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A LOS POBRES DE ESPÍRITU

Estoy en Sitges. Son las doce de la tarde de una mañana de agosto; la playa aún no está tan llena como acostumbra. Con el sol matinal clavado como un aguijón sobre la espalda y el cogote, con infinitas ganas de refrescarme, me alejo de la orilla y, con mi bañador floreado (no demasiado estridente), nado hasta lo profundo, hacia los dos o tres yates deportivos que este domingo fondean en la lejanía. Luego de comer y descansar la comida, salgo del apartamento, cojo la bicicleta hasta el puerto para comprar una revista de moda (o de cotilleo) que sé que tanto le gustan a mamá. Por la noche, después de una cena mínima, y de leer y de no enchufar la TV ni por asomo, me pongo la escafandra (mi pijama sin gorro ni casco), pero escafandra al fin (algo artificial, un cuerpo extraño) para ir a dormir…Otro día de fiesta, se repite la melopea: dejo de tumbarme en el mar a merced de las olas, vuelvo a pisar la arena de la playa, vuelvo al apartamento con mis primos y tíos, y paso, de nuevo, a cohabitar lugares y acciones…

Todo eso que “escenifico” o “represento” no es más que el intento fallido (o no, nunca se sabe) de habitar la soledad. Mediante estos simples actos consigo, por momentos, desaparecer del blanco imprevisible y desconcertante de las miradas ajenas, de los demás, en conexión con el yo que fui y que ahora habita bajo capas y capas de piel, escondido. Son  fragmentos de mi primera adolescencia, de los largos veranos en la villa costera, similares en apariencia pero irrepetibles.

Por instantes, me sentí y todavía hoy me siento desengañado de las excelencias de estar solo. Tal vez no haya sabido saborear el silencio, ni la quietud ni la serenidad de una paz interior. No es ningún triunfo absoluto de mi persona; es, de otra forma, decepcionante, porque la libertad no siempre pasa por uno mismo, me digo, puesto que ya no me gusta estar solo. Así, podría aparentar que haya encontrado la gran felicidad viajando sin más compañía que mi equipaje mi portátil, pero no lo es…

Pronto descubro, también, que eso de cuanto más seamos, más reiremos es tan falso como el beso de Judas. No: estar acompañado no es ninguna panacea. El lenguaje está depauperado. La música de las voces es confusa y llama a error. Es la compañía solitaria. Tal vez creí que la posmodernidad estaba enterrada y bien enterrada, solo con resquicios de vida en las novelas de una época pasada. No: sigue siendo abstruso dilucidar el significado de los vocablos que utilizamos. Sigue siendo difícil la convivencia, ¡no escarmentamos!

En Barcelona, cojo el autobús V50 para ir a visitar la casa de un amigo. Es un domingo por la tarde. Renuncio así a una siesta o a escuchar música del Spotify como sesión continuada desde mi portátil. A lo mejor solo voy con intención de amistad, nada más, pero puede malinterpretarme él o aun yo; no sabemos lo que queremos casi nunca. Puede surgir, sin más, el equívoco común y moliente, el de cada jornada del año, sea ya pasado o presente.

¿Cuándo acaba el amor y empieza el desamor? ¿Cuándo el placer y el dolor? ¿Es, en realidad, ese amor verdadero, o al menos sentido por el corazón, órgano que late deprisa o despacio, según le rote? ¿O es un proyecto fallido de amistad o de pasión? La realidad y la ficción quedan, así, unidas, sin poder ya desligarse. Mi amigo no estaba; me olvidé el móvil en casa y ni siquiera lo llamé, ni antes ni después, confiado en que lo encontraría en el mismo bar, a la hora de siempre, en el bar enfrente del cine de la Gran Vía. A lo mejor estaba paseando por la ciudad en compañía de su novia. ¡Vaya! Me vuelve a resultar monótono y aburrido estar solo, como nadando en alta mar. Otro domingo más sin verlo. Lo veo cada fin de semana, o casi. Sí, ese es el precio de la soledad: no crear más equívocos que los propios, los de mi persona, los autoengaños y los miedos y las incertidumbres propias. Confío en ver a mi amigo en otra ocasión. Prefiero eso a estar solo.                                                                                                                                                                                                                                           Los videojuegos, la telebasura, las parodias de políticos, hasta las series de vecinos: un largo etcétera nos convierte en “depredadores”. Es la paranoia o la insania o la involución. Aquellos que no leen con asiduidad (una mayoría aún grande), ni van al cine, han crecido con la música (o con la caja tonta) como única educación sentimental, como único estandarte moral. ¡Y qué pobre! Que si el primer beso, que si no puedo olvidarte, que si no me importa tu dolor… El cinismo campa a sus anchas. Con todo ello, se tienen muchas menos oportunidades de frenar el mal. Es la semántica de lo cotidiano; la pura semántica, deletérea, cuando dejamos la soledad y convivimos con el otro. Las palabras se pervierten, se banalizan, pierden su inocencia y la de los hablantes que comparten el tiempo y el espacio, juntos, conforme van viviendo y usando la lengua, cualquiera que sea el registro, el idioma y la época. Siempre bebemos de la incertidumbre.

El teatro, siempre. Ha sido mi propio descubrimiento. Escribir para la escena completamente, fatídicamente. Me parece que solo a través del teatro, pieza clave para entendernos, podemos psicoanalizarnos, tomar distancia y plantearnos los pequeños grandes cambios como ciudadanos. El que no quiera pasar páginas de novelas porque le da demasiada pereza, que al menos vaya a ver montajes escénicos. ¡Es lo mínimo! Para escapar de nuestra cotidianidad, disfraz de mentiras, silencios o malentendidos. El teatro, el género artístico más cercano a la vida, antes incluso que el cine, o que los cuentos, a caballo entre la esencialidad de la poesía y la narratividad de la novela. ¿Cuándo despertaremos?

ENTRE BAMBALINAS

Hace unos días tuviste un sueño y te despertaste con la corazonada de que querías interpretar, a toda costa, los personajes que tú mismo habías creado. Ser actor, juez y parte de tus obras. Pensaste, quizás, que eras el que mejor iba a entender los motivos del protagonista. A ti te gustaría creer que eres el actor/hipnotizador, el que lee tu texto formidablemente, mejor que nadie, con el cual te identificas: la mejor voz y la mejor dicción para tu protagonista, si las cosas fueran más sencillas. Error de fondo y de forma: ¡qué ingenuidad! Los actores y actrices ensayan y ensayan después de estar tres o cuatro años trabajando y estudiando. No actúan por ciencia infusa ni su sabiduría ni su aprendizaje ni su tesón caen directamente del cielo. Son horas y horas de esfuerzo sostenido. Aun así, tú deseas el novio perfecto para esos sábados aburridos y pegajosos de lluvia, viento y nubes como sombrajos. No eres un amante común y corriente; no te conformas con cualquier cosa.

Los cuatro años que pasaste en una compañía amateur te hicieron ser como eres hoy. Es la vida entre bambalinas, en las tinieblas del tiempo. Lo poco que ahora sabes, que intuyes o conoces o te jactas de saber, proviene de aquellos ensayos generales, de la mucha preparación corporal y vocal, de los compañeros que siempre te miraban a los ojos y te decían con elocuencia: sigue así. Quizá era todo un punto irreal: la vida allá fuera no son todo halagos; más bien son otras lindezas. La profesionalidad es dura, y no siempre hay un parapeto para la desgracia. La quimera peligrosa es quererlo ver del revés, diferente. La vida es otra cosa.

El médico de su honra, de Calderón, interpretado por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, fue tu primer contacto con la escena de los adultos. Tenías dieciséis años. Luego vendrían otras obras, otros mundos. Hasta el Tenorio. Ese amor latente por el teatro bascula entre el código del honor y el amor casquivano de don Juan. El honor de ese drama calderoniano, visto hace ya casi cinco lustros; héroe (o antihéroe) que se aferra al amor, que no lo destruye con sus acciones, sino que lo guarda en lo más hondo y es capaz de retarse por defenderlo; hombre de una sola mujer. Nada que ver con ese don Juan que no quiere comprometerse, que no se enamora más de lo necesario; que cambia de papeles con asiduidad, que acumula amoríos en el llavero de las puertas terrenas.

La esencia del teatro, tu amante, tu amor entre las tinieblas del tiempo son ellos dos: los duelistas y los donjuanes. ¿Cómo puede ser? Pues así es: al dramaturgo (o al actor) le interesa defender una obra trajeado con las mejores galas. Pero también quiere escribir (o interpretar) muchos personajes; ser, en definitiva, promiscuo en escena, incordiar al público con el mayor número de piruetas, y trifulcas y discusiones con sustancia. En resumen: un sopicaldo nutritivo y gustoso. Los comensales fueron a ver, a probar y a degustar el plato principal y más tarde se relamerán recordándolo.

Ese eres tú; la fuerza motriz que te impulsó ir a ver a Calderón, que luego se aficionaría a Goldoni y a Yasmina Reza, a Marivaux y a Arthur Miller, a Albee y a Tennessee Williams… y a un largo etcétera. Este es tu vademécum, tu evangelio, tu guía de viaje portátil. La sublimación de la vida está ahí, entre bambalinas, esperando. O resplandeciendo entre candilejas. Eres así: parte cuerpo y parte espíritu y, alimentado, no con caramelos revenidos, sino con las historias de la madre Celestina. El alma es prolija y precisa explicarse y entenderse a sí misma. Sí, entre las tinieblas del tiempo, con el teatro, con el que te has comprometido y celebrado tu boda. Esperas escribir aún muchas obras. Quieres ser dramaturgo y dirigirte a un público que desee conocer cosas nuevas. Tú eres el amante entregado, preñado de ilusión hasta la hora final. Quieres ser también el escultor, el que alcance con su arte la estrella más lejana, en las horas más tristes. Todo viene de aquella velada de casi cinco lustros atrás, de aquella primera representación. Quieres decorar el salón de las ninfas de buenos propósitos, y que el público resucite. Quieres izar la bandera de la alegría, el estandarte que se dirija a todos y todas. Cuando te sientas ofuscado, recurrirás al espacio vacío, ese lugar que se ensancha entre tinieblas, y solo entonces respirarás, aliviado.

EXILIO INTERIOR

Mis primeros y únicos escarceos en un grupo de teatro amateur, de eso hará ya más de diez años, darían para mucho más que una columna. Son un amalgama de protagonistas y secundarios, de folletos con tinta azul, de directores y de vodeviles. También los nervios, un cúmulo de burbujas estallando bajo la lengua; el olor a sótano de aquel viejo pantalón marrón; aquella camisa que nadie se molestó en planchar; y hasta el ardor del rímel en los  ojos, soportado estoicamente, de principio a fin del espectáculo. Ya no soy el que era antes, para bien o para mal, pero aún hoy puedo reproducir, sin demasiado esfuerzo, los latidos desacompasados en el pecho y luego la presión de los focos y la sempiterna presencia del público en la platea. Aunque estuviera en el camerino, podía escuchar su rumor, antes de empezar la función, antes de salir a escena.

teatroSin embargo, a pesar de que la sala estuviera llena, experimentaba la soledad una vez alzado el telón; soledad solo interrumpida por la entrada del compañero de reparto. En esos instantes, eran peligrosas las miradas de los espectadores, como dolorosas también podían ser posteriormente las opiniones de los críticos. Este no fue mi caso: no tuve nunca ningún problema con el público ni con los críticos, siempre generosos y entregados.

El actor parece como si estuviera totalmente expuesto a la gente, a mucha gente, pero no es del todo cierto. No se desnuda completamente y conserva una parte para sí: el inquieto león que anida bajo su piel. Se abstrae y se refugia en su pilosa coraza. Eso pertenece, tal vez, a un orden superior, está más allá de la sociedad; al final, se acaba convirtiendo en una especie de exilio interior, silencioso, pacífico.

Hay un instante en que el actor se desgaja por breves momentos de los demás y se olvida de que es el centro de la obra. Está ahí, pero también está más allá, en otro lugar: a la vez espacio interior y exterior, un abrirse tímidamente y un encerrarse en el misterio de su representación. Guarda consigo aquello que nadie nunca ha logrado usurparle, ya sean sueños o pensamientos, deseos o juicios, palabras o secretos. La aventura del artista es aquella porción de sí que silencia. La aventura es cerrar los ojos y abstraerse del mundo; mirar hacia dentro para no escuchar el martilleo de fuera. ¿No es todo ello el milagro, lo que constituye y define a todo cómico y por ende a todo ser, que lo dota de entidad, más allá de los demás, en un diálogo constante consigo mismo? Todos necesitamos, como en la vida, de ese exilio para seguir siendo, sin duda, nuestros mejores amigos.