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CORAZÓN INDÓMITO

efímerasLas efímeras. PILAR ADÓN (Galaxia Gutenberg). 238 páginas. Barcelona, 2015.

Anoto en mi diario: “Esconderse, ¿de quién? Los mosquitos y los chopos fabrican el nimbo perfecto. Siempre acompañan. Sus ojos conocen y sus cuerpos requieren de alguna forma a los demás habitantes del bosque, excepto a los humanos, que huyen de la ciudad. Los humanos que, en contacto con ese bosque, al vivir en soledad, apartados, devienen fuerzas brutas”. Tal es la imagen que me ha sugerido la lectura de esta novela. Pilar Adón (Madrid, 1971) ha fusionado de manera muy acertada fuerzas naturales y fuerzas interiores; escribe con una envolvente prosa poética y va al centro de nuestras preocupaciones básicas, la de la identidad y del individuo: lo que somos en relación con los demás y lo que los demás nos usurpan.

Dora y Violeta Oliver viven en torno a La Ruche, una comunidad en el campo. Dora, la mayor, la jardinera o guarda forestal particular, cuida y bautiza árboles y vive con sus perros. Su hermana Violeta, más guapa y de carácter más impulsivo, vive encerrada y sometida por aquella en régimen de pan y agua para que no vea a Denis, un hombre que arrastra la historia oscura de sus antepasados: una casa incendiada y una niña enferma. Es Denis o el patito feo, Denis o el proscrito. Y un día Violeta desaparece. Y así vamos descubriendo cómo Violeta ha sufrido y sufre por partida doble: huyendo de una dominación, cae sometida a otra, metida en una espiral de la que no es plenamente consciente hasta que queda empantanada por ella; el personaje frágil, que atraviesa los ritos de paso de la sexualidad y de la muerte. Prefiero detectar algún descuido. Alguna flaqueza. Los cuerpos impecables no han vivido (pág 206), dice uno de los personajes. Y es verdad. Los seres que más nos atraen son vulnerables, poseen máculas. La perfección es falsa; no es verdadera belleza. La belleza está en lo secreto, en lo más humano, en el ir ahondando hasta descubrir su flaqueza.

La escriotra madrileña Pilar Adón
La escritora madrileña PIlar Adón

Y sí: el aislamiento sin excepción de todos los personajes de estas páginas me ha recordado al tono seco y rotundo, al lirismo visual de El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice. La vida de las abejas. La vida dura en el campo. El bosque como centro gravitatorio, como un personaje más. Novela, ante todo, sobre la rabia como impulso vital, sobre el lado salvaje de la naturaleza (el corazón indómito del bosque) que se proyecta hacia afuera, hasta llegar al interior de los individuos. Como dicen las palabras finales: …lo único verdadero seguía siendo el inofensivo y firme esplendor del verde (pág. 238). La naturaleza, en esa guerra o lucha que establece en el bosque, es, al final, la misma vida de los humanos, al menos las de los corazones atormentados de los artistas, solos en su estudio, ante su creación.

Hay, ciertamente, una coherencia de tono y de forma, una elaboración artesanal. En una historia como esta de resonancias góticas la creación atmosférica había de ser muy importante; esas malas hierbas nos alcanzan como tentáculos vivos. La naturaleza nos domina como unos seres dominan a otros en la vida. La imagen, pues, de esa naturaleza invasora casa muy bien con los meandros de la sangre que palpita con intensidad; el fuego de una violencia latente, que espera el momento de saltar sobre la presa.