Archivo de la etiqueta: pintura

APUNTS SOBRE FOTOGRAFIA I PINTURA

Necessito una mà amiga que em guiï per les sales dels museus i em parli a cau d’orella, dient-me: “Guaita quin quadre”; algú per discutir sobre temes que superin les muralles del món anodí, caòtic i efímer que m’ha tocat viure. Podria anar més sovint al cinema, viatjar i visitar catedrals, escriure un diari íntim; allò que ni les notícies del diari al de matí mentre esmorzo ni la sessió de futbol d’un diumenge a la tarda no poden oferir-me. Avui tinc fretura d’art, i volia establir una conversa imaginària amb mi mateix, des del meu interior més recòndit, per parlar breument de la funció de la pintura i la fotografia en el moment actual.

Per començar: abans els quadres, a banda del seu estil, forma i contingut artístic, tenien una funció bàsicament testimonial. No existia la fotografia, i hom demanava que la pintura immortalitzés el moment per arribar fins a nosaltres. Abans, l’única forma perquè la família o el gremi recordés els retratats, era encarregar un pintor, i aquest pintor hi confegia escrupolosament la fesomia: els cabells amb rínxols, els collars amb maragdes, els vestits amb plecs. Qui no recorda el quadre del matrimoni Arnolfini? O els autoretrats de Dürer? Ara ja no, o no només.

Sé que darrerament hi hagut una revifada de realisme; per reblar el clau, d’hiperrealisme; tot i així, jo diria que, ara per ara, mentre no arribin noves tendències i el vent no bufi en contra, la funció de la pintura és una altra: no cal necessàriament que testifiqui, que sigui mimètica, que es confongui amb la realitat. La nostra època ens demana que ens ocupem d’altres coses: res no és completament objectiu. Per tant, no té cap sentit plantejar-se la pintura hiperrealista avui dia com a eina per copsar “l’autenticitat”: la fotografia supleix bé la feina de crear un aura entorn del retratat que perduri. La fotografia ocupa aquest espai. De tot això, la pintura se n’hauria d’oblidar.

Més aviat, sempre hauríem de reivindicar i rabejar-nos (igualment en literatura o en cinema) en l’estil, el traç, la pinzellada (Van Gogh, Joyce, Fellini).  Més enllà de l’escola a la qual pertanyi l’artista, no oblidem que la subjectivitat és present, sempre en major o menor grau, en l’obra que s’hi crea. Posar, doncs, èmfasi en el realisme o en l’hiperrealisme com a eines objectives de la realitat és un error. És clar que es poden pintar quadres hiperrealistes; fins i tot crear esplèndids quadres hiperrealistes. Això no ho posa ningú en dubte. Únicament hem d’estar en contra de l’ambició, de l’empresa de dur a terme un art absolutament fidedigne a la vida: l’objectivisme. Mai no hi és. La realitat arriba ja “morta”, congelada, tamisada. Fins i tot en fotografia, amb el seu lloc de llums i ombres, d’enquadrament, de desenfocament.

Un exemple, recorrent al somni: s’ha aixecat el teló, acluquem els ulls o fem visera amb la mà al front perquè les llums zenitals no ens destorbin la visió mentre són enceses, i des de la butaca uns hi veuran un mar de roses,  milers i milers, totes espargides per l’escenari. D’altres, en veuran només vint, deu, cinc ; un altre, només en veurà una. Qui té raó? Qui deu ser més fidel a la realitat? Tots tenen  les seves raons, perquè tots tenen dret a opinar i a “veure”: en el fons, també, tots menteixen, tots agafen amb les mans el pom de roses i ens el mostren. “És fals, no és així”, diran uns quants. La realitat no és igual per a tothom, i menys mal.

L’art (la pintura, la literatura, el cinema) em cobreix amb la pell dels records que suren al meu voltant  però només es deixen caçar quan torno la vista enrere.  Prefereixo pensar que no hi ha una base real, que tots ens inventem les històries i que aquestes sorgeixen mitjançant reelaboracions de la nostra ment juganera; que tots som diferents i que aportarem en els retrats i autoretrats alguna cosa intangible, enllà del que veuen els nostres ulls, potser la melangia del paradís perdut, com si visquéssim una altra vegada, com si poguéssim anar i venir del passat al present i al futur sense aturar-nos mai, tantes vegades com vulguem.

