Archivo de la etiqueta: vida

EL NEN GAVINA

─Tu rai, que tens un munt d’històries per explicar!

Ha recalcat, mentre parlava, que tinc molt per “escriure”.

S’ha estranyat que avui diumenge jo no anés a treballar a l’hotel.

He anat a la piscina a nedar aquest matí, i m’he trobat amb M., un veí d’escala, als vestuaris; tot d’una se m’ha apropat i hi ha entaulat conversa. Jo ni me n’havia adonat, que hi era. Feia molt de temps que no el veia. Les poques vegades que parlem és per telèfon: quan m’avisa que aviat hi haurà una reunió veïnal o quan s’ha oblidat de comprar ous o mantega i me’n demana per no haver de baixar al supermercat. Com si estirés d’un fil invisible entre els ulls del meu amic i els meus, he “recordat”. I faig això que no vull fer però que, ineluctablement, acostumo a fer: pensar. Jo només voldria fer-ho quan estic davant de l’ordinador.

M. s’acomiada i se’n va del gimnàs, i jo baixo les escales per banyar-me. Però ell ja ha obert l’aixeta dels records, el desllorigador. Automàticament, com quan torno enrere per evocar el caliu d’uns braços o un petó a la galta, o una floreta pels qui treballem a l’hotel, he “recordat” una mare i els seus tres fills al seu pas per la sala d’esmorzar, entre dos quarts de vuit i dos quarts d’onze. Cada dia, durant una setmana, farà ben bé tres anys.

De seguida, el fill més petit de tots va captar la meva atenció. Encongit, amb els peus al caire del seient, davant un bol amb iogurt i cereals, fitava la seva mare i després la seva mirada es perdia pel menjador, en l’infinit dels plats, tasses i gots. Un d’aquells matins, sense que ningú no s’ho esperés, només la mare i els dos germans, va començar a emetre un xerric, semblant al de les gavines quan saltironegen al moll o s’aventuren pels terrats. El mateix so.

La seva mare me’l va presentar: “El meu petit Bob”. Seguidament, va afegir: “No mira, no parla, no llegeix els gestos de la cara o de les mans dels altres. Per això, hem de potenciar allò que sap fer bé”. Bob està limitat pel nombre de coses que sap o vol fer. “Li vaig comprar una minicadena i després un piano. No sap tocar bé, però li agrada passar els dits per les tecles. Escolta Schubert, Beethoven i Mozart tothora”. A mi em fa l’efecte que és com si es posés “les ulleres” de músic i veiés la vida d’un altre color.

Després de nedar i deixar el gimnàs, he caminat fins a casa, i a cada passa que feia, de retruc, el nen gavina venia a envair el meu cervell.  Tant de temps que ha passat i continua viu en la memòria! Qui m’ho havia de dir? Puc inventar, imaginar, fantasiejar, si cal: el nen gavina viu a Miami; la seva mare també parla espanyol, fins i tot els seus germans, però Bob només parla un anglès molt rudimentari. Va a una escola especial a Coral Gables. Viatgen cada any per Europa i pels mateixos Estats Units; la seva mare vol que s’esbargeixi. Els seus germans, sovint, també el cuiden, quan la mare no és a casa. Tenen tres gossos i tres gats, que s’han quedat a casa amb el marit, que treballa en una multinacional i té pocs dies de festa; treballa de valent perquè a l’escola tinguin bona cura del seu petit Bob. Vet aquí tot el que aconsegueixo imaginar. I així podria estar-m’hi hores i hores. El nen gavina, és des d’ara, trama en el meu teler.

Ni el desig ni l’enamorament, tan incerts, falsos, frustrants. Pressento que el meu destí és un altre: explicar-me a través dels altres en les “cantarelles” i les imatges del passat que m’interpel·len. Si s’han incrustat en el meu cervell, vol dir que allò que puc contar és valuós. Que hi ha un filó. Que la feina a l’hotel em depara alegres sorpreses: com si tot el que escrigués fos “viu”, “real”, “versemblant”. Perquè la matèria de què estan fetes aquestes històries és d’experiència viscuda, fruit de l’observació.  Tinc una vida valuosa, em dic.

