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LOS AMORES NO CORRESPONDIDOS

Mantengo una vieja disputa con el Tiempo, y he tenido que conjurarlo para cerrar su herida. La alegría triste es un oxímoron: el haber abandonado la juventud, los años de inexperiencia; el ya no creer sin límites en el amor. Hubo una época en mi vida demasiado crédula, pues nunca tuve los ojillos demasiado abiertos (tal vez lo descubrí muy tarde) para buscar y a continuación encontrar la verdad (mi verdad, o el sucedáneo de ella), esa doctrina vital que nadie me enseñó en el colegio, pero que estaba, que sigue ahí, me niegue a verla o no: la verdad del amor hacia el prójimo y, ella, conmigo. ¿Depende de la voluntad el ver más allá? ¿Ser capaz de no doblegarse con los años al molde de la ruindad, de la traición? ¿De que no me corroan las fuerzas, a pesar de que buena parte de ese escaparate tan atractivo (casi todo, para ser exactos), es ahora una fachada, una falsía? ¿Para qué discutirlo?

Recuerdo que me enamoré hace mucho, y luego me tuve que desenamorar. Un amor en la adolescencia, a las puertas de la mayoría de edad, cuyo objeto de deseo me sedujo solo para jugar, para nada más que experimentar dolor. Sé que esa lucha era el pulso de mí mismo más allá de mí mismo, pero también conmigo mismo, el doble que hay dentro de mí, el único gran amigo mío, en un intento de salvaguardarlo frente a la barrera de los otros. Con él podría hasta casarme: es el que da los consejos más certeros, el que me conoce más (¿o no me conoce?). Bueno, no del todo: no me conozco en mi fuero interno (menos aún el de los demás), porque no hay nada que comprender. Voy vestido como el espantapájaros camino del reino de Oz, sin posesiones, casi desnudo. Ando por un sendero pedregoso, incierto, solo con el caramelo de limón, ácido y dulce a un tiempo, en mi boca, para que me consuele de los estragos del azar.

Mi vida toda ha sido un amor no del todo correspondido. He querido a la vida más que ella a mí; he confiado sin cuento en ella. Ahora que sus enseñanzas se sellan con lacre en el sobre del porvenir, me gusta pensar que la suma de los esfuerzos con que he batallado, que los caminos emprendidos, mejores o peores, me han llevado hasta aquí, hoy; que tengo que dar gracias solo por eso. (¿A quién, si no es a Dios y no soy creyente? A la existencia, sin más.)  He sido amigo de la soledad durante muchos años, y no querría ahora, así, de repente, ser su enemigo.

No querría, sino, que no se corrompiera demasiado mi personalidad, ante la inevitable torcedura del trayecto futuro (la vida como proyecto es futuro), ante el cual yo pueda afirmar mi libertad, a la manera de Sartre. ¡Cuántas veces he querido a alguien y no he sido más que ignorado! Hay mucho no correspondido en ello: los esfuerzos que se hicieron y que no dieron fruto, más allá de fortalecerme el ánimo, ante lo cual debo aceptar mis infortunios pasados si deseo madurar. Mi libertad está en confiar en las fuerzas propias para avanzar.

El reloj es indiferente conmigo: no le importa que mis deseos sean felices o desgraciados, que caigan en el saco adecuado o bien en el saco roto: amores correspondidos o no correspondidos. Pero eso es lo de menos: mi venganza es escribirlo. Mi venganza es utilizar toda esa parafernalia para el bien de la novela, de las historias que relate que contengan grandes dosis de verdad y de humanidad, sin las cuales resultan vacías, inútiles. Son poco acogedoras esas narraciones en donde no ocurre nada, o nada que se pueda cuantificar. Los tiempos muertos de las películas de Antonioni son eso, momentos sin verdadera trascendencia, puro devenir, tal cual las tardes de domingo de la infancia. Pero, aun así, hay belleza. Belleza entre la basura, se diría. Del cineasta italiano aprendí que únicamente por narrarme a mí mismo, por colocar la cámara en un determinado ángulo, ya estoy conformándome una actitud moral, ética. Lo que en la vida se presenta como inane, en el Arte, puede “reciclarse” para el bien del artista. Los amores trágicos son materia literaria, ¡qué duda cabe!

