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EL FILÓSOFO DESPEINADO

El profesor llegaba puntual a clase con su largo gabán gris, raído en las bocamangas. Un mechón le colgaba como un ala de un cuervo por la frente. Acababa de fumar en el pasillo, y abría la ventana para tomar aire. Dejaba su cartera en la mesa y separaba la silla para sentarse: sus actos eran sagrados, idénticos. Siempre se sentaba, apenas estaba de pie, si no era para escribir el nombre de los autores que citaba; y como si fuera lo más normal del mundo, iba desgranando el discurso, “su” discurso, “su” lección, apuntando sus ojos hacia el horizonte, al fondo del aula, con sus gafas de culo de vaso. Sus alumnos atendían a sus palabras con muchísima atención, embobados, sin perder nunca el hilo de su discurso. Gracias a él, descubrieron a Hume, Kant y Nietzsche. ¿Acaso pretendían ser filósofos como ellos, como él, el filósofo despistado?

Las horas jamás eran lentas, por entretenidas. Ellos, sin duda, se dejaban llevar por el poder hipnótico de su mirada perdida, de sus ojos vagando, perdidos, más allá de los cristales de sus gafas. Él lo sabía, pero no se pavoneaba. No tenía un ego desmedido, como pudo suceder por tener una mente tan privilegiada, un aire falsamente distante, incluso con sus colegas del Instituto, porque venía solo al instituto y se iba solo, sin hablar con nadie. Sí, era un hombre solitario, superviviente en la isla del aula.

¡Qué tiempos aquellos! Eran los años jóvenes de la vida, los días en el Instituto, cuando el futuro aún estaba por escribir, cuando los profesores sabían más que nadie, más sabios incluso que el resto de los mayores. Eran los geniecillos de la botella. Él, el profesor de Filosofía, ponía buenas notas, era benévolo; en sus exámenes, todo el temario se reducía a unos pocos nombres. Para las otras asignaturas, los estudiantes se las arreglaban como podían ante aquel inmenso mar. Dormían poco: muchas pruebas y ejercicios y poco tiempo. Con él, no; no hacía mucha falta estudiar porque sus palabras se grababan en la cabeza. Bien que iban aprobando las duras pruebas… Sucedía en el despertar sexual, intelectual: ¿no era acaso pedir demasiado a aquellos mozalbetes?

¡Qué lejanos esos años adolescentes! ¡Y qué buena es la nostalgia para escribir! Ella me dicta esta columna, apuntando hacia el interior. Entonces ningún adolescente se daba mucha cuenta de la enorme ventura de saberse joven y vivaracho. De tener toda la vida aún por amar, por conocer. Ahora les duele que haya pasado el tiempo tan deprisa. Las agujas del reloj son despiadadas: no hace falta que suenen las campanas de la iglesia para que se note el paso de las horas, rápido y triste. ¡Efímera, aunque bella manera de pasar por el mundo!

El profesor de Filosofía parecía ajeno a todo eso: su juventud ya había pasado y estaba en la fase de “educar”, de “formar” y transmitir unos valores, unos conocimientos, a sus pupilos. Estaba totalmente dedicado a sus lecciones; él estaba casado con la Filosofía, eran él y ella, y lo disfrutaba. Cuando hablaba del eterno retorno o de las ideas platónicas, daba lo mismo: se entregaba con todo su cuerpo, desde las entrañas. Con posterioridad (no entonces) ellos, sus pupilos, han sabido valorar sus enseñanzas, su ímpetu lingüístico, su honesta e íntegra manera de encarar el mundo. ¿Qué habrá sido de él? ¿Se habrá jubilado? Uno se angustia no tanto porque este muñeco de guiñol pueda acusar arrugas en el rostro, sino por algo más hondo: por advertir en sus ojos vidriosos la desesperación, la locura, que antes era mera alegría, puro éxtasis. ¿Hacia qué horizonte mirará ahora?

