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PASEO DE LOS PINTORES

Si algo he aprendido en esta vida es que, en efecto, muchos de nosotros, sino todos, necesitamos hacer uso de nuestras habilidades y no desaprovecharlas. El estribillo que tarareamos no solo consiste en el estudio, la lectura o la contemplación, sino también en crear, en dejar algún tipo de huella. ¿De qué me serviría, al final del camino, conocer por menudo todos los libros de mis escritores favoritos si yo no hubiera sido capaz de construir algo propio? Debo demorarme en las letras del abecedario contenidas en los cuantiosos volúmenes de mi sin par biblioteca, a la vez que dedicarme enteramente a escribir o a pintar. Masticar, en fin, el sabor quemante del fuego que anida en mi corazón y mostrarlo a las claras.

He de confesar que la pintura me salvó. Me salvó contemplar las pinceladas y brochazos, las veladuras y empastes, la celebración de la línea, desde muy pequeñito, allá por las vacaciones de verano. Inquieto y voraz, visitaba todas y cada una de las galerías de arte de Sitges: la desaparecida Galería Altarriba de la Calle Mayor, la Galería Foz, las salas de la calle Parellades, el Escorxador…, como si se tratase de un largo Paseo de los Pintores, unido por hilos invisibles que yo trazaba. Me detenía por lo menos cinco minutos en los cuadros más atrayentes y, más tarde en casa, como si me hubiera bebido el elixir de la felicidad, el recuerdo de las formas y el impacto de los rojos y los amarillos y los azules permanecían en lo hondo de las pupilas; permanecen aún hoy mientras escribo esta columna. ¡Dichosos primeros años, inundados por la fuerza de la pintura! Desde que mi madre me compró un caballete y una maleta de pinturas al óleo, yo fui otro muy distinto. Me abstraje de todo y de todos.

Esta educación en el terreno artístico me ha ayudado a vivir, incluso  hoy, cuando se resiente mi espíritu. Estaba melancólico; subido a la bicicleta, en unos pocos minutos aterrizaba en una de esas galerías, en busca del color, como un paisaje nevado o un resplandor solar. Nada podía ni aun hoy puede compararse a aquello. También me encantaba ir a la tienda de pinturas y echar un vistazo a esos lienzos enormes en los que yo deseaba pintar pequeños bocetos: un bodegón, un paisaje, un cuerpo de niña. Óleos, acrílicos y barnices, espátulas, carboncillos y atriles, los útiles del artista se multiplicaban.

Voy a volver a coger los pinceles. Me gustaría ser un hombre del Renacimiento, a lo Leonardo o, imitar, en la medida de lo posible. el arte total a lo Wagner. Que la música de las palabras y de las formas triunfe en todas partes, sea por donde sea. Que coexistan dentro de mí, bajo mi piel, planetas palaciegos. Que salga victorioso tras haber perdido la partida.  Con ese porte, va el artista, saludando a conocidos y a desconocidos, portando sobre la frente el mar de sus esfuerzos, la tensión en torno a las comisuras de los labios, para anunciar el milagro, el dulce milagro que no podría ser, que no tiene que ver ni con el Bien ni con el Mal: porque el arte no entiende más que de la consigna de hacer bello lo feo, visible lo invisible, alegre lo triste.

Digo todo esto porque, precisamente, en estos días convulsos, bullangueros y caóticos, enemigos del orden y de la caballerosidad, precisamos del placer artístico en la cocina de la existencia: los cuadros propios y ajenos. Espero que la furia creadora me acompañe en el dolor, la abulia y lo amargo. A fe que es lo único que me importa: las obras que puedan brotar de mis manos, de mi inteligencia, del festival creador que aguarda el instante en que esparcirse por doquier, inundando los ojos de los que miran y que, también, algún día serán capaces de crear.

