Archivo de la etiqueta: roma

ODA A ROMA I ALS POETES ITALIANS

Estic a Roma per primer cop, a començaments de febrer, i avui és un dia de pluja. No se m’acut cap altra cosa que entrar en una de les seves millors, més completes i més grans llibreries, La Feltrinelli; per no mullar-me, si més no. Em dirigeixo rabent fins a la secció de poesia, la que més m’estimo. Vaig regirant els volums, fent dansa amb els ulls per les prestatgeries. I acabo trobant una bella antologia de poetes italians del segle XX. Me la compro. Tenir l’antologia a les mans representa per a mi descobrir poetes desconeguts i tornar al plaer dels vells mestres: Penna, Saba, Quasimodo.  Ara em  fa l’efecte que la poesia italiana del Novecento és el perfum destil·lat de la claredat, de la puresa eixuta i de la força caleidoscòpica del paisatge tornassolat de l’antiguitat, fet paraula en un present més viu. I sembla que la màgia, el poder i la bellesa d’un llibre amb el qual no pensava ensopegar han conjurat el moment perquè, quan surto d’allà, ja ha parat de ploure.

Hi ha bassals pertot arreu, però! Però estic més content que un gínjol! Just a l’endemà se m’acaben les vacances; tothom afirmaria que és un bon colofó, després de visitar el sarcòfag dels etruscs, de veure una exposició d’Edward Hopper i d’haver voltat per aquí i per allà, com si fes una recerca arqueològica i anés a escriure una tesi doctoral sobre aquesta capital europea, de retorn a Barcelona. És una molla de pa en el camí meravellós d’en Polzet: un pas rere un altre, directe a l’ànima.

Ni París ni Nova York ni Lisboa: Roma té l’encant de la tradició i del temps de tardor. Té l’encant dels guies turístics que amb un més que correcte espanyol et porten pel Colisseu, pel Fòrum i per la Ciutat del Vaticà. Té l’encant d’allotjar-se en una hotel a prop de la residència del Papa. Mai no m’ha agradat la vida nocturna i per això em recollia cada dia a les vuit, i me’n tornava  a la meva habitació. (C’è come un dolore nella stanza…). Roma són moltes coses: Roma és una de les ciutats més antigues d’Europa. Roma és Villa Borghese i les escultures escapçades dels seus jardins. Roma és passejar vora els ponts, caminar i caminar; és, en fi, entrar un mezzogiorno a una trattoria i menjar un bon plat de gnocchi. Això és el que em demanava el cos i el que vaig acabar fent.

Tothom em deia que era ben maca, aquesta ciutat, però jo no m’ho creia. I, sens dubte, ha estat despertar, obrir bé els ulls i deixar-me emportar per l’olor de pizza i els drings dels tramvies. Fins al punt que m’agradaria viure-hi, ni que fos ni tan sols per uns quants mesos. O un any sencer, per què no? La Ciutat Eterna em parla a cau d’orella amb els versos de Marino Moretti: e a tratti con l’inutile bagaglio/partir per i paesi della nebbia… Sí, amb l’equipatge just per caminar i desfer-me de tot allò que em pesava. Un equipatge enmig de la boira.

Hi tornaré, tan aviat com pugui, quan reuneixi tots els diners que calguin. Res més que els meus poetes per dir adéu a una setmana llarga a Itàlia. Assaborir els versos d’Ungaretti: Lasciatemi cosí/come una/cosa/posata/in un/ angolo/ e dimenticata. Sí: a mi deixeu-me que em perdi pels carrers i places de Roma, en qualsevol racó, oblidat de tot i de tots, com si m’hagués perdut en el cor, en el centre, cap i casal del món. No necessito res més.

