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¿SOY UN LECTOR PEREGRINO?

Necesito tomar la distancia adecuada, que el pasado cristalice en mí,  y volver a aquellos veranos de hace veinticinco años en Sitges, a aquel mar de tormenta que se embravecía cuando le venía en gana, a aquel sol que hacía despertar hasta las piedras. Recuerdo la calle de Sant Francesc, ya entonces abarrotada de gente, y cómo se me embriaga la vista ante el escaparate de la librería Puig, ante aquellas portadas de libros de títulos más o menos insinuantes, caudalosos.

Concretamente, me “obsesioné”, y aun hoy me “obsesiono”, con uno de esos libros: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez. Esa portada azul, con un jarrón forrado de palabras y una rosa por cuento. Sin apenas darme cuenta, todo mi ser, todo mi cuerpo, no solo la mente, el corazón o las tripas, se preguntaba qué demonios se escondía, qué se agazapaba entre sus páginas. Lo mejor de todo era, no leerlo, sino recrearlo, imaginar su contenido. No lo compré ni leí hasta mucho más adelante; eso era lo de menos. No importaba de qué trataran los cuentos. Prueba de ello es que apenas uno ha quedado fijo en la memoria: el de  María dos Prazeres, la prostituta que, ante la inminencia de la muerte, llama a un sepulturero para reservar su tumba en el cementerio de Montjuïc. El resto los inventé y ahora recuerdo no los que eran en realidad, sino los que mi imaginación me dictó.

Luego he contemplado más portadas, más fotografías. El hechizo continúa, con igual o aun mayor fervor. Me gustan los libros, y todavía más la alcoba en que recluirme. Me gusta que, cuando no hay luz, pueda encender la lámpara y seguir con la mirada el hilo de las frases, al igual que la luz de los faroles de gas proyectaba en otros siglos la sombra del sereno por las calles nocturnas. Pero mejor que eso, lo anterior: el momento antes, cuando no sabemos de qué va a ir la historia y pensamos y nos hacemos un mapa de lugar, sin más ayuda que el título.

La alucinación del libro de García Márquez en el escaparate de una librería de Sitges, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que ennegrezca como el tizón, para que desaparezca de mi visión? Conservo su calor en el rostro, su calor en los huesos: como se aprecia, el impacto es mayúsculo, hiperbólico; tardará en apagarse. Bien es cierto que yo también me recreo más allá de los límites recomendables. No es tanto el hecho concreto, lo que sucedió, sino el juego al escondite de la memoria. Ahora me doy cuenta: no recuerdo hechos pasados y aislados. En todo caso, están relacionados, concatenados con los libros que he leído y que me han marcado. ¿Qué historia se escondía en la entrada de la enciclopedia sobre un poeta andaluz que yo ávidamente consultaba en la biblioteca del colegio? ¿Acaso no leía una novela de Soledad Puértolas en el avión que me llevaba hasta Nueva York? ¿Qué catálogo me compré en el Museo Thyssen con motivo de la exposición de Edvard Munch hace dos otoños?.., y así hasta el infinito. Estoy convencido de que la huella del pasado, caprichosa como la lluvia, dadivosa como la llama de una vela encendida en honor de un familiar difunto, una pobre baratija reconvertida en diamante, solo se borrará al margen de mi voluntad, al final de mis días, con la muerte. Mientras tanto, yo escojo recordar. Libros, o títulos de libros, o simplemente ricas experiencias lectoras.

¿Se me tildará, aun así, de lector peregrino? De una cosa estoy seguro: no soy el único. Hay muchos más, atraídos igualmente por las portadas, por los escaparates, por aquello intuido o fantaseado que está ahí, esperando a ser leído. Es más importante la cábala que el resultado final; la fantasía del adolescente, frente a lo real. Nada existe per se, eso lo sabemos todos. Reinventamos las historias a fuerza de pensarlas, de contenerlas en nosotros mismos. Leemos lo que experimentamos, experimentamos lo que leemos; esto es un hecho comprobable. Literatura y realidad son dos vasos comunicantes. Sin experiencia lectora, no hay música, no hay libros, ni ensayos de libros; no hay lecturas plenas. Yo crecí con esas palabras necesarias que alimentan el espíritu. Cuanto más miraba y admiraba escaparates de libros, más precisos, más completos eran mis sueños. Como lector activo, tenía y todavía tengo visiones a cada vuelta de la esquina.