EL CASETE DE MI ABUELA

El otro día, haciendo limpieza, rebuscando por casualidad entre mis muchos casetes, hoy prácticamente inservibles, que almaceno bajo el somier de mi cama, di con uno, especialmente valioso (aunque a primera vista pareciera que los CDs, más nuevos, apilados en las estanterías, le hicieran la competencia. Pero eso es igual ahora. Soy melancólico pero no me arrepiento de ello, a pesar de que, para algunos, peque de cursi, en un mundo, como el actual, poco dado a la tristeza.) Lo escuché en mi pequeña grabadora Sanyo, reliquia de otros tiempos, el único dispositivo de que dispongo para escuchar casetes. Los escasos diez minutos de la entrevista que grabé a mi abuela (cuando yo contaba trece años y ella, ochenta, antes de su terrible demencia, que la separó definitivamente de nosotros, de los demás), son una especie de testamento: se reavivan sus buenos modales, su labia, su simpatía. En resumen: su valiosa personalidad, su persona. Su ciudad: Zaragoza. En esta conversación (me hubiera gustado haber grabado mucho más, pero ¿quién podía prever su muerte, especialmente un niño que nada sabía de la vida, que creía que los miembros de su familia eran inmortales solo porque aún no habían muerto?) se recopila el encuentro con la pintura, el arte de sus mayores.

Dejemos que hablen sus mismas palabras que la hicieron remontarse, por momentos, al río de la infancia: Todos estos dibujos y pinturas son de cuando yo era muy pequeña; tendría nueve años, estábamos pasando el verano en la Torre. Eso mío que hay por aquí, en el cuarto de tu madre, ese cuadro me lo hizo el tío Benito en la Torre. Mi padre dibujaba y mi tío Benito dibujaba y pintaba mucho. Lo hacían como un pasatiempo. Mi padre y mi tío Benito. Mi tío Benito, el padre de los Benitines. Vio mi uniforme con la caperuza blanca, ese gorrito como holandés, que llevábamos en el colegio para salir al jardín, le hizo mucha gracia, y una mañana me lo hizo poner. Me dijo: “venga, Anita, estate ahí sentada que voy a hacerte un apunte”.  En otras ocasiones, mi padre me enseñaba a dibujar bien, pero yo lo hacía fatal; una vez estaba dibujando un racimo de uvas y me dijo: “¡estos granos de uva son melones…!” Y tantos otros óleos y dibujos: a mí me gustaría que vieras esas pinturas, ¡pero sabe Dios dónde estarán!

La ternura, a través de sus palabras. De hecho, esta conversación la había escuchado, después de su muerte, algunas otras veces; incluso en la carrera de Comunicación Audiovisual reproduje en un video de cuatro minutos la historia de un pintor y su modelo, al estilo de El retrato de Jennie (la famosa película de William Dieterle, protagonizada por Jennifer Jones y Joseph Cotten), con el cuadro de la caperuza holandesa ¡llevado hasta el estudio de grabación en taxi! Pero eso es arena de otro costal, que quizás, ¿por qué no?, algún día explique más en profundidad…

Intento trasladar al papel la cadencia de su voz, como si fuera una obra de teatro y yo un dramaturgo que caracterizara pacientemente a cada uno de los actores y actrices. Y pasa a ser un personaje más de mi vida, de mi ficción, de mis libros. Mi abuela y su pasado. Mi abuela, y mis bisabuelos, que nunca conocí. Fue testimonio de una vida dura, marcada por el temprano fallecimiento de su madre, de su padre y luego de su hermano y de su marido; atravesada por un siglo tan innoblemente sangriento y despiadado, con dos Guerras Mundiales y la Guerra del 36 en España. Mi abuela Ana María, a pesar de todo, nunca dejó de sonreír, a pesar de quedar viuda muy pronto, con seis hijos que cuidar, con mi madre como la benjamina de la familia. Eso sí, de vez en vez le venían lloreras como ella decía: le hubiera gustado volver a Zaragoza con el resto de su parentela, pero se quedó ya hasta su muerte en Barcelona.

Todo esto que yo creía enterrado en el fondo del saco de la memoria, que pensé que había muerto definitivamente con mi abuela en la cama del hospital, ente sus sábanas blancas desapacibles, revive ahora gracias a este casete y a su pequeñísimo discurso grabado, y vuelve el cariño y la estima que todos le profesábamos. Me digo que haré lo mismo con mi madre, que la grabaré para cuando ya no esté, presente en mí cuando vengan otros tiempos y sea necesario echar mano de las grabaciones, hasta mi final. Sé que, gracias a ello, ahora puedo recordar mejor a mi abuela; puedo reproducir fácilmente su voz en mi cerebro y  hacer que se expanda como en ondas por un riachuelo virgen; que permanezca en el aire de esta habitación. Y, entonces, es posible que otras palabras del pasado algo remoto, de otros momentos de mi vida con ella, reaparezcan dentro de mí.