 

ESCRIBIR, LEER, TRADUCIR

Quisiera detenerme un poco a meditar sobre mi viaje a Roma; escribir este artículo en mi portátil, antes del regreso a casa. Anteayer, perdido entre las calles alrededor de la Piazza Navona, para matar el tiempo, di con una tienda de libros de segunda mano. Traspasé el umbral, dejé guiar mis ojos por las estanterías y, después de unos cuantos minutos en la sección de narrativa extranjera, compré a muy buen precio una primera edición de Opinioni di un clown, de Heinrich Böll, que en su día leí en versión española. Parecía que estuviera predestinado, o tal vez fue la casualidad, eso lo ignoro.

Villa Borghese, Roma

Ya en el hotel, volví a sumergirme en la famosa escena inicial. En ella, el protagonista describe la atmósfera de la estación de trenes de Bonn, y de toda la rutina que lleva acumulada a sus espaldas: subir y bajar escaleras, facturar el billete, comprar el diario vespertino, coger un taxi. La literatura dice mucho de sí y del mundo. Pero también es cierto que lo que cuenta sería papel mojado si yo no hubiera viajado nunca en tren. Necesito un bagaje personal y lector. No hubiera captado los matices, el automatismo de preguntar aquí y allá, ni cómo salir de dudas, si no me hubiera perdido otras veces, o hace apenas tres días por los laberintos de la Estación Termini, buscando el andén tras un larguísimo pasillo, donde me esperaba el tren para Tarquinia.

He copiado algunos fragmentos del libro en mi libreta de hojas rayadas. Escribir, o mejor dicho, reescribir a mano, me ejercita el pensamiento, hago mío el idioma del traductor. Me permite una lectura más profunda, entrar en las imágenes y en los juegos sofisticados del novelista que tal vez pensó que nadie lo leería. Me conecta con él, con su época, con el sudor de su esfuerzo, con la misma luz que lo alumbró. Como si me trasladara, en fin, a su cabeza, y diera con la mejor forma de interpretar su pensamiento, el corazón de la historia, hasta contagiarme de su estilo.

Puedo pasar por extravagante: leer libros en otros idiomas diferentes del original. Sin embargo, y a poco que uno piense, no es tan descabellado. Todo lector es curioso por naturaleza y desea siempre, o casi siempre, responder a las siguientes preguntas: ¿qué parte de sí mismo ha dejado el traductor en esa versión? ¿Qué sentimos cuando leemos en otra lengua? Queremos ver cuáles son las diferencias según la traducción; albergar en nosotros el cúmulo de nombres propios y de lugares, de sentimientos. Depende de la sensibilidad: estoy seguro de que gana más o menos según cómo suene en nuestro interior y, así, la versión italiana, digamos, puede ser incluso mejor que la española.

Nunca menospreciaré el poder de transformación de los traductores, su camino hacia el espíritu. Estoy más que convencido de que, de forma cuantitativa y cualitativa, con su labor colaboran, y mucho, a enriquecer nuestra lengua. Nos trasladan el sentido, la materia prima de toda literatura. Yo, al menos, cuando leo grabo en  mi piel eso que el traductor quería transmitir, como si se dirigiera a mí exclusivamente. Tengo ese privilegio, o así quiero pensarlo.  Escribo, leo, traduzco: me traslado al universo del autor. Vuelvo a escribir la novela en mí mismo, mezclando su experiencia con la mía.

Seis días y seis noches en la capital italiana me han hecho beber de su espíritu. He vivido la atmósfera de la ciudad, y a la vez me he alimentado de libros. Lo que me ha sucedido en tan poco tiempo es casi un milagro. En verdad, se necesitan muchos años, mucha vida, para transfigurarse en los libros y, especialmente, en las traducciones; mezclarse en uno mismo. Cuando era un adolescente, apenas descifraba lo que  esos libros querían decirme y no conseguía apropiármelos, estuvieran bien o mal traducidos. Ahora que observo con atención cuanto me rodea, y que me siento algo más integrado en el mundo, que incluso he escrito y traducido alguna  cosa, puedo empezar a “comprender” gran parte de aquello que otros antes que yo quisieron decir.

 

A TRAVÉS DE UNA LUZ COTIDIANA

casaLas tareas de casa y otros ensayos, NATALIA GINZBURG (Editorial Lumen). 443 páginas. Barcelona, 2016. Traducción de Flavia Company y Mercedes Corral. Prólogo de Elena Medel.

