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BARRIO INOLVIDABLE

Fue un error no reformar mi piso, mi enorme piso, antiguo, algo triste, con el dinero que finalmente gasté en viajes y en libros.  Fue un error no colocar parqué ni pintarlo ni aderezarlo con puertas nuevas, ni comprar alfombras árabes o nuevas estanterías en el pasillo para mis volúmenes de poesía y de ensayo. Andando el tiempo, es inevitable cometer errores. Ahora sé que no quiero dejar de vivir en él.

La cordura me lleva a no querer moverme de aquí. El barrio es muy tranquilo; apenas pasan coches. Un piso en otro distrito, quizá en la parte alta de la ciudad, me daría más estatus, tendría más pedigrí, lo sé. Podría presumir, hacerme notar entre mis amistades. Pero bien sé que no me mudaría a cambio de perder mi tranquilidad. El centro de mi mundo es este balcón que da a dos plazas, una chica y otra grande; el verde de las palmeras, cuyas ramas son el cabello mágico del aire, cómplices  de mi rutina. Cuando me falla la inspiración o no puedo concentrarme, salgo al balcón y contemplo las vistas, y me contemplo: yo mismo acabo formando parte del paisaje.

Tengo que retrotraerme al día de la década de los cincuenta del siglo pasado en que mi abuela, viuda y con seis hijos, se trasladó de las viviendas militares de la Avenida Gaudí  a C., mi  barrio, por mediación del cardenal J., que le facilitó el alojamiento. Mi abuela Ana María había sufrido un tremendo golpe. Un ángel bajó del cielo, por así decirlo, para ayudarla. Esta ayuda fue inestimable para ella. Encontró su sitio. Recuerdo que, cuando aún vivía y tenía la cabeza lúcida, me hablaba de esos años infaustos, bien sobrellevados gracias a sus oraciones diarias de colegio de monjas al que asistió de pequeña. ¿Qué fue lo primero que pensó mi abuela Ana María el primer día que se instaló aquí? ¿Acaso veía su futuro con la misma esperanza que el resto?¿Cómo era antes de nacer yo? Su población ha envejecido. Cuando se fundó, justo un par de años antes de que mi abuela Ana María viniera para ya quedarse, llegaron matrimonios, muy  jóvenes y muy ilusionados, para ocupar las recién construidas viviendas, antes prados y solares vacíos. Por aquí han pasado ya tres generaciones: la de mi abuela, mi madre, y ahora la mía. Soy el resultado del azar, que hizo posible que llegara al mundo un día de invierno.

Barrio inolvidable: travesía por el pasado en esas fotos ahora neblinosas de mi infancia. La bicicleta por mil caminos de arena, entre la hierba; el ritmo vertiginoso de los columpios queriendo conquistar el cielo. La parroquia, al fondo, el día de mi Primera Comunión. Ahora vuelvo: el reflejo de la luz exterior en los vidrios de colores me devuelve por instantes la serenidad. Soy una hormiguita que admira la iglesia, como un outsider entre católicos fervientes; alguien que ya no reza pero, por alguna razón peregrina, desea volver a la calidez, a esa paz celestial.

Es la fisonomía de mi barrio, el único en el que he vivido, sin mudanzas. Pertenezco y perteneceré siempre al pueblo llano, trabajador. Mi barrio será siempre mi barrio, sencillo pero bullente, hermoso, a pesar de todos los problemas que se le echen encima. Su fisonomía es y será una parte consustancial de mi propio ser; un personaje más de la novela que algún día escribiré. Sus bares, sus tiendas (la relojería, el estanco, la frutería), sus rincones, encierran el sabor casi añejo del saber vivir, del buen comportarse. Mis mejores amigos son de aquí. Sus habitantes no perderán jamás la dignidad ni la lucidez. Tengo depositada la fe en las personas y en las cosas pequeñas. No desearía abandonarlo jamás.