 Por eso escribo: para espantar todos y cada uno de los demonios o vampiros que me chupan la sangre, y así, de paso, hacer literatura. Puedo dar un paso más y querer aquello que escribo, mis marionetas del azar, los temas que me interesan, incluso si rozan los límites del discurso filosófico. Eso me hace olvidar rápidamente, sumar rosas a la rosa de la vida, la rosa del desierto. La rosa infinita, la ligera caricia del viento. Esta columna podría extenderse hasta un punto de fuga muy lejano, el que atisbo con la mirada mientras lo narro, un ritual diario para mí: me siento a escribir, y pacto, consciente o inconscientemente, con los fantasmas (¿será esa mi próxima novela?). Es la canción de las pérdidas y lo registro sin ruborizarme: cuando me descargo de ella, cuando canto o escribo, ya no soy ningún juguete de alguien ajeno. Ya no sufro por amor.

INFANCIAS

Nunca deberíamos pedir permiso por ser quien somos hoy o cómo fuimos ayer: soñadores o idealistas, juglares de sentimientos nobles. Tenemos derecho a escribir, con paciencia y parsimonia, el libro de nuestra vida. Tenemos derecho a dejar testimonio de ella, por escrito o grabada en un casete, e imprimirla (lo mejor, lo más valioso) en la mente, en el corazón de aquellos que van a tomar el relevo. Tenemos derecho a salvar, quemar o tan solo olvidar aquello que nos hirió, si podemos (lo de que el tiempo lo cura todo, ¿no es una falacia, en realidad?) Pero lo más importante: deberíamos volver a nuestra “prehistoria”, y rescatar los ideales y las ilusiones de esa época mágica de descubrimientos, cuando todo quedaba aún por experimentar, cuanto pasó y queda cada día más lejos: la infancia.

Si echo la vista atrás, veo los primeros destellos del sol sobre el asfalto virgen. Todo pertenece a mi particular “patio sevillano”: el ruido horrísono de las antiguas cajas registradoras de los supermercados; las llaves que abrían maleteros, puertas y huchas; los mástiles de los bajeles anclados en el puerto, en una suerte de baile de san Vito; la tapicería de los coches, las llantas, el cambio de marchas; las revistas de moda de mamá, que yo imitaba, dibujando modelos y coloreando en folios; el concurso televisivo Un, dos, tres, cada viernes (podía quedarme hasta el final porque al día siguiente no había colegio, pero me quedaba dormido antes); las novelas de lugares fríos que yo leía en la hamaca de la playa, en pleno agosto; o bien las portadas de los periódicos, que en aquella época hablaban de la Guerra del Golfo… Ya quería ser mayor de edad, convertirme en periodista y escritor. ¡Qué impaciencia! ¡Qué ganas ya de pelear, sin saberlo!

Mi infancia (como la del resto de mortales) que contenía ya mi existencia futura, mi carácter. Como los colegiales que antaño compartieron pupitre en La clase muerta,  la pieza teatral-experimento de Tadeusz Kantor; esos ancianos que vuelven al aula, poblada de maniquíes. Es, en realidad, la metáfora de la muerte prefigurada: presencia que congela y “mata” los recuerdos. Somos los niños en la vejez, y la vejez ya presente en nuestra primera infancia: la cristalización de quienes seremos luego. De ahí que, inevitablemente, muchas cosas no puedan “borrarse” de nosotros, aunque ya estén finiquitadas, aunque tengamos todo el derecho, como ya ha quedado dicho más arriba. Somos los castillos en la arena, antes de que las olas de la ruindad los aneguen definitivamente.

En esas narraciones, ya algo pretéritas, hay sí, en este presente mío (¡ya lo creo!) mucho de reinterpretación, de meticuloso engarce de perlas en el collar. Quiero con locura a quien fui en el ayer, y a los que me acompañaban en la aventura. Los recuerdos no tienen por qué ser fuegos tristes en torno a una chimenea, ni estar expuestos a las bromas o al escarnio, como fantochadas en un guiñol de feria.  No: lo embellezco, tal vez para no sufrir. Conservo vivas y poderosas las historias y, con ellas, los lugares, bellos y gloriosos paisajes, interiores o exteriores a un tiempo. Intento sacarles lustre, sin obsesionarme , o al menos sin pretenderlo.

Nuestros recuerdos, diría Kantor, ya son muerte pero, ¿no son también nuestro propio renacimiento? ¿Qué nos habría pasado si no hubiéramos tenido nunca una niñez que luego recordar? ¿Si no tuviéramos recuerdos?, ¿si siempre estuviéramos en dique seco, con el cerebro vacío de imaginación? Seguramente, nuestro mundo sería aún más cruel y ruin. Es esa infancia (las infancias de cada cual), que quiero recuperar en este día, la que se va creando lenta, pacientemente: el cascabel en el fondo del alma. Esos relatos, cada vez más lejanos y remotos, que nos acompañan, como si fueran amigos íntimos; por momentos, también enemigos íntimos. Pero estos no me ganarán la partida: no dejaré que las malas hierbas invadan mi camino. ¡Que Dios salve nuestra niñez!