Y NUESTROS ROSTROS, CUANDO DEJEN DE SER INOCENTES

¿Tiene el pelo rubio? ¿Lleva gafas? ¿Tiene barba? ¿Y bigote? Mi amiga Eva y yo nos hacíamos esas y otras muchas preguntas en nuestras partidas casi inacabables. Un o un no nos hacía descartar a Sophie, a Peter, a Claire…, y volcábamos las casillas hasta dar con la buena. Los rostros, esos rostros se yuxtaponen ahora en algún lugar remoto dentro de mí, y los recupero.

rostroY con ellos vuelve un mundo ya enterrado, un mundo depuesto, perdido como una guerra con vencedor y vencidos: el Tiempo y nosotros. Esas chispas de la memoria son más vívidas que los rostros de carne y hueso de entonces, o que el paisaje: una neblina interior me esconde las formas de los pinos ya desaparecidos de la escuela. Por eso, a pesar de los malos modales de ese tiempo usurpador, no olvidaré aquel regalo que, después supe (cuando ya no me importaba adivinar en qué trineo y por dónde me lo había traído Papá Noel), que fue idea de mi abuela, que lo había visto en un escaparate de una juguetería, encaprichada: el Quién es quién.

Desconocíamos la maldad marcada en el entrecejo, la falsa marca de la alegría en los pómulos, o el verdadero significado de los ojos anegados en lágrimas, o la mirada traidora mientras te lanzan un piropo. Sabíamos distinguir algunos rostros, pero “sin trampa ni cartón”; los que no admitían segundas lecturas. Aún hervíamos en el caldero de la infancia, y nosotros queríamos crecer, alcanzar ese reino adulto, como el vapor ascender hasta el cielo. Teníamos ganas de ser mayores sin comprender la medida de la realidad. Y ahora, desgraciadamente, ya no hay vuelta atrás.

Ahora, amiga Eva, nos pasa lo contrario: firmaríamos por habernos quedado en nuestra isla Barataria para siempre, en el viaje de Odiseo que no llega a su destino porque no quiere ser mayor. Tú y yo preferiríamos adivinar qué esconde Papá Noel cada Navidad en su saco, o quedarnos extasiados, cosa que ya no hacemos, ante el abeto decorado de ingenuas luces, las tenues lucecitas regadas de la ahora vana ilusión, sin apenas atisbar el “mal”, nuestro mal cotidiano: el saber demasiado. ¡Qué estafa lo de celebrar la mayoría de edad!

LAS ESTRELLAS ESCRIBEN

Hace un par de noches, soñé que una enorme araña me inoculaba su veneno, sorbía mi inteligencia y me dejaba seco de imaginación. Me desperté con más ganas de escribir que nunca. “Si en la vida real soy atacado por una araña”, pensé, “he de prevenirme y regurgitar el mayor número de palabras que pueda antes del fin”. Después de un periodo de sequía espiritual, de una semana improductiva, volví a escribir.

Con los ojos mirando hacia el pozo interno de aguas profundas, en lucha por salir a la superficie, fui de nuevo consciente de las enormes posibilidades del arte. Sabía que, si lo que me interesaba de verdad era superar el alma vieja del pasado y sus heridas, la enfermedad y la muerte, lo que debía hacer era recluirme para siempre en la soledad y crear. ¿De qué otra forma, si no, conjuraría el paso del tiempo si no a través de la rebeldía testimonial?

estrellas en el cieloLa marea vital me empuja siempre hacia la rutina. ¡Qué fácil es caer rendido en brazos de la banalidad! Contra eso, entonces, se levanta el edificio de la poesía. Sorprende la alergia intelectual de algunos que, en su loca carrera hacia la felicidad, desconocen o desprecian los dones que nos lega el arte, un arma frente a la fugacidad. Nadie sabe hacia adónde apuntan los fundidos encadenados de la película del mundo, fugas que prolongan la acción no sabemos por cuánto tiempo. Pero la poesía congela, detiene, domestica el instante y lo eterniza, aun cuando también sea perecedero; lo eleva a las ideas eternas del universo.