ABÚLIA ESTIUENCA

Si no tingués a l’abast el retruny de la ràdio, quan escolto una cançó popular fàcil de taral·lejar; si desapareguessin els titulars de la primera plana dels diaris, que m’animen a continuar llegint; si no tingués una biblioteca farcida de clàssics, tota l’energia negativa m’acabaria xuclant cap endins, fins a les clavegueres. No sobreviuria a la calor, aquesta que, diuen, és la causant de tots els nostres mals durant les vacances.

Sí, ja ho sé: és paradoxal que, a les llargues hores que ens regala l’estiu, que esperem eternament la resta de l’any, de cop i volta ens venci l’abúlia, l’absència de voluntat per fer coses… just quan més temps hi podríem esmerçar. Ironies de la vida! Per aquests camins de Déu hi hem transitat més d’una vegada cadascun de nosaltres. Tenir i no tenir ganes de fer res… on connaît la chanson…

Com se sol dir, no li desitjaria aquest mal ni al pitjor dels meus enemics. Jo m’he passat la primeria d’aquest mes de juliol enmig de la ciutat: la calor m’ofegava i m’ impedia sortir del cercle viciós. És aleshores que torno la mirada enrere, cap a les vacances d’infantesa a Sitges, arran de platja, amb la mare i amb l’àvia. Sense amics, els instants es feien lents. Escoltava els cassetes de Juan Luis Guerra i The Beach Boys. Des del balcó estant, albirava la costa i m’enlluernava el reflex diamantí del sol sobre la mar. Llegia molt a poc a poc, amb desgana. Ara fitava la contraportada, adés fullejava un volum primet… Va ser als onze anys quan, de cop, vaig passar dels llibres il·lustrats de El Vaixell de Vapor als llibres gruixuts amb molta lletra… I, tot i així, res. Res ni ningú no m’animava ni em feia tornar a la normalitat. Decididament, aquesta abúlia només l’he experimentada a l’estiu. Si algú bategés aquesta malaltia (petita, inofensiva, però a vegades malaltia virulenta) de ben segur que li donaria el nom d’ “abúlia estiuenca”, sí o no?

No és gens recomanable estar ensopit. Les ulleres, que portes des de fa molt, se t’entelen per acció de la humitat, i un es queda sense més ocupació que mirar com es mouen les busques del rellotge una i altra vegada. Prefereixo la tardor o l’hivern. Hi ha escriptors que aprofiten la treva de les vacances per escriure més i millor.  Jo dec ser un espècimen del fred: m’agraden els països nòrdics, passejar pels carrers quan plou, quedar amb els amics aixoplugat dins de les seves llars. I, en canvi, allò que diuen els  estrangers de nosaltres, allò que els fascina de Barcelona i de Catalunya en general, és que fem vida als carrers, de nit i de dia. Caminem a poc a poc, observant com cauen les fulles dels plàtans de la Rambla, fins que ensopeguem amb el bar amb les cerveses més barates de tota la ciutat. Sembla com si pintés un quadre a l’oli amb motius d’hivern.

Tornant a la realitat, sobre la tauleta de nit tinc, pendents: Aloma; El joc d’ulls, Tallats de lluna, Expiació, L’espiritual en l’art…. i una llarga tirallonga de volums meus o enduts en préstec de la biblioteca del barri. Són títols que, tard o d’hora, llegiré, perquè sé que m’esperen paraules que enamoren en comptes de ferir. Però ara no. No encara. S’escolen els minuts però no aconsegueixo que aquests autors de tanta anomenada m’interpel·lin. Llegeixo un tros i he de parar. És treballós i fatigant! L’abúlia estiuenca és dolorosa; espero sortir-ne del laberint molt aviat i tornar a ser el bon lector de costum.