Sus bromas, entre burlas y veras: ¿Me quieres ni que sea un poquito? ¡Qué arisco que eres, no te gustan mis besos! Por una vez en la vida, la melancolía ha servido para algo. Sí, normalmente es cosa de viejos ponerse a pensar en estos términos. Pero, ¿quién no desearía albergar para sí toda esta poesía? Más que en recitales, los rapsodas son los recuerdos de las abuelas de este mundo que, sin saberlo, fueron poetas por días, horas, minutos. Ese es el mejor regalo: saber que otros te recordarán y te inmortalizarán, como aquí, en esta columna. A lo mejor este recuerdo se extenderá por Internet y quién sabe si llegará a la otra punta del planeta, donde entiendan el español o lo quieran traducir en el Google Translator. Alguien más podrá saber someramente quién era mi abuela, y cuánto amor le debía a sus mayores y a su infancia en el colegio de monjas. Allí aprendió francés, sin sospechar que un día su nieto lo hablaría con la misma fluidez y la misma soltura que ella, que no se cansaba de repetir, sin embargo, que lo había olvidado casi por completo. Ningún otro de sus nietos pudo disfrutar tantísimo de su compañía ni compartir tantos buenos momentos juntos. Quede este casete como remedio a la pena y a la desmemoria.

A LA SOMBRA DE LA PINTURA

En la noche de los tiempos, fui pintor diletante. Durante apenas dos años, al filo de la primera adolescencia, asistí a clases de pintura y mi sangre se llenó de colores. Bodegones, pero también marinas y paisajes, hasta un autorretrato. Con ellos pude desarrollar mi sensibilidad, sin caer en lo exacerbado. Eso sí, a través del estudio de la anatomía en el retrato, o de la perspectiva en el paisaje, se expandió mi visión, y a la vez me volví más dueño de cuanto me rodeaba: “aprehendí” las formas del mundo, o las atisbé siquiera. La sombra del árbol pictórico era hospitalaria, bonancible. Hoy no sé si sería capaz de volver, con el mismo arrebato, a cubrir de manchas enormes lienzos. ¿Óleo o acrílico? ¿Guache o acuarela? Quién sabe.

Boxeador (1982), Jean-Michel Basquiat

Las diversas creaciones artísticas son vasos comunicantes. El escritor que pinta (como el novelista danés Gjellerup, autor del magnífico El peregrino kamanita, que estudió pintura a su paso por Roma), cuando escribe sus novelas desarrolla un gusto por los detalles de manera aún más vívida; ve en su cabeza con más claridad una imagen, un paisaje. Por el contrario, el pintor que se ve transportado por la escritura (como Van Gogh con sus famosas Cartas a Theo), gana en hondura, en reflexión; le ayuda a conformar su filosofía vital. Pero comparten ambos algo en común: alcanzan a ver esa otra realidad; es más, se apoderan mágicamente de la realidad. Es fundamental conservar esta suerte de doma artística y polifacética en cualquier momento y circunstancia. No son destinos inamovibles. Pueden ser destinos distintos en cuanto a la forma, el soporte técnico o la ejecución, pero similares en cuanto a la meta, la ambición. Destinos elegidos.

La pintura me ayuda a establecer ese vínculo que todos necesitamos con los hechos de cada día: los que vemos en la televisión o la radio; los que se nos cuentan en la tertulia del bar; o los que presenciamos como testigos directos de un acontecimiento. “He de aprender a observar”, me digo a mí mismo todas las mañanas al despertar. “He de observar siempre”. Soy más diurno que nocturno, pero reconozco que la inspiración está en todo y para todo: los sueños turbios e imaginarios nos despiertan también la creatividad. No hay casualidades, como diría Freud, y lo que soñamos durante la noche puede emerger en la vigilia en forma de gigante; la piel se convierte en el muro sobre el cual inscribir esas formas desconcertantes.

Tan solo es cuestión de paciencia: encontrar un lugar común sobre el que fundar el templo, la ciudad de los sueños futuros, con y en mi creación. A la sombra de la pintura me gusta descubrir nuevas emociones, ser dueño de los restos de esos sueños, por pequeños que sean, aunque sea por momentos, tan solo. La gloria de ser humano y de compartir, susurros coloristas que, después, servirán para escribir y destilar en el papel las impresiones visuales, los juegos libres que ayudan a vivir, a hacer propios los detalles del mundo alrededor. A la sombra del pintor que todos llevamos dentro. A la sombra de la pintura.

