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FÀVARITX Y LAS TORTUGAS

¿Quién me lo iba a decir a mí? Surgió como mejor salen las cosas, sin apenas planificación. Debía escoger una semana antes de la fiesta del trabajo; no podía tomar vacaciones en temporada alta. Había pensado, en un principio, visitar a una amiga en Suecia. Pero una mañana, yendo a la Fundació Tàpies, topé con un folleto sobre estancias de cuatro días en Menorca. La eminente profesora Victòria Camps impartía un cursillo de ética a finales del mes de abril. Aparté la idea de ir al extranjero, y me dije: “tienes que ir, no busques ninguna otra excusa”. Sin pensármelo mucho, escribí a Mariona y a su socio Josep Maria, que se encargan de montar estos talleres. Nunca había estado en la isla y por amigos sabía que era quizás el mejor viaje que pudiera hacer nunca, inolvidable.

La cala de Menorca en el paruqe natural S'Albufera des Grau
La cala de Menorca en el parque natural de S’Albufera des Grau

Esto que cuento puede parecer del todo intrascendente; pero no lo es. Sumergirse en las aguas apacibles y tenebrosas, a un tiempo, de la filosofía, es una manera de aprender, y mucho, de las relaciones humanas; de cuestionarte la realidad a través de preguntas sobre el mundo que no siempre tienen feliz respuesta. Ha sido la segunda vez, contando unos cursos de crecimiento personal que realicé hace ya más dos décadas, en que se me ha brindado la oportunidad de convivir en grupo, y de crear vínculos, amistades en ciernes, complicidades, rodeados por el verde de las colinas y el olor a salitre. Mientras nos íbamos conociendo, hemos hecho una inmersión total en el espacio y en el tiempo: ha sido como si ese trozo de Menorca, esa masía, fuera nuestra; toda, para nosotros. No hace falta morir para conocer el paraíso; a veces, se encuentra muy cerca.

Este mediodía hemos comido una fideuá y el salón se ha llenado de buen humor; de las bromas surgidas de las pequeñas charlas en torno a la mesa. Poco después, nos hemos despedido. Mariona y su socio han llevado en coche a algunos asistentes del taller al aeropuerto. Ahora que estoy solo aprovecho para escribir estas líneas; me gusta, en el silencio, irme llenando de palabras, irlas escogiendo y coleccionarlas en mi cerebro. Me quedo con el ruido del viento, en esta mesa sin recoger, con copas, esparcidas aquí y allá, botellas de vino tinto, “Mala vida” como dice su etiqueta, cafeteras, tazas vacías, cucharitas y pastelitos de manteca. La casa, sin nadie más, solo con el eco de las animadas conversaciones que hemos mantenido. Solo por un rato, hasta las diez, con el reloj de péndulo sonando a mis espaldas. Esta noche vuelo a Barcelona; mañana tengo que trabajar. Siempre se hace cuesta arriba volver a tu piso de urbanita, a tu terruño de asfalto.

Recuerdo, entre tramontana y llovizna, las tortugas del camino, enterradas entre la pinaza; hasta diez he contado en nuestro jardín. No será fácil olvidarlas, tan tímidas y apocadas, escondidas tras su caparazón, resguardándose. O el terreno algo accidentado, sembrado de baches y pedruscos, de la masía hasta Fàvaritx, el paseo hasta el faro, a veinte minutos. Tampoco olvidaré el caminito por el bosque hasta el embarcadero, o la barca solitaria en medio de las salinas. He sido testigo de sol y tormenta, de frío y calor, de viento y de calma. Me reservo, en algún lugar interior, para épocas posiblemente peores, todo lo mucho que he aprendido. Como si hubiera viajado por medio continente, por todas las estaciones. Por los caminos de la vida, en fin.

EL SOL SE HA LEVANTADO SOBRE EL MUNDO

Me despierto con la luz matinal que atraviesa la persiana del dormitorio. El sol camina hacia su cenit con sus matices diferentes de luz; yo me acomodo al nuevo día, después del recogimiento nocturno, y me abro al mundo, a lo bueno y a lo malo que pueda ofrecerme, sin apenas sentir el desgarro de hace unos días, mi mal de amores, mi decepción.

solEn mi itinerario hasta el baño, tarareo Volver. La melodía resuena en mi cabeza; no puedo ignorarla. E inmediatamente después medito en torno a esta canción: pisar las mismas baldosas devuelven un eco diferente. Lo mismo ocurre con las calles, con los museos, con las tiendas, con los jardines que visito: Como un lobo de Miguel Bosé de viaje en AVE a Madrid o el Everything de Michael Bublé cuando volaba hacia Nueva York son distintas si las escucho ahora, en casa. Cada canción ofrece una visión nueva: una ciudad, un mismo lugar es muchas ciudades, muchos lugares.

Más allá de la compañía de la música, cuando la soledad teje muros de araña triste en torno a mí, cuando podría compartir lo que veo y escucho con alguien más, si viajo al extranjero, suelo alojarme con familias autóctonas, y si es por España suelo ir adonde tenga amistades. No se me ocurre ir a Toledo o a Salamanca, hoy por hoy, aunque me encantaría, pues allí no conozco a nadie, y no quisiera sumirme en un estado melancólico. La soledad solo es buena en tanto pueda transformarse en creación, en tanto que reflexión: solo cuando el escritor se aísla para convertir sus aventuras en materia novelable. Yo, como artista, necesito ese resquicio para construirme, para saber hacia adónde voy.

Quizá eso tenga que ver con lo que decía Susan Sontag en una entrevista: un escritor es alguien que presta atención al mundo y escribir es una vocación heroica. Al final, un escritor, y por ende un artista, el verdadero artista, no es más que alguien un poco más sensible que el resto, que se preocupa por entender la vida, analizarla y exprimir todo su jugo para después transformarla en arte. Esa vocación es “heroica”, en tanto en cuanto debe aceptar el dolor o la tristeza y reconvertirlas: observar el itinerario del sol sobre el cielo, captar su esencia y corresponder a ella. Transcribirla, aun a riesgo de idealizarla. Es, en el fondo, la razón de tanto viaje y tantos caminos transitados: dar testimonio de ese día que empieza, de que nosotros estábamos ahí, todavía en el mundo, en ese dejar de estar solos, justo cuando se levantaba el sol.