Octavio Paz ya dejó escrito: “soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben”. Pese al pesimismo de estos versos, advierto que perviven en mi memoria gracias a la “transmutación” de los elementos, el hombre y las estrellas en elementos del universo, traspasados por la noche, metáfora de la muerte. El arte supera todos los obstáculos.

He aquí el pan diario de iluminaciones, servido en la mesa de los artistas: las criaturas, héroes y herederos por igual, que dieron a luz felizmente. No hay ninguna duda de que el arte, como la religión, nunca va a desaparecer mientras haya humanidad. Son necesarios: los dos preservan nuestra inteligencia y nos estimulan a seguir adelante. Sobrevivimos gracias al pensamiento de lo que nos gustaría que sucediera: el primer paso es soñar, aun en los momentos más difíciles. Los verdaderos rasgos espirituales de nuestra sociedad hay que buscarlos en los artistas y en sus obras; si no, al menos, en sus ideales. Porque la fidelidad a lo puramente material es el comienzo del sacrilegio y la falsa celebración de la vida. Los artistas nos entregamos a la soledad y somos capaces de atrapar toda la imaginación del mundo antes de que sea demasiado tarde: “las estrellas escriben”.

RELEYENDO EL PASADO

Estamos condenados a ser libres, dijo Sartre. ¿Es cierta esta afirmación? No creo demasiado en la libertad absoluta. Estoy más bien convencido de que las personas reaccionamos ante los acontecimientos mediante fuerzas internas o externas, inconscientes, a menudo incontrolables; gracias a ellas, o a pesar de ellas, andamos por el mundo. ¿Hasta qué punto es viable esa libertad? No pretendo escribir ningún ensayo filosófico, ni es mi intención aquí ser sistemático ni exhaustivo. Hablaré brevemente sobre la imposible libertad, sobre la fatalidad de la vida: cómo no podemos desprendernos del todo de lo que hemos sido; cómo nuestro carácter, en el fondo, no puede cambiar sustancialmente. Estoy seguro de que no podemos dejar de ser en cierta medida aquello que fuimos.

bibliotecaQuizá el mejor ejemplo de esta inevitabilidad pueda encontrarse en la experiencia lectora. Cuando era adolescente, en Sitges, en los muchos crepúsculos de agosto, la hora propicia para la lectura, me obsesionaba con abandonar el libro que tenía entre manos y dedicar unas horas a la escritura; no quería dejar de leer. No era consciente de lo que sucedía mientras escribía, pues con los años me di cuenta de que no hacía falta que estuviera todo el rato leyendo. También cuando escribía, reflexionaba y dejaba traslucir, con otras palabras, aquellos textos que había leído. Llegué a la conclusión de que no somos más que los intermediarios, el eco de lo que leemos. Bueno, también del resto de sucesos de nuestra existencia. Escribiendo, recordando, nos sometemos a las fuerzas del pasado.

Rememoro las palabras de Platón, de Hume, de Kant, de Nietzsche, sin pretender adoctrinar a nadie, ni siquiera a mí mismo. No hace ninguna falta que yo vuelva a leer esos discursos. ¿Cómo, si no? Aflora inevitablemente en la memoria ese aprendizaje capital: mis dieciocho años y la historia de la filosofía del curso preuniversitario. Es imposible, aun a riesgo de que suene algo pomposo, ridículo o engreído, que no me haya “manchado” con esos textos. Puede que, además, me haya encariñado con esas lecturas, pues la memoria reelabora los textos y hace que ganen en calidad y sabor como el vino añejo: aumenta el valor de lo recordado cuanto más antiguo sea. Aquí la metáfora de la experiencia lectora es la vida. ¿Qué me hace ser como soy? No puedo desatar, como es de suponer, el nudo gordiano de esa cuerda.

