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SOL Y LUNA EN GRANADA

No podía dejar de componer un elogio a la bella Granada, que ha socavado todas mis ideas preconcebidas y pretéritas. Espero no ser rimbombante con lo que escriba hoy. Seré escrupuloso con los detalles, evocando con palabras provechosas y agradecidas los dos días con sus noches, sol y luna. Dos largas jornadas en el centro, en el Albaicín, para acabar en la Alhambra. Mi amiga Vanessa y yo recorrimos la ciudad como si cabalgáramos por entre la muchedumbre. Nuestra banda sonora fue escuchar el rumor del gentío en la Gran Vía y en Reyes Católicos, atravesando una galería de callejuelas y plazas, jardines y parques, más propia de un laberinto o del juego del escondite. Un sabor dulzón en el paladar, una flecha directa a la garganta, seguro y vivo contacto de nuestras manos terrenales con el Paraíso.

Fue como estrenar zapatos nuevos, el premio a un año entero de trabajo sostenido en el hotel barcelonés donde trabajo. Sería perverso no reflejarlo en el papel; sería un vil descuido de la memoria a lo que hay que agradecer. Hemos admirado Granada de día y de noche, con sol y luna. La temperatura en este mayo extraño, que huele a borrachera de olores y sabores, ha sido crepitante, mágica; el atabal de las horas ha sonado por entre el empedrado, mientras nosotros caminábamos, contemplando patios y casas encaladas, rincones escondidos. Nos hemos retratado con la Alhambra al fondo, con los tejados en la terraza del quinto piso del hotel. Nos hemos sentido muy queridos aquí; nos ha gustado sobremanera la cháchara distendida y cómplice de los vendedores, de los camareros, de cuantos veíamos y preguntábamos al pasar, antes de subirnos al microbús que daba vueltas y más vueltas, como una mosca alrededor. Una de las pocas veces que no me he llevado ninguna novela o libro de poemas; solo la guía turística y una revista de modas comprada allí para matar el tiempo, entre recorrido y recorrido. Vanessa compró diademas y lazos para su hija y para su madre, y una funda de móvil de Hello, Kitty. Yo compré un rosario a mi tía Ana y un sombrero canotier para mí, para desafiar al calor. No necesitamos nada más: solo los ojos para ver; el corazón, para sentir; los pies para andar. Nada más.

El regato que pasa junto al Paseo de los Tristes, el Darro. Las horas son desafiantes: te llaman a disfrutar de las vistas, no solo por mera curiosidad, sino como si nos imagináramos vivir aquí para siempre. Sí, porque no sé si le pasa también a mi amiga Vanessa, si les pasa a los demás. Soy consciente de haber dado con un amor perdurable. Granada me ha llevado y me llevará en volandas, lo sé. Igual que cuando pisé por primera vez Sevilla, hace ya tantos años. Mi asignatura pendiente es, seguramente, visitar el resto de Andalucía. No me hace falta ir a París y admirar el cancán del Moulin Rouge. Soy feliz con una fotografía en el Patio de los Leones, contemplando un atardecer con Sierra Nevada a lo lejos…Una ensalada de cosas deliciosas, no una amalgama o batiburrillo inconexo. Rodar por Granada es buscar y encontrar la propia salvación.

Volveré. Me pregunto cómo será visitar la Alhambra en otoño o aun en invierno. Una experiencia única, seguro. Es como el que va a Venecia en todas las estaciones, no solo en mayo o agosto, sino también en diciembre, evitando las aglomeraciones de los carnavales en febrero. Si te enamoras de una ciudad, la quieres igual en cualquier época, en cualquier circunstancia. La quieres porque ha acabado siendo una parte de ti, de manera insospechada e inevitable; el reflejo en el agua de tu amor centelleante, de la voluntad que desea ocultarse tras las esquinas de la catedral, de la Capilla Real, por las plazas, degustando una tapa de tortilla, que tan generosamente te han servido después de haber consumido una caña o un refresco.

Descifrar códigos escondidos; dar un rodeo por el centro, por las tiendas de ropa o de souvenirs. Encontrar lo bucólico en lo urbano. Sentirse como en el centro del mundo, allí donde sucede lo mejor, lo más auténtico. Es, tal vez, al final, cuestión de dejar las puertas abiertas a lo no planificado. El cielo, el sol, la luna, no caen como un peso muerto sobre nosotros, sino que nos impulsan a saborear lo más dulce de la tierra. Nuestro corazón no debe acusar la dejadez. Debemos senderear por caminos aún no trillados del alma. En mayo, sin más estrellas a la vista que las de la penumbra, allí, en la terraza del hotel, domesticamos el corazón, lo expandimos, lo encendimos con la llama atenta de la sangre. Nunca deberíamos dejarnos atrapar por la tristeza, ni por el rencor, ni aun por los malos sentimientos. Como dice la canción: dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada