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COSMOGONÍA DEL MICRORRELATO

Los comensales, antaño, se sentaban a la mesa y, mientras degustaban los manjares, escuchaban embelesados cómo el más guasón entremeseaba contando chistes o andanzas por tierras extranjeras: eso ya no existe. La irrupción de la televisión, la comida rápida, la publicidad, han acabado con esas tertulias tan locuaces y amenas que yo aún conocí de pequeño. Esa parece ser hoy la filosofía para endulzar nuestras tardes solitarias: o lo tomas o lo dejas.

El microrrelato, establecido mucho antes, parece enguantarse con los tiempos actuales. ¿Ha sustituido en la actualidad al cuento tradicional? ¿No es el subgénero literario cuya forma se solapa con el mundo caótico y apresurado de la contemporaneidad? ¿Hay vida más allá? Son preguntas que no me dejan tranquilo. Rendirse a su hermenéutica, a su interpretación, es la clave que ha movido a muchos teóricos de la literatura a hacer un punto de inflexión. Quizás, el lector no ha muerto; lo que ha muerto es la ambición de leer largo y tendido. La literatura sigue viva, sí, pero nosotros ansiamos formas cada vez más breves.

Los lectores son perezosos y quieren carne fresca, literatura “simpática”. Palabras fáciles y reconocibles, sin  verse en la necesidad de consultar un diccionario, ni mucho menos de estudiar su etimología. En los planes de estudios, se tiende a eliminar la filosofía y el latín; se simplifican los contenidos, lo cual contribuye a un serio menoscabo de las humanidades. Ya no se lleva el artista del Renacimiento. Es obvio: cuanta más estulticia haya en las aulas, más réditos obtendrán los políticos para salirse con la suya, para alimentar su mal gobierno. La literatura en peligro, el famoso libro de Todorov, hace hincapié en que deberíamos devolver al aula universitaria su lugar de reflexión y regurgitación de pensamientos, de intercambio de ideas. ¿Dónde está la Academia platónica? Vivimos en una caverna; las Ideas en mayúscula han desaparecido, nadie ve ni quiere ver más allá de la superficialidad de los anuncios publicitarios y de la idiotez propagandística de los políticos. Prevalecen las formas frente al contenido.

Que no se me malinterprete: el microrrelato puede ser complejo, hasta difícil. Puede necesitar de la complicidad del lector para su correcta comprensión. Eso no cabe duda. Pero esos lectores tienen poco tiempo para leer, y necesitan pequeñas píldoras edulcorantes; no tienen aguante para leer largas parrafadas. Los lectores actuales, como si las historias tuvieran finales abiertos, necesitan completar en su mente aquello que leyeron, pero siempre dentro de los límites de lo rápido; los novelones o ciclos novelísticos, se diría, no van con muchos de los ciudadanos de este planeta tan poblado y, sin embargo, a veces tan necio. Se precisa un mayor aguante por parte del lector llegar hasta el final de un novelón de 800 páginas. Se conforma con una idea, a lo sumo con dos buenas ideas, y ya está.

Este es el signo de los tiempos hipermodernos: el arte de la brevedad, de la impaciencia y de la dispersión. No podemos ni queremos leer como hace un siglo, como antes de la aparición de las redes sociales. Son pocos los que leemos y exigimos una cierta complejidad a los libros, que no queremos el típico producto, el hit parade de usar y tirar; que preferimos modelos con total intensidad, con la misma concentración de la poesía.

         En mi vida, no habré escrito más allá de cinco o seis microrrelatos; me interesa más estudiar y comprender su teoría, su repercusión en la sociedad, consecuencia del flujo y reflujo de fuerzas. El resultado palmario de hacer coincidir, de colisionar, mundos opuestos: la síntesis, la armonía, el término medio aristotélico. Le auguro larga vida a esta forma contemporánea que tiene tantos adeptos. No desmerece mi atención, mientras coexistan varias maneras de entender la literatura. Yo no quiero conducir solo por una carretera estrecha; reivindico el microrrelato, pero también la novela larga. Que los libros, tanto si son breves como largos, no me idioticen.

 

MUSEOS HUMANOS

Hoy fui a que “me esquilen un rato” como le digo coloquialmente a mi barbero. Soy casi siempre yo el que lleva la conversación, el que la inicia. Le hablo esta vez de mi último viaje a Madrid, de mi reencuentro con Las Meninas, hojeando una revista del corazón. No me gustan, solo las leo en la peluquería, solo me entretienen cuando no sabemos qué decirnos; aunque confieso que también me sirven para ponerme al día de lo que se “cuece” en sociedad, saltando de una fotografía a otra, implacable, sin demasiadas ganas.