APUNTS SOBRE FOTOGRAFIA I PINTURA

Necessito una mà amiga que em guiï per les sales dels museus i em parli a cau d’orella, dient-me: “Guaita quin quadre”; algú per discutir sobre temes que superin les muralles del món anodí, caòtic i efímer que m’ha tocat viure. Podria anar més sovint al cinema, viatjar i visitar catedrals, escriure un diari íntim; allò que ni les notícies del diari al de matí mentre esmorzo ni la sessió de futbol d’un diumenge a la tarda no poden oferir-me. Avui tinc fretura d’art, i volia establir una conversa imaginària amb mi mateix, des del meu interior més recòndit, per parlar breument de la funció de la pintura i la fotografia en el moment actual.

Per començar: abans els quadres, a banda del seu estil, forma i contingut artístic, tenien una funció bàsicament testimonial. No existia la fotografia, i hom demanava que la pintura immortalitzés el moment per arribar fins a nosaltres. Abans, l’única forma perquè la família o el gremi recordés els retratats, era encarregar un pintor, i aquest pintor hi confegia escrupolosament la fesomia: els cabells amb rínxols, els collars amb maragdes, els vestits amb plecs. Qui no recorda el quadre del matrimoni Arnolfini? O els autoretrats de Dürer? Ara ja no, o no només.

Sé que darrerament hi hagut una revifada de realisme; per reblar el clau, d’hiperrealisme; tot i així, jo diria que, ara per ara, mentre no arribin noves tendències i el vent no bufi en contra, la funció de la pintura és una altra: no cal necessàriament que testifiqui, que sigui mimètica, que es confongui amb la realitat. La nostra època ens demana que ens ocupem d’altres coses: res no és completament objectiu. Per tant, no té cap sentit plantejar-se la pintura hiperrealista avui dia com a eina per copsar “l’autenticitat”: la fotografia supleix bé la feina de crear un aura entorn del retratat que perduri. La fotografia ocupa aquest espai. De tot això, la pintura se n’hauria d’oblidar.

Més aviat, sempre hauríem de reivindicar i rabejar-nos (igualment en literatura o en cinema) en l’estil, el traç, la pinzellada (Van Gogh, Joyce, Fellini).  Més enllà de l’escola a la qual pertanyi l’artista, no oblidem que la subjectivitat és present, sempre en major o menor grau, en l’obra que s’hi crea. Posar, doncs, èmfasi en el realisme o en l’hiperrealisme com a eines objectives de la realitat és un error. És clar que es poden pintar quadres hiperrealistes; fins i tot crear esplèndids quadres hiperrealistes. Això no ho posa ningú en dubte. Únicament hem d’estar en contra de l’ambició, de l’empresa de dur a terme un art absolutament fidedigne a la vida: l’objectivisme. Mai no hi és. La realitat arriba ja “morta”, congelada, tamisada. Fins i tot en fotografia, amb el seu lloc de llums i ombres, d’enquadrament, de desenfocament.

Un exemple, recorrent al somni: s’ha aixecat el teló, acluquem els ulls o fem visera amb la mà al front perquè les llums zenitals no ens destorbin la visió mentre són enceses, i des de la butaca uns hi veuran un mar de roses,  milers i milers, totes espargides per l’escenari. D’altres, en veuran només vint, deu, cinc ; un altre, només en veurà una. Qui té raó? Qui deu ser més fidel a la realitat? Tots tenen  les seves raons, perquè tots tenen dret a opinar i a “veure”: en el fons, també, tots menteixen, tots agafen amb les mans el pom de roses i ens el mostren. “És fals, no és així”, diran uns quants. La realitat no és igual per a tothom, i menys mal.

L’art (la pintura, la literatura, el cinema) em cobreix amb la pell dels records que suren al meu voltant  però només es deixen caçar quan torno la vista enrere.  Prefereixo pensar que no hi ha una base real, que tots ens inventem les històries i que aquestes sorgeixen mitjançant reelaboracions de la nostra ment juganera; que tots som diferents i que aportarem en els retrats i autoretrats alguna cosa intangible, enllà del que veuen els nostres ulls, potser la melangia del paradís perdut, com si visquéssim una altra vegada, com si poguéssim anar i venir del passat al present i al futur sense aturar-nos mai, tantes vegades com vulguem.

