más que la verborrea mental del escritor, del artista, que reúne en su cabeza todo el mal, toda la perversión posible, como terapia para vomitar su desasosiego. Porque sabe que ha de sacar lo mejor de sí mismo: la ternura, la compasión, la sensibilidad. Porque, ¿qué lector o espectador desea ver las malas artes reflejadas de continuo en una novela, en un cuadro? En una sola página, en una única sala de un museo, puede ser, siempre y cuando no se convierta en un exceso, en un empacho. Todo buen artista debería reflejar la poesía de la vida, una pequeña fiesta que combina el dolor y el placer, el ateísmo y la espiritualidad, el caos y el orden, lo monstruoso y lo erótico, la oscuridad y la luz.

ETERNOS JÓVENES

La obsesión por permanecer jóvenes y la imposibilidad de aparentarlo en un determinado momento de la existencia son casi tan viejas como la misma humanidad. ¿Por qué no podemos ser siempre bellos? Hay quien no abandona las esperanzas y espera, quizás ingenuamente, el pacto con el diablo o con otra fuerza del mal que le arrebate la vejez y le devuelva su cara aniñada, sin arrugas en la frente, con la mirada serena y cándida de la juventud. Para eso existen los cirujanos plásticos, dirán algunos. Pero no nos engañemos: podemos aparentar, pero no volver a vivir la juventud, al menos física, totalmente. He aquí la amargura: la vida no nos deja serlo lo suficiente: enseguida debemos acostumbrarnos a la cadencia de la madurez.

deanAhora pienso en James Dean y en Marilyn, en Jim Morrison y en Kurt Cobain, en la mayoría de estrellas muertas por sobredosis. ¿Qué decir de Michael Jackson o de Whitney Houston? Muertos prematuramente, su mundo se resquebrajó, su persona se congeló en un momento de la historia, de su historia. Los recordaremos gracias a los fotogramas de las películas en las que participaron o a las voces en conciertos que conservamos en CDs. Para nosotros, siempre tendrán la misma edad: no vivieron demasiado. Por eso, serán eternos jóvenes, eternamente bellos. Ellos no conocieron ni conocerán nunca los rigores de la vejez.

Algo resignados, el común de los mortales desea hacer trampas y decir aquello de que son jóvenes de espíritu, jóvenes de corazón. Algunos, en una suerte de “lógica del erotismo”, como es el caso de Picasso, que mantuvo relaciones con muchas mujeres y eso le hizo creer que no envejecía, que ellas le devolvían parte de la juventud, en especial con Jacqueline, presente en infinidad de retratos, cuyo amor pasional y apasionado le sirvió como acicate para pintar.  Otros optaron por el suicidio: no quisieron llegar a viejos, o bien la vida les trastornó y no consiguieron llegar al final, veáse Mishima, Gabriel Ferrater, Hemingway o Cesare Pavese.

Perder la juventud, pues, debería ser menos grave de lo que es. Transcribo una frase de Albert Camus, extraída de La peste, que reivindica la vida, y con ella de manera implícita el goce, a pesar de todo, a pesar de la desesperación: “No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza, esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que obstinación de vivir”. Esto es lo único y más precioso que querría conservar para mí, más allá de la belleza: vencer a la Muerte a través de un obstinado optimismo.

Cómo nos complicamos, cómo nos obcecamos con nimiedades tantas veces, cuando lo más importante es el aprendizaje del vivir. Solo el curso de los años o la enfermedad nos hacen recuperar la cordura de nuestras madres, que nos enseñaron por las noches, mientras nos leían cuentos, que lo que debe preocuparnos es solo la vida en mayúsculas, con todas sus contradicciones, con todos sus pormenores dulces o amargos, con la inteligencia que nos aleja de los lobos o de las brujas del bosque, venciendo así los obstáculos del camino. Nada más.

 

EL MISTERIO DE LA GEOMETRÍA

No me canso de observarlo. Profusamente reproducido en catálogos, Les demoiselles d’Avignon es uno de los muchos óleos de Picasso pero que,  a diferencia del resto, marcó con mayor ímpetu un antes y un después en la historia del arte, también en mi vida. He de confesarlo: desde muy pequeño me atrajo la pintura. Recuerdo las clases de plástica, las maravillosas tardes de los viernes en el colegio. Recuerdo especialmente los dibujos y las pinturas garabateados, diseñados en un bloc que aún conservo: inspirado por esas figuras femeninas del cuadro,  pinté con témperas y con lápices Faber Castel probando diferentes gamas de colores. Sin llegar nunca a la genialidad del maestro, al copiar aquellos rostros, aquellos cuerpos inequívocamente picassianos, me uní a la emoción de sus gradaciones, a la celebración festiva de la vida.