Ahora, cuando releo con el pensamiento, me gusta escuchar, perseguir, adivinar la voz del texto en la cabeza, la de quien lo escribió: distintos narradores, registros, autores, épocas. Me basta coger un libro de la estantería y volver a leer una frase, un párrafo, para reencontrarme con la voz del autor, y de paso con el chico que leyó esos libros, y experimentar cómo se sentía y en qué pensaba. Estos signos, estos rastros intrigantes del pasado son inevitables, fatídicos, son las fuerzas ciegas que nos mueven en nuestro presente, consubstanciales a la naturaleza del ser humano; pero nadie nos lo explicó en su día en la escuela. Voy a volver a las aulas, a escuchar el reloj en la pared, a fijar la vista en la pizarra verde manzana, a escuchar los ruegos inútiles del profesor al silencio mientras dura la lección. Esto que recuerdo es, sin duda, el destino que se va escribiendo desde el pasado hasta nuestro presente y nuestro futuro.

CONTRA LA CLAUSTROFÒBIA

Només em passa en certes ocasions, i només quan el metro va molt ple i encara em queden un parell d’estacions fins al meu destí final. Em penso que no podria estar-me un dia sencer allà dalt, en un avió intercontinental, encara que, qui sap?, amb una mica de sort, algun dia, gràcies a un nou antídot, seré capaç de vèncer aquesta malaltia aparentment innòcua: la claustrofòbia.

He arribat a una solució gens desesperada, crec jo, de persona raonable. Per tal de no cedir davant la seva amenaça, em dedico a recuperar veus interiors, a omplir el cervell de papallones que he caçat prèviament. Quines veus? Doncs les que recordo haver llegit algun cop, sobretot els darrers dies. Amb certa recança per haver llegit i tancat els llibres, em dedico a reproduir, a tornar a pensar aquestes paraules, frases i paràgrafs (Aleshores em vaig treure la roba, la vaig deixar al peu d’un lledoner…) que m’han deixat una marca d’aigua interior, establint la distància necessària amb el món que m’ envolta. I m’ adono que la meva afició principal, ara per ara, serà emmagatzemar-hi veus; potser el meu instint vulgui amagar-me de la meva hiperestèsia. No hi ha res com llegir.

metroConstato l’evidència que la paraula més comuna en tots aquests llibres és “vida”. Me la trobo molt sovint, com qui no vol la cosa, tal vegada perquè és el mot més important per a nosaltres lectors i per als escriptors. M’agrada reconèixer les empremtes damunt el paper en blanc, que “vida”, “mort”, “ amor”, “primavera”, “somni” o “camí” m’interpel·lin i em facin viure una altra vegada, com si m’ hagués ofegat en la piscina de la claustrofòbia i ara surés en l’aigua. Al metro, emmirallant-me en els vidres d’ulleres alienes, repasso mentalment aquests mots que els autors han volgut cedir-me, en el breu retorn de la feina.

Aquestes veus em nodreixen, em provoquen que vulgui llegir i rellegir el mateix llibre, per diferenciar-les del garbuix frívol del món. M’he ensinistrat de tal forma que, quan tot just començo a llegir un altre volum d’un autor que ja és vell conegut, en distingeixo les seves petjades dactilars, els ulls que em fiten tranquils o astorats. Em dic: ja no m’ esvararé quan m’ ofegui. Oblidaré, així, que estic a centenars de metres sota terra, amb el desconegut que put a suor i la dona grassa que m’empeny cap a la porta. No, no cauré en la trampa: el do de la paraula em salvarà. No es tracta de fer jocs metaliteraris, ni sermons enmig del desert, ni escriure pamflets revolucionaris. No, no, res d’això. Fins i tot és més senzill: deixar-se endur per aquestes veus que em diuen que sí, que darrera el teló vellutat hi ha alguna cosa que és capaç de justificar la nostra existència, que portem a dins des dels primers balbuceigs.