Indelebles son sus pasos pisando fuerte arriba y abajo por la clase. Indeleble su mirada, su miopía lejana. Indeleble, en fin, su generosidad al dar las lecciones, al comentar textos…, obras y autores que no figuraban en el temario pero que él deseaba transmitir para que sus alumnos fueran más preparados a la universidad. A ellos solo les quedan buenos recuerdos de esas enseñanzas. Van pasando los años, con la pesadumbre de no haber detenido, fijado los momentos, por seguir como eran antes.

Puede que este filósofo despeinado haya existido realmente, no lo niego y que lo que yo he escrito no me lo haya inventado del todo. Pudo existir en el pasado, en mi vida; o tal vez, no, tal vez lo confunda, tal vez mi memoria me juega malas pasadas, y, al fin, sus gestos o palabras se mezclan, y pertenecen a otros profesores. Tal vez, haya leído por ahí algún relato y mi memoria se lo ha apropiado, y ahora piense que existió aquel profesor y no sepa distinguir lo verdadero de lo falso. Lo único que yo deseaba es que esta historia, totalmente cierta o no, eso da igual, saliera del pozo del silencio y viera la luz. El único remedio ante el asedio de la fantasía y la venganza del presente, que vuelve de nuevo en espiral, tal vez sea inventar, recrear y recordar los años de Instituto.

GAÑANES DE ANTAÑO

Con frecuencia, como ya viene siendo habitual en mí, viajo a la infancia, al remoto pasado, tal vez debido a mi tendencia de ir hacia atrás, como los cangrejos, en lugar de hacia adelante, como a menudo aconseja el buen sentido común y la experiencia de los años. Y es en ese intersticio donde consigo atrapar los instantes del milagro, de las reminiscencias.

Patio del colegio Dr. Ferran i Clua (Congrés, Barcelona)

Enseguida, en ese espacio intermedio del cerebro, veo imágenes mentales: cómo los mayores, los profesores, o los que me doblaban la edad, o ni siquiera tanto, los que me precedían de cursos superiores, frente a la cola del patio del colegio, se me figuraban hombres distantes: gañanes. Desde una atalaya muy elevada, ellos me observaban. Les devolvía la mirada, ayer cohibido, hoy ya sereno. Porque el recuerdo está muy tamizado, es selectivo. Ya no duele. Son apariciones tardías, extemporáneas. Entonces, los veíamos más altos, más inteligentes y atrevidos, y nos asustaban las caras fantasmagóricas del matón del barrio y sus secuaces, del profesor con mostacho, de la chica más simpática que te ofrecía el desayuno para compartirlo. A menudo, me mentían disimuladamente. ¿Qué nos sucedía entonces? ¿En qué consistía ser adulto? ¿Qué escondían sus ojos? En ellos estaba el germen, el bochinche de la memoria, el ir y venir divertido y caótico. Pero la autoridad de los mayores, ¿dónde ha ido a parar? ¿Qué ha sido de todo aquello, tan aparentemente florido?

Quizás lo que suceda es que ya no nos dejamos intimidar. Los que vivimos todo aquello, o eso espero, tenemos necesidad de recuperarlo. Por fin, hemos dejado de ser ingenuos. Hemos dejado de jugar a las cocinitas, a los papás y las mamás, a las canicas. Hemos dejado atrás los juegos de los médicos, los cromos, los fastidiosos partidos de fútbol. Recordamos, sin el mismo estupor con que los vivimos, pero estimulados por su aura divina, los años de la “lambada” y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Por nuestro rostro asoma una bendita sonrisa.

Ya nada es lo mismo, nada es comparable. Nos alejamos de aquella felicidad inadvertida; de aquellas pisadas iniciales en el barro de los días de lluvia, de los charcos y las botas de agua y las bambas blancas por estrenar. El encanto de la infancia está ahí y no puede pasarse por alto; somos nosotros los niños de entonces, también ahora. Es por eso que los caminos que levantan los cangrejos entre las rocas son la mejor metáfora que resuma nuestra biografía, nuestros currículums vitae.

