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Y NUESTROS ROSTROS, CUANDO DEJEN DE SER INOCENTES

¿Tiene el pelo rubio? ¿Lleva gafas? ¿Tiene barba? ¿Y bigote? Mi amiga Eva y yo nos hacíamos esas y otras muchas preguntas en nuestras partidas casi inacabables. Un o un no nos hacía descartar a Sophie, a Peter, a Claire…, y volcábamos las casillas hasta dar con la buena. Los rostros, esos rostros se yuxtaponen ahora en algún lugar remoto dentro de mí, y los recupero.

rostroY con ellos vuelve un mundo ya enterrado, un mundo depuesto, perdido como una guerra con vencedor y vencidos: el Tiempo y nosotros. Esas chispas de la memoria son más vívidas que los rostros de carne y hueso de entonces, o que el paisaje: una neblina interior me esconde las formas de los pinos ya desaparecidos de la escuela. Por eso, a pesar de los malos modales de ese tiempo usurpador, no olvidaré aquel regalo que, después supe (cuando ya no me importaba adivinar en qué trineo y por dónde me lo había traído Papá Noel), que fue idea de mi abuela, que lo había visto en un escaparate de una juguetería, encaprichada: el Quién es quién.

Desconocíamos la maldad marcada en el entrecejo, la falsa marca de la alegría en los pómulos, o el verdadero significado de los ojos anegados en lágrimas, o la mirada traidora mientras te lanzan un piropo. Sabíamos distinguir algunos rostros, pero “sin trampa ni cartón”; los que no admitían segundas lecturas. Aún hervíamos en el caldero de la infancia, y nosotros queríamos crecer, alcanzar ese reino adulto, como el vapor ascender hasta el cielo. Teníamos ganas de ser mayores sin comprender la medida de la realidad. Y ahora, desgraciadamente, ya no hay vuelta atrás.

Ahora, amiga Eva, nos pasa lo contrario: firmaríamos por habernos quedado en nuestra isla Barataria para siempre, en el viaje de Odiseo que no llega a su destino porque no quiere ser mayor. Tú y yo preferiríamos adivinar qué esconde Papá Noel cada Navidad en su saco, o quedarnos extasiados, cosa que ya no hacemos, ante el abeto decorado de ingenuas luces, las tenues lucecitas regadas de la ahora vana ilusión, sin apenas atisbar el “mal”, nuestro mal cotidiano: el saber demasiado. ¡Qué estafa lo de celebrar la mayoría de edad!