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TU PECHO CONTRA MI ESPALDA

Ayer te fuiste a dar un paseo, mientras yo seguía escribiendo un poema, un cuento, qué sé yo. Querías curiosear por entre las paradas de la Feria del Libro. Me dijiste, como si reflexionaras para ti mismo, en voz baja: “No tardaré”. Yo te contesté: “Yo hoy no salgo, voy a seguir escribiendo, tengo trabajo para rato”. No me preocupaba lo que ibas a hacer, me dije, porque sabía que luego volverías a mí.

Los amantes, de René Magritte
Los amantes, de René Magritte

Fue ayer el último día de la Feria del Libro de ocasión antiguo y moderno, un domingo sin sol, de cielos encapotados, como ya viene siendo habitual por estas fechas de principios de octubre. Y es que no recuerdo Feria del Libro en el Paseo de Gracia sin un solo día de lluvia. La gente hace frente como puede al mal tiempo, como tú lo hiciste, como me figuro, indiferente, con  una media sonrisa bajo el paraguas, mirando por aquí y por allá cubiertas de diferentes colores y tamaños, recubiertas por una capa de polvo, amarilleados, rugosos al tacto; o bien relucientes, casi nuevos. Diferentes diseños, fotografías y dibujos, tanto da, volúmenes encuadernados o ediciones de bolsillo. Tú, como buen aficionado a los libros, has aprendido a distinguir los buenos de los mediocres y de los francamente malos. Aun así, desoyes tu conciencia y sigues comprando best-sellers; siempre andas diciendo que necesitamos libros de lectura fluida, nunca demasiado sesuda, porque también estos hacen su función, porque también estos contienen grandes verdades humanas, a veces más incluso, y nos hablan directamente sin grandes dotes de erudición. No puedo estar más de acuerdo: solo necesito libros que me ayuden a vivir.

Te habías dejado las llaves en casa, así que tuve que abrirte. En cuanto traspusiste el umbral, te acercaste a mí, me rodeaste con tus brazos y me besaste; un beso largo y dulce, con sabor a gotas de lluvia. Sacaste un paquetito del bolsillo y me dijiste: “Toma: este libro es para ti”. Leí la portada: Pura vida, de José María Mendiluce. “Espero que te guste: dejó una huella en mí”. Dejó una huella en mí: no podía ser más cursi. Y entonces comprendí: sus palabras aún le queman, aún le atraviesan el alma. Historias de amor y solidaridad, como nosotros dos, como nuestro particular pacto de sangre, inaugurado hace ya unas cuantas lunas.

Acto seguido, retozamos en la cama: tu pecho contra mi espalda. Y entonces pensé: ¿qué más puedo pedir que alguien que te hace buenos regalos, pequeños detalles de vez en cuando, no solo en los cumpleaños, sino cuando más los necesitas? Si alguna vez soñé lo que es la existencia, fue así: ganas de conquistar un tiempo común, los dos juntos, deseos de compartir, sin barreras. Me gustaría tener una parada y vender libros en el Paseo de Gracia, solo por verte, o en su defecto, si no estuvieras tú, al menos tener una corte de admiradores que desafiasen como tú a la lluvia. Me gustaría que nadie me quitara estas noches de un amor que inventa, que hace emerger un sol de enormidad, un sol amigo que vuelve a salir después de haber llovido,  dándonos una tregua antes del frío que ha de venir.