ALEGRÍAS IGNORADAS

Hace una semana escasa fui a la biblioteca de la Fundació Tàpies, como ya viene siendo habitual en mí, buscando la inspiración que a veces se me niega encerrado entre las cuatro paredes de mi piso y, hurgando por aquí y por allá, me topé con dos o tres libros de cerámica picassiana. La curiosidad me mató, como aquel que dice. Hoy he hecho acopio de una ingente fuerza interior, en un intento de ver más allá de los libros; he vencido la pereza inicial y he cogido el metro hasta el Museo Picasso en esta mañana de viernes lluviosa, de principios de diciembre, en busca de terracota y de barro cocido, ese terreno completamente desconocido para quienes no somos estudiosos del artista malagueño. He tenido que aguantar quince minutos de cola reglamentaria en la calle hasta que, por fin, he podido entrar.

Nunca me ha atraído la cerámica de ninguna clase ni de ningún autor tanto como ahora. En mis años de escuela, al tiempo que se despertaba mi interés por la pintura, cuando visitaba el Museo Picasso siempre pasaba de puntillas por las salas  dedicadas a la cerámica. Admiraba más los óleos de la época rosa, los dibujos a sanguina de amazonas o sus visiones y versiones de las Meninas velazqueñas al final del recorrido.

Así, estas obras de arte se han convertido en mis nuevas alegrías; son, en realidad, mis alegrías ignoradas, las que precisamente ahora se me han revelado. Nunca es tarde, me digo. Sí, no han muerto, no han quedado en el limbo, sino que permanecen en  mi memoria la amalgama de criaturillas, bestezuelas de la noche, de su noche; del goce, de su goce; también del dolor, del subsistir.

Se diría, y es a lo que voy, que su cerámica es una mezcla de arte culto y popular, de torno, mitad escultórica, que recoge con maestría la belleza y el espíritu del Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo ibérico, griego, romano y fenicio, con sus tradiciones y sus ritos: las mujeres, los faunos, los pastores; los toros, los pájaros, los búhos, las palomas de la paz; los bodegones. La cotidianidad, en fin, del presente y de la antigüedad, reunidos en Picasso para hacer de nosotros no meros espectadores, sino valiosos interlocutores.

He salido del Museo renovado, deleitado (lejos de la zahúrda en que se convierte a veces mi vida), gracias a ese pequeño mundo íntimo de platos, jarrones y boles de fruta. Los tengo en el día a día y no los aprecio; sin darme cuenta, me limito a ir matando las horas, sin darme cuenta de que la realidad está en ocasiones como abierta en canal en la mesa de disección de la morgue. Ahora puedo decir que Picasso, más que ningún otro es, a pesar de todo, a pesar de El Guernika, el artista chirigotero, el artista festivo, el que me  hace renacer de las cenizas, al mismo nivel que Miró, el orfebre telúrico por excelencia. Un arte casi infinito para Picasso, empeñado en descubrir, en abarcar todos los estilos, en mostrar su joie de vivre, su alegría vital. Él, más que ningún otro, fue y todavía es y será el ímprobo músico de la línea y del color: gracias al trazo firme de su mano, las líneas se vuelven música a mis ojos, integrando arte y vida.

No me cabe la menor duda de que no solo los grandes lienzos captan el alma de este artista. La cerámica puede y debe hacer las veces de la pintura. Es más: la cerámica es, también, según como se mire, pintura. Es su prolongación, no un mero ensayo o una prueba de obras mayores. Igual que el que escribe cuentos no puede considerarse un aprendiz de novelista, sino un artista en toda la extensión de la palabra, por derecho propio. Esas figuras de terracota o de barro cocido, que sobresalen de la jarra o del platillo, son también, cómo no, parte privilegiada de él. Sería injusto relegarlas a un segundo plano. El genio debería apreciarse como parte de una evolución, de un renacer constante. Nos empeñamos en que solo la pintura o el dibujo tienen validez artística. Estoy convencido de que estudiar y comprender la cerámica es y será una tarea inaplazable para mí; se ha convertido en una nueva obsesión, una necesidad; una afirmación del propio mundo y una llamada a la armonía en la desarmonía, de paz en la guerra, de sabiduría visionaria.

LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO

Hoy hablaré de la crueldad. Y empezaré diciendo que las obras artísticas crueles no solamente nos hieren, sino que nos conmueven en el buen sentido. Así, un cuerpo desfigurado en una tela de Francis Bacon nos ataca por dentro, nos horroriza, pero también nos deja la huella de lo sublime. Las palabras, los obscenos gestos del diablo, nuestras canciones tristes y oscuras, son mantras que resuenan; ecos, voces interiores que nos llaman, a fin de que luego nosotros hagamos el esfuerzo de captar la belleza huidiza en medio de ese territorio de destrucción. Hablar de un arte cruel y sublime parece una paradoja, pero no lo es tanto. Es posible.