EL FILÒSOF VITALISTA

kunderaLa festa de la insignificança. MILAN KUNDERA. (Tusquets Editors. Col·lecció L’ull de Vidre, 54). 138 pàgines. Barcelona, 2014. Traducció de Xavier Lloveras.

Els amants de la bona literatura, de la de debò, la tardor passada vam estar d’enhorabona perquè Milan Kundera, que feia molt de temps que no publicava, ens va regalar el seu últim llibre, escrit en francès, com passa ja des de fa anys. I vet aquí el resultat: una novel·la breu sobre la futilesa de l’existència i la inutilitat de la vanitat i de la brillantor. La crítica oberta i sense embuts, en definitiva, amb molt d’humor , però, cap a aquells qui cerquen una transcendència més enllà del quotidià.

Milan Kundera és un autor que no precisa de llargs prolegòmens per presentar-lo. Arrelat sempre a la vida, als seus llibres hi traspua experiència, vivència pels quatre costats, amb aquesta seva filosofia entre Schopenhauer, Nietszche, existencialisme sartrià o fins l’absurd. Qui no ha gaudit de la seva prosa encantadora i musical? Qui no ha gaudit de la seva filosofia planera i vitalista? Qui no s’ha sentit identificat amb els seus protagonistes, des de La broma a La insuportable lleugeresa de l’ésser, que es prenen el món com una llarga ironia, que malden per ser esperits lliures?

Tot passa a París abans, durant i després de la festa que D’Ardelo, ja a les acaballes, celebra pel seu aniversari. D’Ardelo està preocupat per la mort, i amb pesar, amb soltesa després, a aquesta “malaltia”, a aquest fatalisme, l’hi planta cara. Amb molta joie de vivre, que en dirien els francesos. Diversos amics són els convidats: Alain, l’artista, fascinat pels melics femenins, que amaga la història fosca de la seva mare; Charles i Caliban, encarregats de les viandes i les begudes del còctel i que es fan passar per estrangers; i Ramon, que amb els seus discursos que només la vellesa pot proporciona, ens parla sobre la insignificança:

La insignificança és l’essència de l’existència. És amb nosaltres a tot arreu i sempre. És present fins i tot allí on un mateix no la vol veure: en els horrors, en les lluites sagnants, en les pitjors desgràcies. Sovint cal tenir coratge per reconèixer-la en condicions tan dramàtiques i per anomenar-la pel seu nom. Però no es tracta només de reconèixer-la, cal estimar-la, la insignificança”. [pàg. 135]

kundera_2Aquesta cita del llibre il·lustra a la perfecció les dèries actuals i antigues de Kundera, que il·lumina el nostre present i passat. S’hi reflecteixen els estralls de les dues guerres mundials i del nazisme, de les dictadures mundials i de la guerra, tothora vigent. Alhora la gent grisa, vulgar, “normal”, a vegades grotesca. L’autor es permet també, com a d’altres obres seves, introduir-hi personatges històrics que trepitgen el mateix fang que els altres, aquí cruels fins a l ‘extenuació: em refereixo a Stalin i la seva escopeta de caçador, que diuen que un dia va matar vint-i-quatre perdius.

La saviesa d’aquesta nouvelle rau, precisament, en la lleugeresa. Sembla com si, tot d’una, ens fes igual tenir uns quilos de més, tenir bosses a sota els ulls o ésser relegats del poder. No: davall de tot el gran i el més baix no hi ha sinó foteses. D’aquí la vacuïtat, de voler ser més intel·ligent o més savi que els altres. Això, diu Ramon en un moment de la novel·la, a poc de començar:

Quan un paio brillant intenta seduir una dona, aquesta té la impressió que ha de competir. Se sent obligada a brillar ella també. A no donar-se sense resistència. Mentre que la insignificança l’allibera. Li estalvia les precaucions. No exigeix cap presència d’esperit. La torna despreocupada i, per tant, d’accés més fàcil.” [pàg. 24-25]

