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EL CABALLO CANSADO

Nuestro poeta, el mismo que ha navegado por ríos y ríos de tinta, no ha sido, nunca del todo, un hombre de acción; más bien ha querido embelesarse con el espectáculo, con el casi siempre cruel panorama del mundo; empequeñecido, con el corazón en los pies. Refugiado desde niño entre los pliegues de La Vanguardia, nació así su vocación temprana: lector empedernido de periódicos a la sombra de su abuela, en aquellos tiempos de dictadura cuando la prensa era más rigurosa (como la sección de cultura, su preferida, bien surtida de entrevistas y crónicas teatrales y cinematográficas).

Emulando a los periodistas, se inventó noticias disparatadas que luego mecanografiaba y daba a leer a su mamá y a sus tías. A través de la escritura y la lectura, a veces con la traducción de los versos de otro poeta, iba abriéndose camino. Tenía prisa, quería acceder al mundo de los mayores para ver publicada su obra. Le faltaban las herramientas, los talleres, los compañeros en la escritura. Debía esperar. La impaciencia de vivir de la escritura: ¡casi nada!

Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, y que le salían las primeras canas, se fue desengañando. Nada era tan mágico como parecía: en especial, el mito del escritor feliz. El alma se convirtió en una alondra indefensa. Al fin, devino el filósofo que nadie quisiera para sí: el filósofo del aburrimiento del día a día, de las acciones más vulgares que deben alternarse con las grandes gestas.  De los caminos polvorientos al alma, vaya.

Ahora, en los estertores de la vejez, quiere aprovechar las horas al máximo; odia las distracciones, la espera en los aeropuertos. Viene a leer un libro diario; va a la biblioteca pública, porque la casa en que vive le abruma con los recuerdos: su mujer, sus hijos, los cuadernos rayados con más ripios correctos que afortunados. Se ha conformado con la media gloria de mantener el luto por necesidad. Su cabeza se va llenando de monólogos que se entrecruzan, que se entretejen entre las telarañas y el polvo de las arcas milenarias que aún conserva de sus ancestros: el fraseo de sus escritores favoritos, el ritmo de la calle, el cantar de sus amigos más íntimos.

¿Quién lo reconciliará con el vivir? Le gustó la idea de reflejar, ser el espejo de su época. Le divertía más escribir (y leer) libros contemporáneos a él; más cercanos. El poeta, ahora, con las manos callosas se resigna a pasar las páginas de sus obras completas. Ha envejecido de golpe al acumular tantas voces, tantos versos que él mismo pergeñó. Caballo soñador, caballo loco, quizás; al fin, un caballo cansado. Todos hemos tenido delirio de ser escritor alguna vez. En nuestra sociedad deshumanizada y deshumanizadora hacen falta muchos poetas como él, cansados de pasado; de pasado y de ávido futuro. El caballo al galope; el poeta está derrengado de tanto vivido, sufrido y experimentado, con las escasas fuerzas que aún tiene para su supervivencia.

PARA CAPRICHOS, LOS MÍOS

Ayer tarde me pasé más de dos horas de reloj en la librería Jaimes. Acabé comprando la última novela de Modiano. Hasta aquí, todo parece normal.  Pero resulta que también había ido por la mañana, y también me regalé una obra de teatro de Modiano. Las dos veces, de mañana y de tarde, a la pregunta de si quería que me los envolvieran de regalo, dije que sí. Siempre me los regalo para mí, normalmente digo que no hace falta que me los envuelvan, pero en esta ocasión quise verlos con el papel de celofán y el lazo. Quise esperar: los dos paquetitos los pondré en el árbol de Navidad esta noche para el tradicional intercambio de regalos. Aunque solo sea para mí; mi madre ha dicho que este año no quiere celebrar ni el Papá Noel ni los Reyes. Me da igual: he acertado, igual que si me los hubiera traído una carroza del Círculo Polar.

Hace solo un par de días, fui al FNAC y me compré La de Bringas, de Galdós. Y también un día antes, en una librería de oportunidades, de la que soy fiel comprador, me hice con una novela de Lobo Antunes. Para muestra un botón: los libros ya forman parte de mí. Para caprichos, los míos. No me gasto el dinero ni en lotería, ni en tabaco, ni en alcohol. Puede parecer muy estrafalario que buena parte de mi sueldo sirva para engrosar mis estanterías de esas novelas, esos cuentos, esos ensayos tan necesarios para seguir viviendo. Fantaseo con la idea de seguir teniendo tiempo libre para devorarlos todos y cada uno de ellos, aunque sepa que no será posible. Es casi como la pila de folios en el maremágnum de la mesa de mi escritorio, o de los cajones, con notas, resúmenes y descripciones de personajes de novelas futuras, tantos que no podré escribir en el curso de esta vida mía.

Sé, como la canción de John Lennon, que I am not the only one. Sé que, con la utopía de los libros (que si todos los individuos de este planeta leyeran buenos libros), las guerras, las hambrunas, los conflictos armados terminarían, o si eso es exagerar, tal vez serían más cortos. Sé que hemos de seguir leyendo, como hemos de seguir escribiendo, componiendo o pintando para el bien de la Humanidad. Escribir un libro, créase o no, fomenta ese bien.

En mi interior, una llama se hace cada vez más grande; no es una ignición violenta. Alberga la esperanza ante el sinsentido, el despertar en medio de la nada. La literatura ocupa todo el espacio de mi corazón, y no es poco; es mi único amor, mi única Madame Bovary, Anna Karenina o Lolita. Es el juego de pellizcarse las manos, la pipirigaña de los libros; la varicela, el sarampión, la gripe juntos.

Digo todo esto porque estoy harto de escuchar que, en este país, o en el mundo entero, no se lee ni se escribe con calidad (excepto en lugares tan civilizados y hermosos como Islandia o Noruega, donde se becan a los escritores primerizos con una gran cuantía de dinero, y se lee al abrigo del hogar en el salón, junto al árbol navideño). Me parece que estas fechas tan señaladas gustan de mentes preclaras, de espíritus indulgentes y sensibles que entiendan las debilidades humanas. Empatía, diría yo; empatía y esperanza. Si queremos vivir, hemos de sentir. Lo único que debemos hacer es sentir y vivir.

 Mientras los demás están pendientes de los asuntos políticos, de los partidos de fútbol, de las series televisivas, yo leo; leo y escribo. Me gustaría que más de uno de mis lectores siguiera mi ejemplo, dejara la caja tonta por un rato y leyera. Solo así se prolongará la especie. Que no, que no son paparruchas. Senderear por los libros es como ir siguiendo al amante, que seguirá en nuestra biblioteca, o en la mochila o la cartera, en el punto donde lo dejamos. Que no, que el libro es tanto o más fiel que un animal doméstico, que el mejor de los amigos. Con estos podemos discutir, enfadarnos; con aquellos, si bien puede abrirse una brecha en nuestro cerebro ante una opinión o una idea contraria, en las antípodas de nuestro pensamiento, siempre podemos volver a él, ir hacia atrás y hacia adelante a nuestro antojo, comernos con los ojos las ilustraciones. Dialogo infinitamente con ellos; voy a beber en ellos y así sacio mi sed. Son mis caprichos de todo el año, mis caprichos de Navidad.