Autorretrato (1969), de Francis Bacon
Autorretrato (1969), de Francis Bacon

Los artistas de la crueldad renovaron el canon en tiempos difíciles, para bien y para mal. El clima de la guerra y la posguerra facilitó la irrupción de las vanguardias, del expresionismo y, más tarde, del existencialismo. La belleza, pero también la maldad, el horror, debían representarse, sin que ello resultase un mero regodeo intelectual, un simple experimento. El espectador o lector debía asumir que las obras trataran, no solo de la belleza, sino también de la fealdad. El creador no había de embellecer la realidad, sino mostrarla tal cual era.

Algo de eso sucede hoy también. Quería ser pintor, y acabé “pintado” por el mundo es lo que diría cualquier artista del oficio. Se  empieza siendo naif y más tarde uno acaba inundando su obra de violencia. Se diría que la misma vida reclama el horror. El escritor, el artista puede pervertirse y, de hecho, se convierte en el mismo diablo, pero tiene que disimular, si quiere ser grande, tras los pliegues morales insinuados en el ropaje de su obra.

A veces es muy difícil determinar hasta qué punto es sincera la huella que desea dejar en los demás; si, en definitiva, es algo auténtico o postizo. En el caso de Picasso, sí lo sabemos: llegó en su madurez a destruir lo que amaba. Así, los retratos de Dora Maar son crueles, auténticas caricaturas pictóricas. Sin embargo, no habrían sobrevivido sin la mirada espiritual del artista que llevaba a cuestas, la de los saltimbanquis y amazonas de la época azul y rosa, que mucho antes había pintado hasta la saciedad, desnudando su corazón.

Quizás, al final, el diablo y, por ende, el infierno, no sean más que la verborrea mental del escritor, del artista, que reúne en su cabeza todo el mal, toda la perversión posible, como terapia para vomitar su desasosiego. Porque sabe que ha de sacar lo mejor de sí mismo: la ternura, la compasión, la sensibilidad. Porque, ¿qué lector o espectador desea ver las malas artes reflejadas de continuo en una novela, en un cuadro? En una sola página, en una única sala de un museo, puede ser, siempre y cuando no se convierta en un exceso, en un empacho. Todo buen artista debería reflejar la poesía de la vida, una pequeña fiesta que combina el dolor y el placer, el ateísmo y la espiritualidad, el caos y el orden, lo monstruoso y lo erótico, la oscuridad y la luz.

EL FULGOR DE LOS OTROS

felicesLos otros son más felices. LAURA FREIXAS (Editorial Destino). 255 páginas. Barcelona, 2011.

De mi reciente viaje a Madrid en noviembre pasado, me quedo con mi encuentro con Laura Freixas, mi amiga en lo personal y en lo literario, en un bar restaurante de Chueca. Nada más sentarnos a una de sus mesas, me regala un libro escrito y dedicado por ella, que aún no había leído. Vaya por delante mi agradecimiento. ¿Y con qué me he encontrado? Pues con un Bildungsroman en toda regla: una novela de formación, que bien podría conformar un continuum, un díptico con su maravillosa Autobiografía en Barcelona hacia 1970.

Mientras espera al tren en la estación y charla con una amiga inglesa, Áurea Moreno recuerda cómo conoció a los “primos” catalanes, los Soley, en unas vacaciones de verano que la marcaron para siempre. Y al hacerlo, va dibujando un microcosmos, el de la finca de la Costa Brava del pintor Soley, de su mujer y de sus hijos Marina y Salvador. En torno a ellos, va configurándose la personalidad de la adolescente en sus múltiples descubrimientos, la riqueza de la pintura, del mar: el despertar a los secretos de la existencia.