Kundera, sovint tendre, sovint irònic, ens deixa captivats amb aquest reguitzell de frases encadenades que ens animen a parlar sense complexos i no prendre’ns ni a nosaltres mateixos ni als altres massa seriosament. Aquesta és la clau de volta de la novel·la: viure amb humor, sense complexos. El lector subtil té una doble interpretació davant dels seus ulls: la festa d’aniversari que té per amfitrió a D’Ardelo és, sens dubte, la nostra festa quotidiana: la vida. Com el títol de la novel·la La veu melodiosa de Montserrat Roig era, també, aquella veu que se sent per sota de les altres, que ens encanta i ens transforma. Kundera, tanmateix, és més discret: es reconcilia i es resigna a la vida tal com raja, sense falses vanitats: la modèstia del filòsof de carrer.

Si aquesta fos la seva última obra, si ja no en publiqués cap més, tancaria de veres un gran cicle existencial: la barreja de filosofia, de personatges històrics reals i els més anodins, els més vulgars, que no es resignen però que tampoc no fan gaires escarafalls a la realitat, al dia a dia. Tothom que tingui a Kundera per un gurú literari, s’ha de permetre el luxe de llegir aquesta perla.

OBRAS INCOMPLETAS

He cogido el autobús para venir hasta esta biblioteca. Me dispongo a pasar otro día aquí, para devorar montañas de libros. Selecciono unos cuantos, los llevo a la mesa para consultarlos; inspirado por ellos, me dispongo a escribir. Mi mano empieza a teclear en el ordenador,  el antídoto perfecto a la monotonía cotidiana. El tema ha surgido a raíz de observar reunidas tantas obras completas, en un intento por abarcarlas. La libertad que respiro me hace reflexionar: he llegado a la conclusión de que, si algún día publico las mías serán, por defecto, obras incompletas.

¿Por qué incompletas? Porque no sé si sobreviviré a la muerte, si habré escrito suficiente, tanto como quisiera, ni si la fatiga de la existencia y, sobre todo, si la guadaña mortal segará las ideas que solo podrán ser publicadas póstumamente. Mis poemas, mis novelas, mis cuentos no son ni serán más que la suma imperfecta de una vida dedicada a los libros: imperfecto el tono, imperfecto el alcance.

Pío Baroja
Pío Baroja

Así, he llegado a la conclusión de que el arte solo es importante, necesario, precisamente gracias a esa finitud, a esa imperfección, a la muerte, no a pesar de ella. La muerte llama a la misma vida; solo su límite nos completa, nos transforma. El tema de la vida es infinito y ningún artista puede agotarlo ni contenerlo totalmente, lo que lo hace grande, porque se mueve en las aguas del misterio, en la música de la ensoñación. Las desavenencias que al artista le tocaron en suerte le sirven para sobrepasar los límites de su precaria existencia, difícil, inevitable. No basta con un solo sujeto: el mundo está hecho de siglos, de milenios, de vidas pequeñas. El gesto del artista es el testimonio frágil, poderoso que apresa las migajas esparcidas inútilmente por el viento.

El conocimiento está por encima de él, muy arriba, le sobrepasa; solo si escribe, si crea, se siente abarcando, por instantes, el mundo que observa desde el balcón al despertarse por la mañana. Como las ideas platónicas, la totalidad se encuentra en alguna parte: el artista lo único que puede hacer es siquiera nombrarla, sugerirla, vislumbrarla. Eso es a lo que aspira: a convocar a sus lectores alrededor de esas palabras que surgieron misteriosas, opacas, pero que, sin embargo, le identifican. Que sobrevivan no es tema para esta columna, ni es importante para mí. Solo aspirando a cosas mortales, puedo crear obras maestras, grandes en su finitud, como el claroscuro de un dibujo al carboncillo, el fragmento de otra obra mayor, la vida.