DE CÓMO ME ENAMORÉ DE VELÁZQUEZ

Me viene a la memoria uno de esos flashes que los manuales de escritura para principiantes dicen que hay que atesorar como si fueran los restos de la Torre del Oro. Deseo volver a ese pasado, aquel en que “vivía” casi por primera vez, aquel en que ni el invierno ni el verano eran tan calurosos, aquel en donde parecía que cada estación del año servía siquiera para saber qué quiero y adónde voy. Hoy en día tengo mucha más confusión: a menudo trastabillo con los términos “felicidad”, “alegría” o “encanto”.

De eso hace ya la friolera de veintisiete años. Estoy muy cerca de los exámenes finales de sexto de primaria. Un sábado acompaño a mi madre a comprar ropa o comida a unos grandes almacenes; y casi al final del recorrido, nos detenemos en la librería. Mamá sabe que me chiflan los libros, pero no es capaz de aventurar nada de lo que va a suceder. Doy un vistazo rápido al mueble dedicado a los adolescentes  y, luego, sin apenas rechistar, olfateo la sección de literatura clásica y de adultos.

Un grueso volumen acapara toda mi atención: es el catálogo de pintura de la exposición que se dedica a Diego Velázquez ese mismo año en el Prado. Mi madre, tras tironearla del brazo y decirle: “lo quiero, lo quiero, lo quiero”, accede a comprarlo. Cuesta cinco mil de las antiguas pesetas. Salgo de allí como si me hubiera tocado la lotería. Cuando llego a casa, no pierdo ni un instante. Hojeo y  hojeo, todavía más atraído por los cuadros que por las letras: observo las fotografías en detalle, en las que se aprecia con claridad meridiana el empaste, la pincelada, el trazo meticuloso del pintor. A continuación, escribo con tinta de pluma en la primera página: 1 de junio de 1990. Ahora me digo que sí, que me gustaba inscribir fechas en los espacios en blanco, sin ni siquiera adivinar que, años más tarde, aquello se convertiría en una auténtica reliquia. Cada vez me alejo más de todo ello, de los libros con ilustraciones; pertenezco a un presente infinitamente más vulgar, más ladino, menos mágico.

A partir de entonces, fui aparcando paulatinamente los libros azules, naranjas y rojos de El Barco de Vapor, los Peter Pans y los Pinochos y los coleccionables del Barrio Sésamo. Adivinaba el mundo de los adultos, más misterioso y complejo, fascinante, sin haber puesto un pie en el umbral, menos idílico de lo que parecía: mi ignorancia era (casi) total. Velázquez pasaba a ser el artista bajo cuyo mando yo iba creciendo. Emparentado con el recuerdo del pintor sevillano, pienso en todo aquello circunscrito a esa edad, a los once años. Son los tiempos en que vivía mi abuela: cuando entraba en silencio en mi estudio y me llamaba “huraño” si me zafaba de su beso. Las largas vacaciones en Sitges. Los tiempos del Ford Fiesta blanco. De la música de Tanita Tikaram, de Tracy Chapman y de Luis Cobos. De las clases de inglés en la academia. De las marinas al óleo. De las mañanas de invierno en que me despertaba a las siete y garabateaba en un cuaderno rayado de espiral palabra tras palabra hasta las nueve, hora de ir a clase. Cuanto escribí entonces fue banal y poco me ha servido después (entre otras cosas, porque mucho de todo aquel empeño acabó destruido), pero me proporcionó la disciplina, la exigencia y la lucha cotidiana contra el tedio, muy necesarias para el noble ejercicio de escritor. Las energías suficientes, en definitiva,  para escribir.