Conforme vamos leyendo, nos acercamos al alma de dos mujeres: la de Áurea y la de su madre. La madre de Áurea es un personaje capital para entender la novela y aun la historia reciente de nuestro país: su sombra refleja el doble destino que se vivía en la España de los 70. Por un lado, la España del terruño: la de las mujeres que no van a la Universidad y cuya sola ensoñación consiste en admirar las páginas del Diez Minutos mientras descansan de sus labores. En su casa solo hay un libro: el Larousse. Toda la satisfacción de la madre consiste en enseñarle a su hija a planchar una camisa o a guisar unas migas de pastor. Por otro, la vida de Áurea, radiografía de un mundo que se libera de esas cadenas, que empieza por aprender costumbres más cosmopolitas, que viaja al extranjero y ya no depende (o no quiere depender) emocional ni sexualmente de los hombres. La España de la posguerra frente a la España de la transición y la democracia. Una primera sensación de orfandad ante el fin de la dictadura, ante un futuro incierto aunque prometedor y fascinante: Pero un día me encontré con que me había hecho mayor y la dictadura había acabado, y yo creo que en ese momento (…), en ese momento me pregunté, nos preguntamos un poco todos: ¿y ahora qué? (pág. 159), dice la protagonista.

La escritora Laura Freixas
La escritora Laura Freixas

Es, al final, el proceso de imitatio a los demás (o quizás debería decir distantia de los demás) una transformación, una metamorfosis. Uno ya no es lo que era antes, aunque tampoco sepa muy bien quién es ahora: tal podría ser la estructura profunda, el iceberg de esta novela. Los otros del título se desdibujan tras la máscara, bajo el poder de lo escondido; su existencia es inalcanzable: no los conocemos ni los conoceremos nunca. Cada uno es como una isla, y es imposible captar, aprehender, entrar en la materia viviente, en el corazón de los amigos o enemigos con que nos vamos encontrando.

Y deviene así casi como un tratado filosófico, reminiscente del credo existencialista. Como dice Áurea al final de su larga y fructífera conversación: …Sí…Quizá tienes razón…Como tú dices…O sea, quieres decir que para mí Marina, los Soley… ¿Así en abstracto: “los otros”? Que más que conocer, imaginamos, y como tú dices, siempre creemos que son más felices que nosotros (…) Al fin y al cabo, ¿qué sabemos de los otros? Retrato del paso de la adolescencia a la madurez, Los otros son más felices es el testamento vital de una generación que necesitaba desprenderse de los valores de sus padres para encontrar su propio centro. ¿Cuál es esa identidad? ¿Podemos definirla? Podría ser tan evanescente como las anteriores pero, al menos, nos hace vivir con la sensación de ser más autónomos y mejores “conductores” (aunque nunca del todo) de nuestras existencias.

 

DEL INSTANTE Y DEL SUEÑO

La fotografía, aún más si cabe que el cine, es el auténtico Carpe diem: vivimos con intensidad aquello que observamos. El espectador “capta”, “atrapa” el presente; almacena en la retina imágenes fijas y las dota de un sentido, de un momento emocional. La fotografía absorbe el instante con mayor precisión que la literatura, incluso que la poesía, considerada palabra en el tiempo.

Un ejemplo: en el retrato de la prostituta Bijou de Brassaï nos adentramos en la atmósfera de los bajos fondos parisinos. Nos instalamos en el relato presente, como si fuera contemporánea a nosotros, nunca antes ni después. Podemos fantasear la historia del antes y del después, pero estas son visiones externas, complementarias, no primordiales para entender la fotografía. Se insinúa, se “adivina” su trasfondo y su contexto, pero nada más. Lo que importa es la prostituta y el momento preciso en que ha sido inmortalizada.

El fotógrafo, también, puede cambiar de ubicación, puede jugar con las sombras o el punto de vista… pero no puede deshacer ni desvirtuar totalmente el objeto representado. La literatura y la pintura, en cambio, desmontan, reestructuran las formas de la naturaleza. El novelista o el pintor intervienen en el objeto artístico, en todas y cada una de sus partes. Igualmente sucede con nosotros, lectores/espectadores: hay un movimiento centrífugo de la obra que nos conmina a actuar, a tomar partido, a reconstruirla. El artista nos exige una mayor implicación, un mayor esfuerzo para descodificarla, para entrar en el juego. Se magnificó, sobre todo, con las vanguardias. Pienso en el cubismo, en el surrealismo y, más concretamente, en Wifredo Lam, el pintor cubano.