Museo del PradoUna vez en casa, ya con el pelo corto, corto, reflexiono. El Louvre, El Prado, El Museo Picasso: da igual. Los artistas que han creado una obra sustantiva, un magma centrífugo que emana de su persona, se ven reflejados, retratados en los cuadros gracias a sus pinceladas: es nuestro alimento espiritual. Se respira mucha más verdad en los museos que en las pronto caducas revistas del corazón, donde pululan los rostros de esos seres que idolatran la mentira, la mayoría trepas redomados: una pinacoteca fea, cursi y adocenada.

Los artistas han sido, son y serán reverenciados por nosotros, o por los que vengan después, a título póstumo: observamos impertérritos su nacimiento y su muerte, escritos en una breve nota informativa junto al título del cuadro y el nombre del autor. Ahí quería yo llegar: no hay nada más aterrador que admirar esas dos cifras, nada más horrible y a la vez más humano. ¡Cuánto me aterran las fechas consumadas, cerradas, sin opción a cambiarse, a sustituirse por otras! Cada vida es única, cada entrada y salida de este mundo. Solo nos cabe la impunidad del paso del tiempo sobre nosotros; nuestra impotencia y fragilidad. Como en esas salas de arte, las calles, avenidas y plazas de mi ciudad, y por ende de todas las ciudades, tienen nombre de seres ya fallecidos, esas vidas lúcidas, preclaras, fruto del azar y de la terquedad. La ciudad es un museo de figuras de cera que corren como fantasmas, que nos recuerdan nuestra finitud. Pero si hay alguna cosa valiosa en nuestra existencia es la lucidez ante la muerte, que nos hace vivir más intensamente. Nos reconocemos en esos retratos, somos más humanos por imaginarnos en el lugar y en la época representada: es la verdadera pinacoteca de las emociones, y no la de los chismorreos que no provocan más que vergüenza ajena.

Hoy tenía ganas de hablar de estas cosas; creo que es necesario, de cuando en cuando, hacer una reflexión sobre lo que somos y hemos sido y lo que fueron los individuos anteriores a nosotros. Este es mi ideal: que los museos sigan provocando la admiración y el debate, que nuestra mirada se desplace hasta llegar a esos cuadros, ahora felizmente observados, apreciados por nuestro ojo humano. Que se dejen de leer las revistas del corazón y los programas rosas televisivos, y haya una masa de gente que se acerque al arte en mayúsculas, porque esos retratos de hombres y mujeres muertos son ángeles “fieramente humanos” como nosotros.

TELEVISIÓN Y KLEENEX

Televisión
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La vida no imita al arte. La vida imita a la mala televisión”, dice Woody Allen en una de sus películas. Y es cierto: por eso cada tarde me declaro en huelga y opto por no encender el televisor. Cada vez me interesa menos asistir a ese campo de batalla, cuyos contertulios están cada vez más desprestigiados. Salvo programas de libros y debates culturales retransmitidos a horas intempestivas, estamos plagados de personajillos embroncados, dispuestos a todo con tal de tener sus cinco minutos de gloria, que incluso se animan a publicar libros (y no diré nombres), quién sabe si habiendo contratado a un escritor a sueldo.

Estas celebrities deberían saber que, al final, las cosas caen por su propio peso y que las sombras amenazadoras del olvido acabarán cerniéndose sobre ellos y sobre estos programas execrables, kleenex de usar y tirar. En el magnífico ensayo titulado La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa afirma que asistimos a un mundo cada vez más perezoso, donde el esfuerzo está mal visto y donde, en el intento por democratizar la cultura, la crítica ha perdido su valor hegemónico, su espejo iluminador. Tal vez sea esa la llamada muerte de la cultura, eterno debate posmoderno entre apocalípticos e integrados, allá donde los haya.

No soporto las voces que me hablan, los fantasmas que se pasean por la pantalla y pretenden hacerme reír o llorar fácilmente (y tengo que decir que no lo consiguen), que solo me provocan asco y vergüenza ajena. Echo en falta concursos como el Un, dos, tres o El tiempo es oro, series como Las chicas de oro o Los problemas crecen. Los tiempos pasados, como se dice, fueron mejores. Echo en falta un espacio para el diálogo, para el aprendizaje. Hace veinte años era más ingenuo que ahora y, sin darme cuenta, me introducía en el mundo de unos personajes insuflados de cotidianidad, de cuya experiencia siempre aprendía.

Quizá recuerdo todo esto porque mi nostalgia televisiva se va intensificando, porque voy haciéndome mayor; ya no lo sé. Creo que esta nostalgia es indirectamente proporcional a la calidad estética que estos programas despliegan. Apretar el botón de encendido del mando a distancia es cada vez más arduo. ¿Dónde ha ido a parar la televisión de autor? ¿Dónde están esas series que nos hacían soñar y nos hacían despertar a la vida? Me interesaban por su frescura y espíritu vital. Ya no sé si volveré a toparme con un programa lo suficientemente interesante como para que cambie mi punto de vista. O tempora, o mores…