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EL DESEO SUBJUNTIVO

Todos sabemos (o deberíamos saber) que el subjuntivo verbal es el tiempo gramatical del deseo, de los miedos y de la duda. Por desgracia, tal y como está constituida nuestra sociedad, hecha de extrañas servidumbres, de falsa seguridad, de hechos solo verificables, se hace prácticamente imposible recordarlo o tenerlo en cuenta. En el intento de borrar toda incertidumbre, los hombres y mujeres echamos más mano del indicativo: soy, era, seré, sea, habré sido. Es, sin duda, lo peor que nos podría haber ocurrido, porque necesitamos medir nuestros sueños, porque son nuestras ansias, nuestros anhelos, los que nos configuran como personas.

La persistencia de la memoria (1931), óleo de Salvador Dalí

Pocos como los surrealistas, y aun los dadaístas como predecesores, sabían del amor en subjuntivo y, de cruzar, de romper, las fronteras del lenguaje en busca de libertad. Sí, fueron Breton, Éluard, Dalí o Tristan Tzara quienes democratizaron o intentaron democratizar las palabras, y “desaburguesarlas”, así, de forma radical. Los surrealistas hicieron  del mundo onírico su elemento; su prisión, pero también su catedral. Convencidos de la existencia de otra realidad, posibilitaron que el surrealismo fuera el arte vanguardista, el ismo más influyente, duradero y poderoso del siglo XX.

Requirieron, para ello, de una ética, de una moral, de la que carecieron a la sazón los dadaístas. Presentaron el vivir, nuestro vivir, como un contínuum lleno de fantasías; permitieron que el chiquillo, que sopla todas y cada una de las velas de su cumpleaños, o que el ciudadano de a pie, que come sin rechistar las doce uvas en Año Nuevo, vieran por fin cumplidas sus peticiones. Fueron capaces de llevar a la acción nuestros deseos, porque tenían fe, llegando al límite de las fuerzas y acaparando la máxima felicidad posible. Vivieron en el fuego del amor, entronizaron a la amada: un cuerpo soldado a otro cuerpo.  Todos habríamos de considerar su legado, dedicar siquiera un instante a recorrer ese refugio interior, íntimo, antes de que la realidad exterior nos aniquile; considerar la pasión, el principio motor y rector de nuestros actos. Borrar los límites entre la vigilia y el suelo, entre el espíritu y la materia.

Si leemos atentamente los poemas de Paul Éluard lo veremos: el poder de la escritura desatada, automática; el tema de la amada como el puntal de sus versos; el goce último del poeta sin principio ni final, parte infinita de cuanto ve y siente, de cuanto observa. Amo los poemas de Éluard por su rotundidad: su libre asociación de ideas me lleva a olvidar cuanto creemos sensato, obvio; a viajar por un presente indefinido y sumirme en el agua oscura de un lago espeso y profundo. Es entonces cuando puedo, cuando podríamos adquirir conciencia de que formamos parte de nuestro alrededor, de que no hay confines inescrutables y alcanzar, así, una verdadera experiencia terrena y sobrenatural.

En la misma estela de Éluard, encontramos a Dalí y a Gala, su mujer, como la diosa de sí mismo. El pintor ampurdanés la convirtió en virgen o en ser mitológico en sus lienzos. Al hacerlo, consiguió que el  mundo afluyera de sus límites, que se angostara primero y luego estallara en mil delicados relojes, luces, sombras, joyas, espejos y mares. Dalí llegó a reinar en su entorno sin complejos, allá por donde fuera, creyéndose un superhombre pero, al mismo tiempo, hizo algo que a menudo olvidamos hacer nosotros: hacer partícipes a los demás de sus dudas, de sus deseos; interpelarlos como interlocutores vivos, válidos. Gracias a la magia de su arte, estos se tornaron experiencia pura, auténtica, vivida. Deberíamos contemplar más a menudo estos poemas, estos cuadros, “vivirlos por dentro” y sumergirnos así de lleno en sus palabras, en sus pinceladas; disfrutar del festín de la existencia. Ser, en definitiva, “surrealistas”, siquiera por un día, siquiera por instantes, decantar  nuestras copas en el paladar y beber más intensamente el vino de la vida.

EL REINO DE LA NOCHE

Ya he hablado en otras columnas de libros y de jardines; hoy hablaré de la noche y sus misterios. Ayer, cogí el autobús número 20 hasta el muelle, como ya viene siendo habitual en mis tardes aburridas y abúlicas. Con las primeras luces, todo se transfigura; todo se embellece con los parpadeos de los automóviles, de las motos, de los famélicos ferris, hechos para comerse el mar.

Mientras miraba por el ventanal del 20, ya de vuelta, recordé una novela que leí hace ya unos cuantos años: El jardín de medianoche, de la escritora inglesa Philippa Pearce. En él, un adolescente, Tom Long, observa con sus propios ojos una tercera dimensión, la cual los demás, los adultos, no pueden franquear: árboles centenarios, un reloj que marca las trece, puertas misteriosas, la luna, en todo momento. Y la noche, sí, como protagonista, más que nadie.

jardínResulta que, sin saberlo, guardaba esa historia fantástica en la recámara de la mente, y saltó al sueño que tuve la madrugada pasada; ahora no puedo sino transcribirla. Soñé con un jardín, el de mi antiguo colegio, el de mi infancia, un jardín más grande de lo normal, ahora abierto al público. Había luz iluminando los senderos, y los pinos, abetos y palmeras se erguían dejando que su altura abrigara a los transeúntes que pasaban por allí. En un banco, una chica estaba leyendo un libro junto a una farola; un hombre con sombrero de fieltro se paseaba con su foxterrier; y niños, muchos niños, casi bebés, soñolientos, con los párpados entrecerrados, iban de la mano de sus madres. ¿Qué hacían allí? Todo aquel magma era algo normal dentro del sueño. Solo ahora parece sorprenderme. Solo ahora retomo parte de mi niñez.

Tengo un alma impregnada de palabras, traspasada de relatos; la parte más intelectual, la que recuerda y reflexiona. Me pregunto a qué hora empiezan los murmullos de los duendes. Me pregunto si los sueños también existen al sol, en la mañana o en la tarde; si la noche no es  nuestra mejor consejera y testigo, prolongación de nuestro yo más profundo, el ser del hombre que no solo vive, sino también se emociona con las estrellas del propio firmamento. Eso me hace pensar en la canción de Julio Iglesias: Cómo es triste la ciudad de madrugada/caminando por las calles sin amor…, aunque, tal vez, sea esta una desoladora visión del corazón roto que no comparto.

Todos deberíamos tener este género de fantasías mientras vemos chisporrotear las llamas del fuego en la chimenea. No haría falta buscar un idílico refugio de montaña. Están en nosotros, en la hoguera con que acariciamos nuestros deseos. Tenemos un mundo interior, mayor, más grande del que imaginamos, capaz de aglutinar el blanco de la paloma de la paz y el rojo de las pasiones: el reino de la noche.