Aquellos tiempos fueron los propios de la búsqueda, de la sorpresa y del descubrimiento; la vida que se desbordaba ante los ojos de un niño. Yo quería ya, desde los nueve o diez años, convertirme en escritor. Quería crecer (como, por otra parte, quieren todos los “hombrecillos”), pero jamás caí en la cuenta de que, para ello, antes debía exprimir todo el jugo de la niñez. Apenas podía escribir nada de gran valor a esa edad, ni menos aún trazar retratos psicológicos profundos. Todo lo más, bosquejar asesinatos a lo Agatha Christie.

Por esa razón (aunque también por mi soledad intrínseca, por la falta de amistades, por mis gustos literarios) fui relegado de la compañía de los demás, de las triquiñuelas de los niños. Yo jugaba, estaba apuntado a las colonias de verano y todo eso, pero me sentía escindido, lejos de los que se divertían dando patadas a una pelota y lanzaban globos de agua, junto a las fuentes del parque, durante los primeros días de calor. De todo eso me aparté, yo creo, demasiado pronto. Luego me he dado cuenta de la infamia, de la insensatez y de la deslealtad de los adultos. Y del mundo literario: cada rincón de este planeta está lleno de envidias, y las dificultades del novelista, o del poeta o del cuentista, son varias y distintas y son por todos de sobra conocidas. Si he escrito esta columna ha sido para convocar el pasado, para encontrar una horma  a mis zapatos, para reconciliarme con mi ser interior (el producto de mi experiencia, de mis andaduras vitales). Por suerte, siempre me quedará Velázquez.

RENAIXEMENT

Tot va començar amb un bagul de vímet que la mare i jo vam comprar una tarda llunyana al centre comercial Oasis de Sitges.  Allí hi vaig emmagatzemar totes les joguines, els llibres i quaderns, els àlbums de cromos, els matalassos de platja; fins la caixa de retoladors Staedtler. Hi posava allò que no podia encabir a la taula o als prestatges. Ara, aquell món està solcat per la desesperança: quan vam vendre l’apartament de resultes de la mort de l’àvia, el vam perdre de vista. Se’n recorda, la mare? Qui se’l va quedar? Per què no el vam salvar? Només ara, mentre escric aquesta columna sé que pertany a un altre o a ningú; que, ja definitivament, només resta en el record de la infantesa perduda.

Ara m’ho miro amb la distància que donen l’experiència i el pas dels anys, i em penedeixo de no haver-lo conservat. Aquell petit moble representava el món congelat dels onze o dotze anys, quan el vaig acariciar per primer cop, i hi vaig depositar el més preuat de mi. Però ja se sap: mentre tenim els objectes amb nosaltres, no els apreciem gaire; no ens adonem del seu valor sentimental fins que els perdem.

          Terreny fràgil, aquest de la memòria. Aquest bagul de vímet és part del Sitges interromput; és la platja, el mar, el paisatge de casetes amb les parets de calç. Són els carrerons amagats, l’església, la plaça de l’Ajuntament, la Festa Major amb els gegants, capgrossos i diables; són els matins de missa dominical i després esmorzar croissants calents, acabats de fer. Definitivament el bagul, motiu d’enveja de les ties i els cosins cada cop que venien al nostre apartament.

          Era meu, només meu, i no el volia compartir amb ningú més; potser és producte de l’egoisme del fill únic, que en diuen; ho ignoro. Queda dins de mi en un racó de la meva cambra, sota la finestra, al costat de la taula on tenia els papers i la màquina d’escriure. En aquella habitació vaig entomar els primers articles periodístics que mai no han vist la llum, guardats en arxius que, de tant en tant, no els tinc cap por i m’estimo rellegir. I molt abans, els diaris i revistes amb dibuixos guixats que imitaven la premsa que comprava la mare. Jo no sabia que només volia posar mots als mons insospitats que habitaven sota la pell: era la saba de periodista ben amagada, que feia milers i milers de circuits pel meu cos.

Allí, en la calma de les tardes estiuenques, cercava el silenci, el recolliment, l’entrega pacient del periodista, i el bagul m’hi acompanyava, formava part de la tripulació del meu viatge interior. Em concentrava, escoltava amb l’oïda atenta i amatent el soroll de les onades al lluny.  A vegades encenia el radiocasset i hi posava  música de jazz. O llegia una mica algun dels llibres que havia portat del pis de Barcelona. Tot plegat, m’agombolava, feia minvar el desassossec de la solitud: una illa enmig del brogit de les vacances. No tenia amics, però tenia els llibres, la música i, per què no?, el bagul. Ell era testimoni de tot el que es coïa a dins del meu caparró.

M’hi podria estar hores i hores recordant, amb aquestes miques de memòria involuntària que tornen a mi quan jo conjuro els déus perquè m’ajudin a tornar a aquell paradís ja perdut per sempre i que no m’avinc a oblidar. Les tretes de la maduresa no faran mai possible totalment el retorn; només un xic, amb l’emoció feble del pensament. El món de l’adult és ben bé un altre: troncs que s’apiloten a la foguera tardoral, matant a poc a poc els records, sense treva. Només ara, amb el sentiment vague puc recuperar alguna cosa de tot allò que la vida mateixa s’encarrega de desterrar: la infantesa que ja no pot viure en el present, perquè és impossible de fer-la renéixer amb tots els detalls, que la mateixa realitat es nega a donar-li aixopluc. Sé que el meu bagul de vímet viurà ja per una eternitat, en mi, perquè aquest sí que el puc recuperar, sense necessitat de vessar llàgrimes falses o vertaderes, però amb l’espurna de l’autenticitat, la puresa i l’embriaga matèria de què estan fetes les coses perdudes. Penso, per segons, si no és una entelèquia, un fals record, la pols emmagatzemada a un racó de la llar, allò que mai no s’esdevingué. I, aleshores, em dic que no, que és real, que aquell bagul va existir en els meus millors estius, vora mar.

PLAYA DE LAS PIEDRAS

Mongofra Nou (Menorca), 28 de abril de 2016

Pertenece a la prehistoria: para los que nacieron con el nuevo siglo nunca existió. Era el Sitges, el Aiguadolç, sin tanto hotel ni apartamento. En aquella playa, adonde nosotros, individuos de otra época, íbamos en son de exploradores, ahora no hay más que una mastodóntica urbanización. Aún recuerdo cómo mis primos y yo descendíamos por el camino de mar en busca de piedras desbastadas (con motas grises en la superficie como los restos de un naufragio), que luego enterrábamos en el fondo de un jarrón de cristal. La Playa de las Piedras ha quedado muy lejos; su belleza, dilapidada y vencida, encerrada en sí misma, patrimonio del tiempo detenido. Prueba de ello es que nadie se inquieta si ya no aparece en el mapa; si se cambian, en definitiva, guijarros por arena, rocas por cemento. Los constructores sin escrúpulos existen en cualquier lugar. Solo podía recuperarla frente a esta cala de Menorca, Sivinar de Mongofre, entre colinas verdes, salinas y pequeños bosques, con el mar de fondo, a ratos amable, por momentos embravecido. Y me digo una y otra vez cómo me gustaría contemplar este mismo paisaje todo el verano, para consolarme en la distancia de lo que ya no existe, para inaugurar una nueva etapa aquí, lejos del despropósito arquitectónico urbanizado y urbanizable.

piedrasLas horas son idílicas, fluyen lentamente, sin que suenen los cláxones, sin ver anuncios de Coca-Cola, sin el marasmo de neones incendiando la ciudad. Contemplando esta cala, estas dunas de arena fina, siento cómo un minuto se alarga y ocupa milagrosamente el terreno. Caigo en la cuenta, y me duele aun hoy, de que mi vida no esté anclada en aguas tranquilas; podría vivir aquí, sin que mi vida fuera el despojo de nubes de polvo con que acostumbro a dejar pasar los días, en comparación con el mundo cerrado y protegido de los isleños menorquines; y acto seguido me viene un rapto de envidia. No soy todo lo valiente como para dejarlo todo y quedarme en el paraíso.