ALEGRÍAS IGNORADAS

Hace una semana escasa fui a la biblioteca de la Fundació Tàpies, como ya viene siendo habitual en mí, buscando la inspiración que a veces se me niega encerrado entre las cuatro paredes de mi piso y, hurgando por aquí y por allá, me topé con dos o tres libros de cerámica picassiana. La curiosidad me mató, como aquel que dice. Hoy he hecho acopio de una ingente fuerza interior, en un intento de ver más allá de los libros; he vencido la pereza inicial y he cogido el metro hasta el Museo Picasso en esta mañana de viernes lluviosa, de principios de diciembre, en busca de terracota y de barro cocido, ese terreno completamente desconocido para quienes no somos estudiosos del artista malagueño. He tenido que aguantar quince minutos de cola reglamentaria en la calle hasta que, por fin, he podido entrar.

Nunca me ha atraído la cerámica de ninguna clase ni de ningún autor tanto como ahora. En mis años de escuela, al tiempo que se despertaba mi interés por la pintura, cuando visitaba el Museo Picasso siempre pasaba de puntillas por las salas  dedicadas a la cerámica. Admiraba más los óleos de la época rosa, los dibujos a sanguina de amazonas o sus visiones y versiones de las Meninas velazqueñas al final del recorrido.

Así, estas obras de arte se han convertido en mis nuevas alegrías; son, en realidad, mis alegrías ignoradas, las que precisamente ahora se me han revelado. Nunca es tarde, me digo. Sí, no han muerto, no han quedado en el limbo, sino que permanecen en  mi memoria la amalgama de criaturillas, bestezuelas de la noche, de su noche; del goce, de su goce; también del dolor, del subsistir.

Se diría, y es a lo que voy, que su cerámica es una mezcla de arte culto y popular, de torno, mitad escultórica, que recoge con maestría la belleza y el espíritu del Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo ibérico, griego, romano y fenicio, con sus tradiciones y sus ritos: las mujeres, los faunos, los pastores; los toros, los pájaros, los búhos, las palomas de la paz; los bodegones. La cotidianidad, en fin, del presente y de la antigüedad, reunidos en Picasso para hacer de nosotros no meros espectadores, sino valiosos interlocutores.

He salido del Museo renovado, deleitado (lejos de la zahúrda en que se convierte a veces mi vida), gracias a ese pequeño mundo íntimo de platos, jarrones y boles de fruta. Los tengo en el día a día y no los aprecio; sin darme cuenta, me limito a ir matando las horas, sin darme cuenta de que la realidad está en ocasiones como abierta en canal en la mesa de disección de la morgue. Ahora puedo decir que Picasso, más que ningún otro es, a pesar de todo, a pesar de El Guernika, el artista chirigotero, el artista festivo, el que me  hace renacer de las cenizas, al mismo nivel que Miró, el orfebre telúrico por excelencia. Un arte casi infinito para Picasso, empeñado en descubrir, en abarcar todos los estilos, en mostrar su joie de vivre, su alegría vital. Él, más que ningún otro, fue y todavía es y será el ímprobo músico de la línea y del color: gracias al trazo firme de su mano, las líneas se vuelven música a mis ojos, integrando arte y vida.

No me cabe la menor duda de que no solo los grandes lienzos captan el alma de este artista. La cerámica puede y debe hacer las veces de la pintura. Es más: la cerámica es, también, según como se mire, pintura. Es su prolongación, no un mero ensayo o una prueba de obras mayores. Igual que el que escribe cuentos no puede considerarse un aprendiz de novelista, sino un artista en toda la extensión de la palabra, por derecho propio. Esas figuras de terracota o de barro cocido, que sobresalen de la jarra o del platillo, son también, cómo no, parte privilegiada de él. Sería injusto relegarlas a un segundo plano. El genio debería apreciarse como parte de una evolución, de un renacer constante. Nos empeñamos en que solo la pintura o el dibujo tienen validez artística. Estoy convencido de que estudiar y comprender la cerámica es y será una tarea inaplazable para mí; se ha convertido en una nueva obsesión, una necesidad; una afirmación del propio mundo y una llamada a la armonía en la desarmonía, de paz en la guerra, de sabiduría visionaria.

LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO

Hoy hablaré de la crueldad. Y empezaré diciendo que las obras artísticas crueles no solamente nos hieren, sino que nos conmueven en el buen sentido. Así, un cuerpo desfigurado en una tela de Francis Bacon nos ataca por dentro, nos horroriza, pero también nos deja la huella de lo sublime. Las palabras, los obscenos gestos del diablo, nuestras canciones tristes y oscuras, son mantras que resuenan; ecos, voces interiores que nos llaman, a fin de que luego nosotros hagamos el esfuerzo de captar la belleza huidiza en medio de ese territorio de destrucción. Hablar de un arte cruel y sublime parece una paradoja, pero no lo es tanto. Es posible.

Autorretrato (1969), de Francis Bacon
Autorretrato (1969), de Francis Bacon

Los artistas de la crueldad renovaron el canon en tiempos difíciles, para bien y para mal. El clima de la guerra y la posguerra facilitó la irrupción de las vanguardias, del expresionismo y, más tarde, del existencialismo. La belleza, pero también la maldad, el horror, debían representarse, sin que ello resultase un mero regodeo intelectual, un simple experimento. El espectador o lector debía asumir que las obras trataran, no solo de la belleza, sino también de la fealdad. El creador no había de embellecer la realidad, sino mostrarla tal cual era.

Algo de eso sucede hoy también. Quería ser pintor, y acabé “pintado” por el mundo es lo que diría cualquier artista del oficio. Se  empieza siendo naif y más tarde uno acaba inundando su obra de violencia. Se diría que la misma vida reclama el horror. El escritor, el artista puede pervertirse y, de hecho, se convierte en el mismo diablo, pero tiene que disimular, si quiere ser grande, tras los pliegues morales insinuados en el ropaje de su obra.

A veces es muy difícil determinar hasta qué punto es sincera la huella que desea dejar en los demás; si, en definitiva, es algo auténtico o postizo. En el caso de Picasso, sí lo sabemos: llegó en su madurez a destruir lo que amaba. Así, los retratos de Dora Maar son crueles, auténticas caricaturas pictóricas. Sin embargo, no habrían sobrevivido sin la mirada espiritual del artista que llevaba a cuestas, la de los saltimbanquis y amazonas de la época azul y rosa, que mucho antes había pintado hasta la saciedad, desnudando su corazón.

Quizás, al final, el diablo y, por ende, el infierno, no sean más que la verborrea mental del escritor, del artista, que reúne en su cabeza todo el mal, toda la perversión posible, como terapia para vomitar su desasosiego. Porque sabe que ha de sacar lo mejor de sí mismo: la ternura, la compasión, la sensibilidad. Porque, ¿qué lector o espectador desea ver las malas artes reflejadas de continuo en una novela, en un cuadro? En una sola página, en una única sala de un museo, puede ser, siempre y cuando no se convierta en un exceso, en un empacho. Todo buen artista debería reflejar la poesía de la vida, una pequeña fiesta que combina el dolor y el placer, el ateísmo y la espiritualidad, el caos y el orden, lo monstruoso y lo erótico, la oscuridad y la luz.

EL FULGOR DE LOS OTROS

felicesLos otros son más felices. LAURA FREIXAS (Editorial Destino). 255 páginas. Barcelona, 2011.

De mi reciente viaje a Madrid en noviembre pasado, me quedo con mi encuentro con Laura Freixas, mi amiga en lo personal y en lo literario, en un bar restaurante de Chueca. Nada más sentarnos a una de sus mesas, me regala un libro escrito y dedicado por ella, que aún no había leído. Vaya por delante mi agradecimiento. ¿Y con qué me he encontrado? Pues con un Bildungsroman en toda regla: una novela de formación, que bien podría conformar un continuum, un díptico con su maravillosa Autobiografía en Barcelona hacia 1970.

Mientras espera al tren en la estación y charla con una amiga inglesa, Áurea Moreno recuerda cómo conoció a los “primos” catalanes, los Soley, en unas vacaciones de verano que la marcaron para siempre. Y al hacerlo, va dibujando un microcosmos, el de la finca de la Costa Brava del pintor Soley, de su mujer y de sus hijos Marina y Salvador. En torno a ellos, va configurándose la personalidad de la adolescente en sus múltiples descubrimientos, la riqueza de la pintura, del mar: el despertar a los secretos de la existencia.

