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COMO EL QUE HACE LA LISTA DE LA COMPRA

Llevo diez años anotando, en un cuaderno de espiral, la lista (ya larga) de los libros que he ido leyendo. Título, fecha, día o días de lectura. ¡Nada menos que novecientos sesenta! Como si fuera al mercado, a la compra; es una manera de tener la mente ordenada, las ideas en su sitio, como si escribiera las entradas de un diario. Recuerdo dónde estaba cuando los leía, y qué hacía entonces. Rememoro las voces y los gestos de las personas que me rodeaban, con quienes compartía el verano o las jornadas de lluvia.  O los cambios de humor: cómo se sentían los personajes de los libros leídos, cómo me sentía yo entonces, o aun las personas de mi alrededor, las que me veían leer. Parece más bien un asunto práctico, pero esta lista es, por encima de todo, un cuaderno del corazón: lo más íntimo y personal.

La releo. Es el instante del recuento: miro hacia atrás y me enorgullezco de esas novelas, de esos poemas o cuentos o ensayos que tanto me ayudaron a superar el tedio; son el retrato vivo, el resultado de mi recogimiento, de mi recobrada salud mental. Por los intersticios de mi mente, se cuelan Frankenstein o el doctor Glas, el emperador Adriano, Bastian y su historia interminable, o nuestra Alicia en el País de las Maravillas; poemas de Umberto Saba o Sandro Penna; los relatos oscuros de Horacio Quiroga; la certera llama de Octavio Paz… Me pregunto si hay mucha gente que, como yo, hace un elenco de circunstancias lectoras. Espero, por fortuna, no ser el único. Quienes profesamos esta ciencia no estamos locos, aunque los demás quieran hacernos ver lo contrario, puesto que huimos del desorden, puesto que, bajo un barniz de supuesta locura, vivimos más y mejor. Así llegan los lectores del mundo, prestos a compartir buenos momentos. ¿Cuántas veces he accedido al interior de un libro, refugiado por instantes, como en una cuerda floja, sentado en un banco de la plaza, echado sobre una toalla en la piscina, contando los minutos, esperando en la estación?

La carnavalada de los desafueros, ¿de qué otra forma, si no, se cura? El malvivir, ¿hacia dónde nos lleva? ¿No es cierto que el mal de amor se cura con la palabra? ¿Quién puede limar la oquedad de un cuerpo lejano sobre otro cuerpo, el fuego interior que nunca se extingue, la comezón en la piel? ¿Cuántos libros les hemos leído a nuestros amigos y a familiares en voz alta, solo porque nos había emocionado un pasaje y queríamos compartirlo? Somos los que somos gracias a nuestras listas de libros: entramos por un resquicio del espejo y nos sumergimos de lleno.

Escribir sobre lo leído es escribir sobre libros ajenos que nos han emocionado (tanto o más) como si fuéramos nosotros los que los hubiésemos escrito. No hay duda de que la existencia ha de llevarse con cierto amarre. Lejos del proceso del mal, ese que nos roe, yo no escamoteo ningún libro a mi intelecto. Las ninfas literarias son especialmente benévolas conmigo: me ayudan a ascender la cuesta de Sísifo con mayor holgura, hasta que la piedra cae y debe ser otra vez empujada hacia arriba, y así, no hasta la eternidad, como dice el mito, sino hasta la muerte. Lo sé. Nadie más tiene que explicármelo. Estos han sido diez años de una verdadera educación sentimental, como lector, como ciudadano del mundo y como espíritu.

Sí, y a eso voy ahora: precisamos ser protagonistas (o copartícipes) de nuestras propias fábulas para combatir la noche, la oscuridad. No sé de otro remedio: leyendo, asimilando las historias para luego sacar las propias de la bocamanga. Tal vez la literatura suponga, para los tímidos, una salida eficaz: leer o escribir enfundando su persona en otros. Tal vez, aun así, nos expongamos al mundo, quede nuestro interior reflejado, aunque de forma mucho más comedida que la que acontece al ruborizarnos si nos denigran. Tal vez, por el alma, una inquieta melodía suena, pulula a sus anchas, y nosotros intentamos, pues eso: vivir. Elaboremos listas para superar la efímera condición humana. Alegrarse con las propias lecturas es una manera bonita de avanzar a la vanguardia, enterrando la maldad y resurgiendo con la llaneza y el brillo del espíritu quijotesco.