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SANGRE DULCE

Se conoce que la lluvia y el frío intenso tienen parte de culpa en mi sensación de malestar presente. Media España ha amanecido con un manto de nieve y heladas temperaturas. Pero no queda la cosa ahí. Hoy no fui llamado a ser feliz, precisamente. No es ni que el ordenador se haya infectado de virus ni aun que mi estilográfica se haya entrapado. Nada de eso. No suelo pensar en la enfermedad, ni en enfermos, ni en hospitales. Suelo ser una persona de talante alegre. Sin embargo, que mi tía A., hermana mayor de mi madre, esté hospitalizada y lejos de su casa, en pleno invierno, en este momento me tiene más que preocupado: horrorizado. No fui nunca tan consciente ni de la inutilidad del dolor ni del sufrimiento, ni ya de aliviar a este familiar en las amargas circunstancias por las que está pasando.

De la relación con los demás, con los que más queremos. ¿Quién necesita de mí? ¿Quiénes ansían mi cariño? ¿Quiénes no se lo merecerán jamás? Por supuesto, este familiar merece mi respeto y mi amor. Creo que no es una parada más en una estación de servicio. No es bueno padecer si no viene acompañado de la reflexión: sobre cómo sobrellevar y descargar todo lastre en la vida que los dioses inmortales nos otorgaron hace ya muchas lunas.

Lo confieso: me creía que no, pero sí, temo la muerte, los hospitales y la sangre, un totus revolutum, una caterva de sensaciones de montaña rusa. Es un miedo cerval, lo sé. Todos tenemos, en mayor o menor medida, buena o mala estrella, una piñata caída del cielo que bastoneamos en busca de regalos. Intentamos hacernos querer y querer; y yo quiero dejar mi huella dactilar sobre las sábanas blancas de esta habitación de hospital. Todo es pasajero, me digo, y en los días lluviosos no hay nada mejor que la compañía de los demás, su amena charla; una taza de té inglés y una novela en el regazo. Tal vez, este enfermo desee que le traiga algún libro, no lo sé. La “dama” literatura tiende siempre sus garras, para que la acariciemos, para que sea nuestra amante. Los libros se cuelan incluso en instantes  así.

Leo y escribo y callo, salpimentando el silencio de deseo y sensibilidad, únicos asideros en estas horas algo amargas. No nací para regodearme en escenas sangrientas. No entiendo cómo a algunos, a veces a la mayoría, les gusta el gore o los videojuegos, ficciones inverosímiles, las más de las veces, juego de pánico sin sentido; están literalmente “hechizados”. ¿Cómo es que no tienen bastante con la visita a los hospitales? Verse atenazado por el artificio del miedo y despertar los peores instintos, el odio hacia a los demás y la muerte maquiavélica, para su propio goce, su mayor satisfacción. Todo esto nunca lo acabaré de entender.

A esto venía yo, después del cine de terror. Cuando estoy bajo los efectos contraindicados más devastadores y peligrosos, pienso en la escritura, y mi cuerpo, de pronto, sana. O al menos así le parece a mi alma. Porque no puedo evitarlo. En momentos como ahora, sueño siempre sangre. Algún día, tal vez, los médicos y enfermeros me sorberán la poca sangre dulce que me quede, y yo, como el resto de mortales, no quiero ser carne de hospital. Lo pensaba de pequeño, cuando mi madre me decía constantemente en verano: te pican los mosquitos porque les gusta tu sangre,  porque es muy dulce, es la sangre más dulce de entre todos los niños.

Imagino que hay alguien al fondo de esos pasillos interminables, blancos, solitarios; alguien que me espera para que lo cuide. Imagino una biblioteca pública, y el murmullo provocado por quien va pasando las páginas de un libro, que se inmiscuye en la historia que yo he escrito hace tiempo; y de manera compulsiva, sin ser plenamente consciente, la reescribe. Ese lenitivo sirve para desbloquearme; proyecto esa imagen de periodista del Paris Match dentro de mí, o de novelista de la Generación Perdida, pongamos por caso, sin que sea ni mucho menos uno de ellos, y salgo de casa, a investigar el terreno, en busca de indicios que me servirán para escribir nuevas columnas. Agradezco que haya personas que depositan su confianza en mis escritos, y ese es el mejor regalo: entretenerlos, hacerles reflexionar, pasar un buen rato. Iré al hospital y volveré a mi piso, pensando en la urgencia que tenemos los humanos de buscarnos con la mirada, de abrazarnos. Es así cómo conjuro mis miedos, cuando pienso que hay un interlocutor al otro lado; así me olvido por instantes del olor a sangre.