Con el sinsabor de la distancia, voy impregnándome de nuevo del salitre en la piel, sintiendo el tacto de la arena fina, el color dulce del agua incontaminada. Avanzo primero casi a tientas, casi desnudo. ¿No soy consciente de que esto también me será arrebatado con mi muerte? Desearía que mis ojos recordaran la luz de aquellas piedras, las de la infancia, que proyectaran dentro de mí una fotografía, si no feliz, tampoco demasiado melancólica. Un resto de luz, el de otras civilizaciones que vieron este mismo mar, que escribieron sobre él mientras oteaban el horizonte en días de tormenta. La brisa marina me sugiere que esta cala menorquina, en que mis ojos descansan la mirada, son todas las playas que he vivido, que otros han vivido antes que yo. Vuelve la Playa de las Piedras a poseerme. El contacto al recuperar un solo grano de arena es el momento de la efímera celebración.

Y concluyo que todo es infancia, lo que perdimos y aun así no hemos olvidado: el hálito al hilo del recuerdo. Lo que en verdad importa siempre queda atrás. La infancia, tan irrecuperable como ver volar por encima de ti no estas, sino las golondrinas de otros veranos, muy distintos. La infancia no podía volver sino en ráfagas de tramontana. ¿Es que nadie, excepto unos pocos como yo, se molesta por salvaguardar lo que creía seguro? Los límites naturales del santuario del pasado, el de la Playa de las Piedras, se van desdibujando. Y constato que ningún fajo de billetes de quinientos euros podría comprar este recuerdo: ningún otro privilegio sería mayor que el de volver a nacer.

LOS DÍAS Y LAS NOCHES

Estoy a punto de acabar mi novela y, en el ínterin, he ido psicoanalizándome. He descubierto facetas, rasgos de mi carácter que antes me eran desconocidos. Tiene que ver con Sitges y con las vacaciones escolares. Tiene que ver con las dos caras de Sitges, más bien, con que Julio, el protagonista de mi novela, se topa: la cultural, la maternal, que aflora a la superficie, que no entraña riesgos ni peligrosas aventuras; y la otra cara, nunca vista antes, la del descubrimiento del desenfreno, de la locura, de las profundas hondonadas de la noche, lo masculino. ¿Cuál de las dos prefiere, cuál de las dos persigue Julio? El lector lo sabrá.

Mi novela me ha hecho reflexionar: como lector, siempre he preferido libros escritos por mujeres, como le ocurre a mi protagonista. Mi infancia fue una infancia femenina, que encontraba consuelo en las palabras maternales. Siempre me he sentido más identificado con las mujeres, especialmente en el terreno artístico. Siempre me ha atraído esa emoción, que puede provenir de la maternidad, de lo telúrico o de un contacto más directo con los elementos, quién sabe. También es verdad que los escritores pueden dejar de lado su hombría condescendiente, pueden elevarse sobre lo terrenal y encontrar hallazgos poéticos. Julio navega en esa dualidad, se aleja de lo seguro y va más allá: intuye que la noche encierra un mundo masculino.

Nada de esto es, en el fondo, verdaderamente importante, todo se reduce a lo mismo: a los intentos de cada escritor o escritora de dar sentido a la existencia, de perderle cada día más el miedo o el respeto a la muerte. Tanto si uno opta por una escritura despojada, seca, o más telúrica y sensorial, la cuestión, al final, es crear un mundo propio que esté vivo de preguntas y que se oxigene con las mareas, las olas o el viento. En última instancia, el terreno de la poesía, de los ojos transformadores del mundo, no está circunscrito ni a las mujeres ni a los hombres, pertenece a ambos por igual; es terreno compartido.

Ha sido en esta novela que escribo donde he encontrado las respuestas a mis propias preguntas: ahora tengo que buscar referentes masculinos en las novelas, en los cuentos, e internarme en la noche. Desenmascararlos y alcanzar así la comunión ansiada del lector ideal. Fundirme en la música de los afectos mezclados; superar fronteras ideológicas. Observar que existen otras realidades que me aguardan y también necesitan pensarse y descubrirse. No sé lo que me aguarda en el camino.