La jungla, de Wifredo Lam
La jungla, de Wifredo Lam

Lam soñaba despierto y, en su mundo exótico caribeño, anticipó de alguna forma el realismo maravilloso de García Márquez. La visión personal de Wifredo Lam se “arma” de hombres y mujeres, perros, peces y pájaros, para configurar “su” sueño, el sueño diurno sobre las cosas, aparentemente hierático y frío. Como dijo Paul Éluard: quan je ne dors pas, je rêve. Lo que lo condicionaba como artista no era precisamente el “instante”, sino su subjetividad, su “sueño” o divagación.

Lam rivalizaba, luchaba, como la mayoría de pintores, con cuerpos putrefactos; cuando cogía el pincel, agonizaban, y antes de dar con la pincelada definitiva, ya habían muerto: era una muerte premonitoria. No daba tiempo a vivir el instante, porque este  ya había pasado. También nosotros cuando comprendemos la totalidad del cuadro, ya es demasiado tarde para resucitarlos, pero hemos accedido a una parcela de conocimiento: la asunción de la muerte, quizás. Hemos retrasado nuestra comprensión de los cuadros y esto nos ha obligado a interpretarlos. Nos hemos atrevido a mirar y hemos obtenido, como Lam, nuestra recompensa. Sin duda, el exorcismo onírico de Wifredo Lam nos ayuda a vivir mejor.

LA PINTURA, L’ESCRIPTURA

Hi estarem tots d’acord: la pintura i les altres arts són vasos comunicants. Un artista, de primer, ha pogut menar un camí, i després adonar-se que la seva vocació, inspirada probablement pels déus, és una altra. Això mateix és el que em va succeir a mi: quan vaig començar a escriure,  ja m’ era familiar l’olor de trementina i els pinzells es barrejaven al meu estudi amb el polsim dels llibres i les llibretes d’espiral.

D’aquesta època, recordo ara l’efervescència amb la qual m’ abocava a la pintura. Obria les enciclopèdies i copiava, primer a llapis, després amb gouache, quadres sencers de Velázquez, Dalí, Miró, Picasso o Tàpies. Volia imitar-los; estava completament enlluernat per la seva  força vital, sorgida com des del fons dels budells. Jo, aleshores, ja volia tenir un estil personal. Sense saber què em depararia el futur, em deia: “la meva marca personal, no vull que ningú me la tregui”. Tal era la fascinació, la decisió de ser artista, de donar-me a conèixer, de voler atènyer algun dia la fama: a casa meva, no s’ obliden de com jo muntava petites exposicions i penjava tot de quadres pertot arreu del pis.

VelazquezVa ser una decisió difícil, la d’abandonar els pinzells i dedicar-me, anant-hi ja de dret, a l’escriptura. Mai, tanmateix, no va ser una veritable oposició; es pot dir que vaig acabar desembocant-hi: totes dues disciplines s’havien convertit en petites obsessions, grans inquietuds. Per comptes de anar-me’n a jugar a futbol amb els companys d’escola, pintava a l’oli paisatges i natures mortes, mai retrats (excepte el meu únic autoretrat, que va sortir publicat a un número de Cavall Fort). Penso ara en l’assignatura pendent del retrat, en arribar algun dia a pintar-lo, per bé que imperfectament.

L’artista pertany al club dels qui no tenen pressa. Ésser pacients n’ és el primer i el més important requisit. Cercar la llum que convé, l’equilibri de les formes a la tela. Tot el que vaig escriure o pintar aleshores fou fruit de la precipitació. Tenia ganes d’acabar, anava massa per feina. Una altra edat, ara, m’ha atorgat el premi de la lentitud, el temps morós del retoc, de les revisions. No només ho faig pels altres o pels crítics lectors. Ho faig seguint la meva vagabunderia personal, cap a l’art suprema. A la deessa de la literatura li dec els meus respectes.

Ara puc dir que el que més m’agrada d’aquesta vida és llegir i escriure; en aquestes dues ocupacions mai no perdo les hores; hi dono per bo el temps esmerçat. Em puc barallar amb les paraules, un paràgraf se’m pot resistir, escriure una sola ratlla en tot el matí. Però no m’ esvero, ni encara més em rendeixo: estic fent una cosa que em reblaneix i alhora m’ enforteix. Si hagués tirat pel camí de la pintura, o pel camí del cinema, de be segur que hauria equivocat les meves passes. Perquè sols l’escriptura ha acabat conformant el meu esperit i la meva personalitat. És més, fent ús del tòpic, fóra capaç d’anar a parar a una illa deserta amb una llibreta i un bolígraf: poca cosa més necessitaria per ser feliç. Sóc d’aquest món gràcies a la literatura.