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SAFO Y LOS VIDEOJUEGOS

Se me ocurre pensar que todas las mujeres que he conocido en mi vida han establecido una comunión especial conmigo, que jamás he compartido con los individuos de mi mismo género. Miro hacia atrás, hacia mi pasado y también hacia los períodos históricos en que han florecido, a escondidas las más de las veces, comunidades exclusivas de mujeres (esto nunca se me dijo en la escuela: lo he tenido que descubrir por mí mismo más tarde).

Pienso en Safo de Mitilene. La crónica de sus pasos por la tierra dice que tuvo marido y descendencia, pero que frecuentó el trato como maestra de mujeres en Lesbos, la isla griega, referente del lesbianismo por antonomasia. ¿Era quizás que le atraían solo sexualmente o que compartían una misma perspectiva existencial, semillas de amor puro, tan frecuentes entre ellas, y con tan escasa presencia cuando frecuentaban a los hombres? Se arroparían unas a otras, huyendo de la crueldad masculina, de los celos y su dominio. Más de una vez en la historia, no solo en época de Safo, ha debido de ser así.

Si no queremos la guerra, si estamos todos “condenados” a entendernos y a vivir unos con otros, a veces bajo las ruedas de un infierno sangriento, ¿por qué no podemos cambiar los roles? ¿Por qué, en general, no pueden actuar los hombres de forma diferente? ¿Por qué tiene que estar todo tan prediseñado y predestinado: las mujeres esto, los hombres esto otro? Por supuesto que he conocido hombres buenos pero, no sé por qué regla de tres, me he entendido siempre mejor con las mujeres. Los hombres, sumidos en su propio egoísmo e indiferencia, me han vuelto la espalda más de una vez. A las pruebas me remito: tengo más amigas que amigos.

Por eso no me extraña nada que las mujeres, tantas veces, hayan querido huir de la compañía masculina y encerrarse entre ellas, conformando un grupo compacto, un núcleo fuerte de amigas en el plano sexual e intelectual, buscando la fuerza necesaria para seguir viviendo. A mí me gustaría (y no creo que esto sea tergiversación en absoluto) ver hombres a los que no les apasionara la belicosidad y empezaran a “moverse” y a “integrarse” de manera distinta en la sociedad, no solo haciendo labores tradicionalmente asignadas a las mujeres (lo cual muchos ya hacen). No solo eso, sino que también, emocionalmente, compartieran, fomentaran mayores sentimientos vinculados casi exclusivamente a las mujeres, y huyeran de los estereotipos. Les diría: “Niños, dejad la consola de videojuegos, verdadera caja de Pandora del odio”.

LA POESÍA ES NECESARIA

¿Cuántas veces habré oído que la poesía no vende y que no sirve para nada? “Estás perdiendo el tiempo, chaval: mejor dedícate a la novela o al cuento”, me han dicho más de una vez. Muy cierto es que la poesía es un género minoritario, pero nosotros sabemos también, porque somos muy listos, que no debemos juzgar el valor de un género literario por el número de lectores. La poesía se salva de la quema, precisamente, por su sabiduría, por el encanto de trenzar palabra y metáfora en la urdimbre del papel. A través de una mirada o de un gesto consigue que el lector palpite y se sume a la rueda inmensa de las emociones.

Nunca me han interesado del todo los bestsellers, debo reconocerlo: los libros superventas, salvo muy contadas excepciones, me son lejanos. Sería ingenuo pretender que no quiera ser leído, es verdad, pero también caer en la trampa de gustar a todo el mundo. No me basta pensar que un libro haya gustado a muchas personas antes que a mí. Me siento mucho más cerca de un poema desconocido para el público, pero escrito con los ojos llorosos, en el que el poeta, ciego por la niebla de la melancolía y el llanto, se recupera de un desengaño amoroso y de la fugacidad de un amor; puede ser el espejo de mis miedos y esperanzas, donde me reconozco y busco el consuelo que la vida no me proporciona.

poesía
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La poesía es necesaria, y más si cabe en estos tiempos vacíos, espurios, materialistas. Es la fuente donde beben incluso aquellos escritores que no han escrito jamás ni un solo poema. Da igual si el autor es anónimo: la verdadera poesía arraiga en nosotros y nos dirige con mano diestra, sin permitir, ni un solo momento, con sus palabras sabias, que nos perdamos por el laberinto cotidiano. Safo, Baudelaire, Éluard, Machado, Dickinson, Juan Ramón, Cernuda, Salinas…, la deuda que tengo con ellos es inmensa. Imposible describir el enorme maremágnum que un día desataron dentro de mí.

La fiebre poética es la única que no duele, que no mata; si acaso, resucita. Podría prescindir de la televisión, del ordenador, del Smartphone, de muchas cosas…, pero nunca de un libro de poemas. “¿Qué encierran estos versos que tanto me gustan y seducen?”, me he preguntado en tantas ocasiones. He llegado a la conclusión de que la poesía no se resigna a estar en un rincón, sino que me llama y me invoca, me abre los brazos como un invitado más a su fiesta, que no termina ni terminará nunca mientras exista un solo lector fervoroso y ahíto de poesía, de fina contemplación y de ardor en la sangre.