De nuevo “me las veía” con ella, con Natalia Ginzburg (1916-1991), la gran novelista italiana. De nuevo, estaba dispuesto a que sus palabras recorrieran mi cuerpo, en su profundidad sutil, amena, necesaria. Deseaba abandonar las aguas cristalinas de sus narraciones y anclar mi paquebote en el embarcadero de otras costas, nuevas para mí: sus artículos de prensa y no ficción.

Publicado anteriormente en Lumen con el título genérico de Ensayos, hace mucho que iba a la zaga de este libro. Y uno de estos días me he decidido a tirarme de cabeza, a ir a por todas y zambullirme en el mar abisal de sus páginas, de los pequeños actos cotidianos, que parecen darse sin aparentes consecuencias. Y he observado que Natalia Ginzburg no obvió casi ningún asunto personal o colectivo, con  absoluta intensidad. Es el rey Midas y todo cuanto toca lo transforma en oro, ya deambule con mareo zigzagueante por las diversas casas que habitó, en Turín y en Roma; ya nos deleite con el recuerdo de unas inspiradoras sesiones psicoanalíticas; o bien fije la mirada retrospectiva sobre la infancia. Su escritura en libertad le permite bosquejar como nadie pequeños retratos o reseñas de Emily Dickinson, García Márquez, Sandro Penna, Dario Fo y Pasolini. Y también hacernos partícipes de sus ideas sobre la libertad religiosa y sexual, sobre el mal y la muerte. Sobre esta última, nos dice: No sentiremos el tedio; en la eternidad no existirá el tedio. El terror, el miedo y la angustia son sentimientos de esta vida y la muerte sin duda los ignora (…) Sobre la muerte, no sabemos ni sabremos nunca nada (pág. 395). Véase en este fragmento una muestra de su manera personal y particular de ver el mundo.

La genial escritora italiana Natalia Ginzbug
La genial escritora italiana Natalia Ginzburg

Si bien los temas que trata son universales, eternos, se ha discutido a menudo su escritura, su sencillez para con los personajes que trata, los actos que les gobiernan y los lugares que ocupan. Y tal vez haya quien los rebata sin percatarse de la gravedad que hay en el fondo; la forma como el lector aprende muchas cosas sin apenas esfuerzo. Siempre, con el latido de su estilo inconfundible. Es evidente que, en este bello libro, encomiablemente editado, habrá textos mejores que otros; pero, quizás, también, como ocurre siempre, dependerá de la experiencia de cada lector. Por su biografía, se acercará a ellos buscando una tabla de salvación diferente; buscará hasta dar con el pecio del barco hundido en alta mar, hasta dar con un puerto seguro, lejos de la calima. Sin apenas percatarse, será más sabio después de leerlo. Comprenderá la pequeñez de los sinsabores domésticos que dan título al volumen. Cito otro fragmento palmario: Las tareas de casa en ella son, dicen ellos, una coartada para no dedicarse a otras cosas más nobles: leer, interesarse por la política, cultivarse (pág. 83). Es la domus, el lugar en el que todo transcurre, calladamente: esas habitaciones donde las mujeres se recluyen, las que Natalia Ginzburg parece estar reclamando con derecho propio, haciendo un guiño a Virginia Woolf.

Heterodoxias o subjetividades aparte, este libro pertenece a la estirpe de los que merecen ser releídos. Sus palabras no se gastan ni se gastarán, estoy seguro. Guardadas como es debido en el guardarropa, como un traje modesto aunque elegante, las airearemos a la primera ocasión que se nos presente; nos vestiremos con ellas y las ofreceremos generosamente a los demás. Y nos conducirán lejos de las tinieblas, entreveremos el mundo con  una luz cotidiana. Leer y releerlas debería ser el pespunte certero para reflexionar, para conocer el siglo XX y reincidir en el misterio diario de la humanidad. Bienvenidas sean.