Conforme vamos leyendo, nos acercamos al alma de dos mujeres: la de Áurea y la de su madre. La madre de Áurea es un personaje capital para entender la novela y aun la historia reciente de nuestro país: su sombra refleja el doble destino que se vivía en la España de los 70. Por un lado, la España del terruño: la de las mujeres que no van a la Universidad y cuya sola ensoñación consiste en admirar las páginas del Diez Minutos mientras descansan de sus labores. En su casa solo hay un libro: el Larousse. Toda la satisfacción de la madre consiste en enseñarle a su hija a planchar una camisa o a guisar unas migas de pastor. Por otro, la vida de Áurea, radiografía de un mundo que se libera de esas cadenas, que empieza por aprender costumbres más cosmopolitas, que viaja al extranjero y ya no depende (o no quiere depender) emocional ni sexualmente de los hombres. La España de la posguerra frente a la España de la transición y la democracia. Una primera sensación de orfandad ante el fin de la dictadura, ante un futuro incierto aunque prometedor y fascinante: Pero un día me encontré con que me había hecho mayor y la dictadura había acabado, y yo creo que en ese momento (…), en ese momento me pregunté, nos preguntamos un poco todos: ¿y ahora qué? (pág. 159), dice la protagonista.

La escritora Laura Freixas
La escritora Laura Freixas

Es, al final, el proceso de imitatio a los demás (o quizás debería decir distantia de los demás) una transformación, una metamorfosis. Uno ya no es lo que era antes, aunque tampoco sepa muy bien quién es ahora: tal podría ser la estructura profunda, el iceberg de esta novela. Los otros del título se desdibujan tras la máscara, bajo el poder de lo escondido; su existencia es inalcanzable: no los conocemos ni los conoceremos nunca. Cada uno es como una isla, y es imposible captar, aprehender, entrar en la materia viviente, en el corazón de los amigos o enemigos con que nos vamos encontrando.

Y deviene así casi como un tratado filosófico, reminiscente del credo existencialista. Como dice Áurea al final de su larga y fructífera conversación: …Sí…Quizá tienes razón…Como tú dices…O sea, quieres decir que para mí Marina, los Soley… ¿Así en abstracto: “los otros”? Que más que conocer, imaginamos, y como tú dices, siempre creemos que son más felices que nosotros (…) Al fin y al cabo, ¿qué sabemos de los otros? Retrato del paso de la adolescencia a la madurez, Los otros son más felices es el testamento vital de una generación que necesitaba desprenderse de los valores de sus padres para encontrar su propio centro. ¿Cuál es esa identidad? ¿Podemos definirla? Podría ser tan evanescente como las anteriores pero, al menos, nos hace vivir con la sensación de ser más autónomos y mejores “conductores” (aunque nunca del todo) de nuestras existencias.

 

DEL INSTANTE Y DEL SUEÑO

La fotografía, aún más si cabe que el cine, es el auténtico Carpe diem: vivimos con intensidad aquello que observamos. El espectador “capta”, “atrapa” el presente; almacena en la retina imágenes fijas y las dota de un sentido, de un momento emocional. La fotografía absorbe el instante con mayor precisión que la literatura, incluso que la poesía, considerada palabra en el tiempo.

Un ejemplo: en el retrato de la prostituta Bijou de Brassaï nos adentramos en la atmósfera de los bajos fondos parisinos. Nos instalamos en el relato presente, como si fuera contemporánea a nosotros, nunca antes ni después. Podemos fantasear la historia del antes y del después, pero estas son visiones externas, complementarias, no primordiales para entender la fotografía. Se insinúa, se “adivina” su trasfondo y su contexto, pero nada más. Lo que importa es la prostituta y el momento preciso en que ha sido inmortalizada.

El fotógrafo, también, puede cambiar de ubicación, puede jugar con las sombras o el punto de vista… pero no puede deshacer ni desvirtuar totalmente el objeto representado. La literatura y la pintura, en cambio, desmontan, reestructuran las formas de la naturaleza. El novelista o el pintor intervienen en el objeto artístico, en todas y cada una de sus partes. Igualmente sucede con nosotros, lectores/espectadores: hay un movimiento centrífugo de la obra que nos conmina a actuar, a tomar partido, a reconstruirla. El artista nos exige una mayor implicación, un mayor esfuerzo para descodificarla, para entrar en el juego. Se magnificó, sobre todo, con las vanguardias. Pienso en el cubismo, en el surrealismo y, más concretamente, en Wifredo Lam, el pintor cubano.