Me urge recrearme en todo esto, por el bien de la literatura, buena, mala o regular, que pueda aportar con mis columnas. Alternar presente con pasado. Ahora que ha pasado el tiempo, me contemplo a mí mismo, como si me entrevistara, sin micrófono y sin red, sin subterfugios, para hacerme más amigo de aquel chiquillo que escribía, pintaba y soñaba en solitario, lo que plantaba con la semilla, la primera piedra del que soy ahora. Aquí, en comunión con la vida. Acertando o equivocándome, pero salvando los puentes taimados del recuerdo.

DE NUEVO, ENTRE FOTOGRAFÍAS

En uno de los cajones de mi escritorio guardo celosamente álbumes, mapas, prospectos de exposiciones, programas de obras de teatro, como si fuera un archivero de la Biblioteca Nacional al que le hubieran encomendado el inventario y almacenaje de los papeles de su estudio. Esta tarde, mientras buscaba y rebuscaba en ellos, di con un tríptico, el del artista estadounidense Sol Lewitt en la Fundació Tàpies de Barcelona en el verano de 1994. Y he rememorado, a pesar de cuanto ha llovido, he reproducido en mi cuerpo el ritmo de mis pasos mientras deambulaba por las distintas salas, la distancia que mantenía frente a los cuadros, la contemplación de aquellas obras minimalistas en contraste con el blanco impoluto de las paredes; la fascinación por recorrer un territorio virgen, la primera muestra de la Fundació Tàpies a la que acudía.

fotosAsí, he vuelto a vislumbrar entre las fotografías del cajón, como de refilón, como para no sucumbir, como para no comprometer mis sentidos, en este verano que ya termina, el de las Olimpiadas de Río, las otras, las mías, las de la Barcelona de 1992. Y he salido algo tocado: he reconocido a nuestros medallistas, con la constatación de que ni ellos ni yo somos los jóvenes de entonces. Me ha entristecido  sobremanera, como observador y protagonista de aquellos días, contemplar de nuevo la foto en el podio del mediofondista  Fermín Cacho en los 1500 m, o la del nadador Martín López-Zubero en 200 m espalda. Qué afortunados que fuimos al vivir aquello. Ahora, a quien más y a quien menos, nos asoman las arrugas, acusamos sin remedio el paso de los años. Ahora es inevitable pagar el precio por vivir una segunda juventud, el largo preludio del fin de nuestras humanas fuerzas. Ni ellos pueden emular su victoria, ni yo puedo volver a ser el muchacho ingenuo de trece años que observaba atónito a su alrededor, sin entender apenas lo que la vida tenía a bien ofrecerle. Aquel verano idílico del pasado es capítulo acabado. Debo afanarme en buscar otros “paraísos”, si esto es posible, pues a veces da la sensación de que solo aquel fue glorioso y verdadero.

Pienso en todo esto mientras camino por el parque, rumbo a la biblioteca, mientras observo a los demás, extraños que, en ocasiones, se tornan seres cercanos, vivos. Me gusta “mezclarme” con el mundo, tanto con los seres de carne y hueso (los que pasean a su Beegle, los enamorados frente al surtidor de la fuente, los jugadores de voleibol en esta tarde de septiembre), como con los etéreos, los de las fotografías que he contemplado antes de salir a la calle. No hago más que atrapar espejismos de realidad. Ellos o los fantasmas del pasado: al final, resultan formar parte de un álbum de la mente, del espíritu y, el revelado, un tiempo de exposición lento, largo, demorado. Se imprimen en mí como la rosa tatuada en la espalda de la chica que espera paciente cada mañana delante de mí, en la cola de la panadería. Aquello que parece que fue ayer, mis recuerdos, sin duda el viento de la desmemoria lucha por borrarlos. No debo ceder: si espero conservar mis caprichos, mis ilusiones en la pila del revelado, tengo que partir del fondo oscuro y pesado de la memoria. Son míos, hasta el final. Un pozo lleno de piedras, espíritus aparecidos gracias a un santero o muñecos de ventrílocuos que de pronto me hablan sin ni siquiera haberles concedido la palabra.