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YO NUNCA HE ESTADO EN LONDRES

Son las cinco en mi reloj, hoy libro y voy en autobús, como siempre que necesito airearme. Y no tengo que pensar demasiado, a partir de la simple observación empieza una historia: intuyo que el viajero que ahora sube, cuya cabellera blanca empieza a escasear en la coronilla, es un recién jubilado de unos sesenta y cinco años. Seguro que sus tres hijos ya han abandonado el nido familiar y ahora él, a modo de consuelo, va a buscar a sus nietos a la guardería.

londresSe sienta justo delante de mí, y lo primero que me desagrada de él es ese olor penetrante a nicotina que desprende su burda chaqueta de cuero. Yo odio el humo de los cigarrillos. ¿Tendrá acaso algún tatuaje en la espalda, en el brazo? Yo no llevo sus deportivas blancas, sucias. Bajo la vista y me observo: yo soy muy clásico con mis zapatos negros.

Empiezo a imaginármelo con más detalles: debe de pasar las vacaciones en una masía, allá en la montaña, cerca de la frontera. O quizás no, quizás no le guste el campo y vaya a un apartamento en la costa. Yo hace mucho que no siento deslizarse arena entre mis manos; echo de menos la sal de mar. Tal vez ese hombre conduce un coche pequeño, un Renault Clío. Eso me recuerda que yo ya no conduzco, aunque me sacase el carnet allá en la prehistoria de mi vida adulta: me secunda el miedo a desacelerar o girar el volante demasiado tarde.

Y enseguida, también, pienso que él, ese jubilado tan distinto a mí: es mi prospección. Quizás me llegue a parecer a él cuando tenga su edad. O no, pero eso es lo menos importante. Él encarna por igual los libros que he leído y los libros que no he leído; las películas que he visto, y las que no he visto. Tal vez no pueda evitar ser lo que soy, que mi vida sea una vuelta de peonza cuya trayectoria se repite indefinidamente en una especie de círculo vicioso. No puedo evitar equivocarme.

Es el inténtalo de nuevo, falla de nuevo, falla mejor de Beckett: no podemos soslayar el fracaso, vivamos lo que vivamos, naufragar en lo no resuelto. Soy también la ausencia, incluso el no haberlo probado nunca. Qué infantil es ahora la frase que repetía uno de mis profesores de instituto al inicio de cada lección: Solo quiero resultados. ¿Acaso conseguimos algo al final?

Intuyo que ese individuo que ha pedido la parada, que bajará en unos segundos, ha viajado mucho. Yo no he corrido su misma suerte: yo nunca he estado en Londres. ¿Por qué Londres? ¿Quién no ha paseado, al menos una vez, por los muelles del Támesis? Estuve planificando, deseando y queriendo ir durante mucho tiempo. No vayas nunca, ¿qué se te ha perdido allí?, me decía una voz interior, secreta, misteriosa. Déjalo, apárcalo para otra ocasión, quizás para cuando te jubiles. Somos lo que no he hemos hecho ni haremos nunca.