Les demoiselles d'Avignon (1907) de Picasso
Les demoiselles d’Avignon (1907) de Picasso

Yo me pregunto: ¿son las prostitutas de alegres carnaciones oriundas de Avignon o del Barrio Gótico? Todo apunta a que, en realidad, fueron la combinación perfecta, la perfecta materialización en la memoria del pintor de la propia ciudad francesa con los vívidos recuerdos y sueños que tenía de la famosa calle barcelonesa cuando ya no vivía en ella. Ese misterio es fascinante, y nos lleva también a detectar las huellas que otros artistas imprimieron en su obra: ¿No es ese burdel una reminiscencia de los harenes de Ingres? ¿Los cuerpos no son sino sosias de las figuras esbeltas de El Greco? ¿Los rostros representados a la derecha no recuerdan a las máscaras africanas?

Muchos estudios, muchas páginas se han escrito en torno a él, pero ¿hemos llegado a alguna conclusión definitiva? En un golpe de vista, precipitado, podría parecer desordenado, pero si se contempla con mayor precisión, uno no puede dejar de ver un equilibrio “en las cuerdas”, de insinuaciones, de líneas y contornos que se confunden y funden con el espacio de fondo, con gradaciones, de más figurativo a la izquierda a  más abstracto a la derecha.

Existe un secreto inherente en él: ¿qué sentía Picasso al pintarlo? ¿Era consciente de su futura repercusión, de la mezcla de varios planos y perspectivas que tanto conmocionó la realidad artística y fundó las bases cubistas? ¿Qué hay detrás de las miradas de las señoritas que interpelan al espectador o al mismo pintor, ese deseo contenido, esa búsqueda interior, esa sensualidad? Se puede escribir mucho sobre un cuadro, sobre un pintor, sí, pero ¿no estamos siempre inmersos en la incertidumbre? Como en Las Meninas velazqueñas, es mucho más lo que nos oculta el artista que lo que nos deja observar: decimos más cuanto más callamos, lo que queda sin dilucidarse del proceso de elaboración y del destilamiento definitivo.

Yo espero ansioso que venga otra revolución artística y se lleve la vacuidad del presente, ese estar desubicados. Si los tiempos de las vanguardias ya quedaron atrás, si el silencio se ha aposentado en nuestras vidas, una suerte de vacío, torturante e imposible,  ¿qué podemos hacer frente al desasosegante meridiano sentimental de nuestro mundo? ¿No estamos esperando, casi sin saberlo, que una ilusión se haga realidad y nos haga despegar? ¿Y cuadros como este no nos la muestran en todo su esplendor?  ¿No buscamos ahora, quizás más que nunca, de forma consciente o inconsciente, desvelar la magia del arte que nos ayude a sobrellevar la rutina cotidiana? El misterio que nos insufle ganas de vivir, en un intento por alcanzar unos cuantos fragmentos de los sueños nocturnos. Espero que la brújula me muestre otros horizontes. Bienvenida sea una revolución futura como la aventura cubista. Bienvenido sea el arte en nuestras vidas, cayado que nos permite avanzar, aun a trancas y barrancas, en estos tiempos de mentalidades burguesas. Bienvenidos sean, en fin, los herederos de Picasso, llamados a ser algo más que notas a pie de página a su obra.

LA PINTURA, L’ESCRIPTURA

Hi estarem tots d’acord: la pintura i les altres arts són vasos comunicants. Un artista, de primer, ha pogut menar un camí, i després adonar-se que la seva vocació, inspirada probablement pels déus, és una altra. Això mateix és el que em va succeir a mi: quan vaig començar a escriure,  ja m’ era familiar l’olor de trementina i els pinzells es barrejaven al meu estudi amb el polsim dels llibres i les llibretes d’espiral.

D’aquesta època, recordo ara l’efervescència amb la qual m’ abocava a la pintura. Obria les enciclopèdies i copiava, primer a llapis, després amb gouache, quadres sencers de Velázquez, Dalí, Miró, Picasso o Tàpies. Volia imitar-los; estava completament enlluernat per la seva  força vital, sorgida com des del fons dels budells. Jo, aleshores, ja volia tenir un estil personal. Sense saber què em depararia el futur, em deia: “la meva marca personal, no vull que ningú me la tregui”. Tal era la fascinació, la decisió de ser artista, de donar-me a conèixer, de voler atènyer algun dia la fama: a casa meva, no s’ obliden de com jo muntava petites exposicions i penjava tot de quadres pertot arreu del pis.

VelazquezVa ser una decisió difícil, la d’abandonar els pinzells i dedicar-me, anant-hi ja de dret, a l’escriptura. Mai, tanmateix, no va ser una veritable oposició; es pot dir que vaig acabar desembocant-hi: totes dues disciplines s’havien convertit en petites obsessions, grans inquietuds. Per comptes de anar-me’n a jugar a futbol amb els companys d’escola, pintava a l’oli paisatges i natures mortes, mai retrats (excepte el meu únic autoretrat, que va sortir publicat a un número de Cavall Fort). Penso ara en l’assignatura pendent del retrat, en arribar algun dia a pintar-lo, per bé que imperfectament.

L’artista pertany al club dels qui no tenen pressa. Ésser pacients n’ és el primer i el més important requisit. Cercar la llum que convé, l’equilibri de les formes a la tela. Tot el que vaig escriure o pintar aleshores fou fruit de la precipitació. Tenia ganes d’acabar, anava massa per feina. Una altra edat, ara, m’ha atorgat el premi de la lentitud, el temps morós del retoc, de les revisions. No només ho faig pels altres o pels crítics lectors. Ho faig seguint la meva vagabunderia personal, cap a l’art suprema. A la deessa de la literatura li dec els meus respectes.

Ara puc dir que el que més m’agrada d’aquesta vida és llegir i escriure; en aquestes dues ocupacions mai no perdo les hores; hi dono per bo el temps esmerçat. Em puc barallar amb les paraules, un paràgraf se’m pot resistir, escriure una sola ratlla en tot el matí. Però no m’ esvero, ni encara més em rendeixo: estic fent una cosa que em reblaneix i alhora m’ enforteix. Si hagués tirat pel camí de la pintura, o pel camí del cinema, de be segur que hauria equivocat les meves passes. Perquè sols l’escriptura ha acabat conformant el meu esperit i la meva personalitat. És més, fent ús del tòpic, fóra capaç d’anar a parar a una illa deserta amb una llibreta i un bolígraf: poca cosa més necessitaria per ser feliç. Sóc d’aquest món gràcies a la literatura.

VOLÚMENES LIGEROS

El hombre de la mochila a rayas negras y blancas va paseando por callejuelas estrechas de un barrio alejado del centro, sin prisa. Va mirando escaparate tras escaparate pero nunca cruza el umbral: su afán aventurero y díscolo no se somete a la tiranía de perfumes ni de vestidos caros, ni de lavadoras ni televisores o aun zapatos, si bien los que lleva, unas botas para andar por el bosque, están deslustradas por el polvo acumulado. Nada: no quiere otra cosa más que vagabundear.

Cuando parece que su andadura va a resultar vacía e inútil, se detiene ante un colmado. Su puerta entreabierta filtra la poca luz de una tarde otoñal. El hombre entra; desea comprarse un refresco. Después de dar una vuelta alrededor, antes de ir a pagar, se fija en el rostro lívido, absorto, de la joven cajera: como no tiene clientes a la vista, se dedica a garabatear en un bloc de dibujo. Está copiando un retrato de un libro de la biblioteca. El hombre no lo reconoce, por su ausencia de familiaridad con el mundo del arte aunque, según reza al pie de la foto, pertenece a Picasso: El acordeonista. La cajera lo copia a conciencia, aunque dándole su propio toque personal.

El acordeonista (1911), de Picasso
El acordeonista (1911), de Picasso

El hombre paga e indaga en el secreto, imagina: esta cajera está estudiando Bellas Artes o se está preparando para entrar en la Universidad. El hombre apenas si sabe que ese cuadro pertenece al cubismo, ni de la sucesión de planos paralelos, de la ruptura con el punto de vista. Solo quiere que le hablen de helechos, de robles, de hormigas, de estorninos. La cajera le sonríe; ante la mirada fija del otro le dice que le gustaría pintar como Picasso, pero que como Picasso nadie va a pintar porque él era único, inimitable. Le dice que ella se refugia en el arte para huir de la tienda, del barrio, de la ciudad. Confiesa que le gustaría vivir en París.

El hombre sale; esta corta conversación le hace también desear, aunque en los términos de lo posible, comprarse un bloc y dibujar árboles y plantas cuando vaya al bosque. Ya sabe lo que no hará: pintar como Picasso. Jamás se guarecerá a la sombra del cubismo, pues este, para él, no es más que una teoría absurda. No se plantea que lo que considera real no existe, que todo son hipótesis: volúmenes ligeros, etéreos, sin consistencia. Para él, la realidad es simple y llana. Picasso queda lejos de su ciencia comprobable. Nunca será consciente de que el cubismo no es más que otra interpretación del mundo; que él también, si quiere, encontrará y poseerá su propia interpretación.