La jungla, de Wifredo Lam
La jungla, de Wifredo Lam

Lam soñaba despierto y, en su mundo exótico caribeño, anticipó de alguna forma el realismo maravilloso de García Márquez. La visión personal de Wifredo Lam se “arma” de hombres y mujeres, perros, peces y pájaros, para configurar “su” sueño, el sueño diurno sobre las cosas, aparentemente hierático y frío. Como dijo Paul Éluard: quan je ne dors pas, je rêve. Lo que lo condicionaba como artista no era precisamente el “instante”, sino su subjetividad, su “sueño” o divagación.

Lam rivalizaba, luchaba, como la mayoría de pintores, con cuerpos putrefactos; cuando cogía el pincel, agonizaban, y antes de dar con la pincelada definitiva, ya habían muerto: era una muerte premonitoria. No daba tiempo a vivir el instante, porque este  ya había pasado. También nosotros cuando comprendemos la totalidad del cuadro, ya es demasiado tarde para resucitarlos, pero hemos accedido a una parcela de conocimiento: la asunción de la muerte, quizás. Hemos retrasado nuestra comprensión de los cuadros y esto nos ha obligado a interpretarlos. Nos hemos atrevido a mirar y hemos obtenido, como Lam, nuestra recompensa. Sin duda, el exorcismo onírico de Wifredo Lam nos ayuda a vivir mejor.

LA PINTURA, L’ESCRIPTURA

Hi estarem tots d’acord: la pintura i les altres arts són vasos comunicants. Un artista, de primer, ha pogut menar un camí, i després adonar-se que la seva vocació, inspirada probablement pels déus, és una altra. Això mateix és el que em va succeir a mi: quan vaig començar a escriure,  ja m’ era familiar l’olor de trementina i els pinzells es barrejaven al meu estudi amb el polsim dels llibres i les llibretes d’espiral.

D’aquesta època, recordo ara l’efervescència amb la qual m’ abocava a la pintura. Obria les enciclopèdies i copiava, primer a llapis, després amb gouache, quadres sencers de Velázquez, Dalí, Miró, Picasso o Tàpies. Volia imitar-los; estava completament enlluernat per la seva  força vital, sorgida com des del fons dels budells. Jo, aleshores, ja volia tenir un estil personal. Sense saber què em depararia el futur, em deia: “la meva marca personal, no vull que ningú me la tregui”. Tal era la fascinació, la decisió de ser artista, de donar-me a conèixer, de voler atènyer algun dia la fama: a casa meva, no s’ obliden de com jo muntava petites exposicions i penjava tot de quadres pertot arreu del pis.

VelazquezVa ser una decisió difícil, la d’abandonar els pinzells i dedicar-me, anant-hi ja de dret, a l’escriptura. Mai, tanmateix, no va ser una veritable oposició; es pot dir que vaig acabar desembocant-hi: totes dues disciplines s’havien convertit en petites obsessions, grans inquietuds. Per comptes de anar-me’n a jugar a futbol amb els companys d’escola, pintava a l’oli paisatges i natures mortes, mai retrats (excepte el meu únic autoretrat, que va sortir publicat a un número de Cavall Fort). Penso ara en l’assignatura pendent del retrat, en arribar algun dia a pintar-lo, per bé que imperfectament.

L’artista pertany al club dels qui no tenen pressa. Ésser pacients n’ és el primer i el més important requisit. Cercar la llum que convé, l’equilibri de les formes a la tela. Tot el que vaig escriure o pintar aleshores fou fruit de la precipitació. Tenia ganes d’acabar, anava massa per feina. Una altra edat, ara, m’ha atorgat el premi de la lentitud, el temps morós del retoc, de les revisions. No només ho faig pels altres o pels crítics lectors. Ho faig seguint la meva vagabunderia personal, cap a l’art suprema. A la deessa de la literatura li dec els meus respectes.

Ara puc dir que el que més m’agrada d’aquesta vida és llegir i escriure; en aquestes dues ocupacions mai no perdo les hores; hi dono per bo el temps esmerçat. Em puc barallar amb les paraules, un paràgraf se’m pot resistir, escriure una sola ratlla en tot el matí. Però no m’ esvero, ni encara més em rendeixo: estic fent una cosa que em reblaneix i alhora m’ enforteix. Si hagués tirat pel camí de la pintura, o pel camí del cinema, de be segur que hauria equivocat les meves passes. Perquè sols l’escriptura ha acabat conformant el meu esperit i la meva personalitat. És més, fent ús del tòpic, fóra capaç d’anar a parar a una illa deserta amb una llibreta i un bolígraf: poca cosa més necessitaria per ser feliç. Sóc d’aquest món gràcies a la literatura.