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¡OJO, RECIÉN PINTADO!

En el arte, cualquiera que sea el resultado final, existe un orden distinto de la realidad; signos, huellas en el camino, que solo quien los descodifique sabrá y entenderá. Dice Wisƚawa Szymborska en el poema La alegría de escribir: “Olvidan que esto no es la vida. /Aquí rigen otras leyes, negro sobre blanco”. ¿Quién no ha leído en el periódico cómo a la cajera de supermercado de la esquina le tocó la lotería, en un ataque de locura mató a sus padres, logró burlar la cárcel inculpando a su hermana y después huyó de la capital con su amante? Todo esto puede suceder en la realidad, y las noticias que escuchemos siempre superarán la ficción. Sin embargo, en literatura todo ha de tener otro orden, otra razón. Incluso las obras teatrales llamadas “del absurdo”, como son La cantante calva o Esperando a Godot, tienen un engranaje sólido por debajo. Para que el lector se crea lo que le contamos, los escritores debemos aprender las reglas de la verosimilitud.

imagesHoy voy a hablar del microrrelato, de la brevedad y narratividad inherentes a él. El micorrelato no deja de ser hijo de los tiempos, del inconsciente colectivo o del Zeitgeist alemán. La noción de perspectiva no era la misma para un pintor del Renacimiento como Leonardo da Vinci que lo que significa hoy para nosotros, después de que el cubismo y las demás vanguardias del siglo XX burlaran las fronteras de la realidad. Ya nadie tampoco escribe, por lo general, novelas mastodónticas, ni cuentos ni poemas largos. Y esto es así porque el lector de nuestra época pide leer, requiere otra extensión, formas más breves, a pesar de que no imitemos completamente la realidad. Me explico: vivimos más intensamente que un siglo atrás. Viajamos más, participamos en más eventos y actividades. A menudo decimos que nos faltan horas para realizar cuanto nos proponemos. Así que leemos trozos de textos por aquí y por allá, por Internet, por el Smartphone. Todo lo queremos enseguida.

Se me ocurre un posible microrrelato en el que mostrar lo dicho antes en la teoría: <<Sin advertir el cartel de “Ojo, recién pintado”, una mañana un anciano se sentó en el banco de la plaza para descansar. Toda la espalda de su camisa blanca quedó embadurnada de verde. Y entonces, se volvió invisible>>. Es hiperbreve y cuenta una historia, es narrativo. Sucede en un solo golpe de vista: ahora está, ahora no está. La historia que quería contar me ha determinado la extensión: este simple suceso no podría nunca ser una novela completa, ni aun un cuento. He de encontrar los límites y no traspasarlos. Proyectos que empecé a desarrollar convencido de que serían novelas he tenido que reducirlos. No sabía cómo continuar porque no eran novelas, sino cuentos largos. Otras veces, no he podido acabar un cuento porque solo me daba para un artículo. Un microrrelato debería regarse como un rosal, con cariño y paciencia, evitando las espinas. Las espinas lo resguardan como ese cartel que dice “Ojo, recién pintado”. Un microrrelato debe podarse hasta el extremo, sin dañar su corazón, su centro, más aún si cabe que los demás géneros literarios, los tiburones novelas o los primos hermanos del cuento largo. Y, en caso de mancharnos la camisa o de pincharnos las manos al asir el tallo de la rosa, deberíamos acceder a su embrujo, entrar en la historia que se nos relata.

La sabiduría del escritor (y aun del lector, diría yo) solo se consigue después de mucho trabajo. Empaparse del espíritu de los tiempos, no obcecarse con la extensión errónea. Mucho trabajo, pero no está de más recordar las palabras sabias de Margaret Atwood extraídas de su decálogo para escritores: “Nadie te está obligando a esto: tú lo elegiste, así que no te quejes”. ¿Y si existe la fantasía, si nos manchamos con tinta verde, si nos hacemos luego invisibles y podemos acceder a todos los secretos del mundo? Microrrelatos, cuentos o novelas: la lógica de la historia aún espera ser contada.