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A LA SOMBRA DE LA PINTURA

En la noche de los tiempos, fui pintor diletante. Durante apenas dos años, al filo de la primera adolescencia, asistí a clases de pintura y mi sangre se llenó de colores. Bodegones, pero también marinas y paisajes, hasta un autorretrato. Con ellos pude desarrollar mi sensibilidad, sin caer en lo exacerbado. Eso sí, a través del estudio de la anatomía en el retrato, o de la perspectiva en el paisaje, se expandió mi visión, y a la vez me volví más dueño de cuanto me rodeaba: “aprehendí” las formas del mundo, o las atisbé siquiera. La sombra del árbol pictórico era hospitalaria, bonancible. Hoy no sé si sería capaz de volver, con el mismo arrebato, a cubrir de manchas enormes lienzos. ¿Óleo o acrílico? ¿Guache o acuarela? Quién sabe.

Boxeador (1982), Jean-Michel Basquiat

Las diversas creaciones artísticas son vasos comunicantes. El escritor que pinta (como el novelista danés Gjellerup, autor del magnífico El peregrino kamanita, que estudió pintura a su paso por Roma), cuando escribe sus novelas desarrolla un gusto por los detalles de manera aún más vívida; ve en su cabeza con más claridad una imagen, un paisaje. Por el contrario, el pintor que se ve transportado por la escritura (como Van Gogh con sus famosas Cartas a Theo), gana en hondura, en reflexión; le ayuda a conformar su filosofía vital. Pero comparten ambos algo en común: alcanzan a ver esa otra realidad; es más, se apoderan mágicamente de la realidad. Es fundamental conservar esta suerte de doma artística y polifacética en cualquier momento y circunstancia. No son destinos inamovibles. Pueden ser destinos distintos en cuanto a la forma, el soporte técnico o la ejecución, pero similares en cuanto a la meta, la ambición. Destinos elegidos.

La pintura me ayuda a establecer ese vínculo que todos necesitamos con los hechos de cada día: los que vemos en la televisión o la radio; los que se nos cuentan en la tertulia del bar; o los que presenciamos como testigos directos de un acontecimiento. “He de aprender a observar”, me digo a mí mismo todas las mañanas al despertar. “He de observar siempre”. Soy más diurno que nocturno, pero reconozco que la inspiración está en todo y para todo: los sueños turbios e imaginarios nos despiertan también la creatividad. No hay casualidades, como diría Freud, y lo que soñamos durante la noche puede emerger en la vigilia en forma de gigante; la piel se convierte en el muro sobre el cual inscribir esas formas desconcertantes.

Tan solo es cuestión de paciencia: encontrar un lugar común sobre el que fundar el templo, la ciudad de los sueños futuros, con y en mi creación. A la sombra de la pintura me gusta descubrir nuevas emociones, ser dueño de los restos de esos sueños, por pequeños que sean, aunque sea por momentos, tan solo. La gloria de ser humano y de compartir, susurros coloristas que, después, servirán para escribir y destilar en el papel las impresiones visuales, los juegos libres que ayudan a vivir, a hacer propios los detalles del mundo alrededor. A la sombra del pintor que todos llevamos dentro. A la sombra de la pintura.

LAS ALAS DE UNA MOSCA

La noche pasada soñé que fundaba, junto a una amiga de la infancia, La escuela de Van Gogh, una revista artística y literaria en que cedíamos la voz a diferentes creadores y movimientos contemporáneos. Nos reuníamos y discutíamos los temas, las portadas, los artículos, los reportajes. Todo surgió, probablemente, a raíz de haber visto, antes de ir a dormir, el cuadro Los comedores de patatas, en donde el pintor holandés del mismo nombre nos hace partícipes de la comunión entre personas y nos hace reflexionar sobre la maravilla de pertenecer a una comunidad humilde.

Los comedores de patata
Los comedores de patata

En esta revista, mi amiga y yo reivindicábamos las estructuras rotas, inacabadas, póstumas, el gesto efímero del creador en la corriente arrolladora y casi eterna del arte. Reivindicábamos una suerte de radical espiritualidad: los restos de la Acrópolis ateniense, de la Victoria de Samotracia, el body art de Ana Mendieta, el espíritu ropavejero de Michelangelo Pistoletto o los últimos poemas fragmentarios de Ingeborg Bachmann.

Reivindicábamos las arrugas, las huellas que se marcan en nuestro cuerpo y en toda obra como nuestra expresión, nuestros reflejos más vivos; el triunfo apenas unos instantes, por así decirlo, sobre la muerte. Creíamos que en ese arte se reflejaba mejor la condición humana de los que no temen. Íbamos directos al corazón, sin escondernos.

Escribíamos también sobre el arte povera, el último gran movimiento vanguardista del siglo XX: el material primario, el objeto sin subterfugios. Lo rico contra lo pobre: lo industrial contra lo artesanal. Escribíamos sobre los materiales espirituales, deudores de San Francisco de Asís y del teatro de Grotowski; sobre el desposeimiento físico en la escena, la expresión del ser en su intento de eliminar de raíz lo superfluo, en las antípodas de la obra total wagneriana. Deseábamos, con una fuerza inusitada, la destrucción del mundo burgués. Deseábamos la riqueza en la pobreza, la utopía que sostuvo el alma revolucionaria de tantos artistas.

Después de este sueño convulso y místico no se me ha ocurrido otra cosa que firmar esta columna sobre el individuo que hace consciente, que atisba el final. Una oda a favor de la naturaleza en comunión perfecta: el instante del amor y el deseo de superar el miedo de la ausencia, tema tantas veces repetido y tan caro a toda representación. Me reafirmo así en la creencia de que vivir se parece al arte por su búsqueda continua, por su deambular en lo inexplorado, desde la simplicidad; mezclándose, contaminándose la voz y el gesto del autor con las voces y los gestos de su entorno. Podría decirse que es la superación del propio vacío, el verdadero camino transitable de la vida que, no debemos olvidar, es pequeña y quebradiza como las alas de una mosca.