INOCENCIA E IDENTIDAD

Llamémoslo maldición o juego del saber, según se quiera: la memoria bascula entre la consciencia y la inconsciencia de los años de colegio. Se cuela como si fuera un fantasma entrometido dentro de uno y ya no escapa jamás. A pesar de su cruel embate, me dispongo a medir, en medio de toda esa fragilidad, cuánto queda todavía de aquellas clases de matemáticas (los quebrados), de ciencias naturales (la circulación mayor y menor de la sangre), de castellano (las jarchas) o de catalán (Ramon Llull). Las palabras de mis maestros eran y son suficientes: no necesitaba ni necesito manuales de autoayuda. Constato al fin, sentado ante la pantalla del portátil, dándole vueltas a mis pensamientos, que me ayudaron a vivir.

Esta columna podría haberse titulado perfectamente ¿Quiénes somos?,¿ qué soy? El mundo de ayer informando al ser que respira hoy. El epicentro del patio de juegos, la alarma para volver a clase, las excursiones al zoo (y los dibujos de los monos)… O bien: ¿alguien de vosotros, compañeros y compañeras de fatigas, no recuerda las visitas a la biblioteca? La maestra empezaba a cantar los nombres de los libros que habíamos estado leyendo las últimas dos semanas para recolocar las fichas: Jim Botón y Lucas maquinista; Érase dos vueltas el barón Lamberto; Kim de la India; o, bien, De profesión, fantasma… Más de uno, cuando oía nombrar El zorrillo sin madre se lamentaba: “¡Ay, pobre!”. Mis vísceras no mentían ni aun ahora mienten: infancia, inocencia, despertar.

Retomo esos pasos sin melancolía edulcorada, con la elegancia (buscada o inadvertida) del paso de los años; y  escucho, en medio del silencio, los compases de otra época. Cada día, puntualmente, antes de ir a trabajar, mi madre se hacía con un ejemplar de La Vanguardia, o en su defecto iba yo, para que mi abuela pudiera leerla. En aquella ocasión, un niño de diez años (yo) comentaba la jugada con su abuela, mientras la hojeaba en la mesa  del comedor: en enero de 1989 murió Salvador Dalí. Salió en titulares, en portada. ¡Qué horror! Fue una de las primeras ocasiones en que constaté que la carne era mortal. Ahora eso ya no existe: el periódico ya no es lo que era, nosotros (mi madre y yo), ante el advenimiento de las redes sociales y de Internet, hemos dejado de comprarla. Hoy, en todo caso, antes de ir al hotel, me paso por la cafetería y echo un vistazo a sus páginas. La  muerte de Salvador Dalí, y mi abuela fisgoneando entre los titulares con las gafas de leer (aún veo la cadenita de metal sobre el pecho), sentada en el viejo sillón del amplio salón: eso ya no volverá.

A veces me digo, reconciliándome con los anillos de la memoria del caduco ciprés del colegio (ese ciprés del enorme patio, que tuvieron que talar por vetusto, para que no nos cayera encima): ya está bien, me digo, que no vuelva. Si no tuviera un ápice de esa melancolía, no podría recordar, ni mis recuerdos serían tan preciados (al menos para mí, aunque no sepa si pueden competir con los recuerdos de los demás),  ni  se me despertaría jamás (ahora caigo en la cuenta)  mi manera de ser y de estar en el mundo. Todo se lo debo al despertar y declive de la inocencia, de mi propia inocencia,  que imprime un carácter duradero, ahora y siempre, determinado por lo que fui un día y que entonces no era consciente que me cambiaría, que me señalaría el camino, trazado en el mapa de la memoria. Tal vez nadie recuerde de la misma forma que yo; tal vez, yo sea el único náufrago que se apresta a recordar. ¡Quién sabe! Solo desearía reunirme, organizar una cena con mis antiguos compañeros y adivinar cuánto de todo aquello todavía está presente en lo cotidiano, en las conversaciones de hoy que echan palabras al fuego del ayer.