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LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO (Y 2)

En el artículo anterior, hablé largo y tendido sobre la crueldad. Ahora trataré de mostrar la otra cara de la moneda: la violencia,  la tendencia de los Estados a ejercerla y, al individuo, de soportarla, siempre, en prácticamente cada momento histórico. Walter Benjamin ya escribió un breve ensayo titulado Para una crítica de la violencia donde diserta sobre la sempiterna falta de libertad del individuo cuando los Estados pretenden controlarlo, y a él me remito. Y pone dos ejemplos: la  violencia ejercida contra la “huelga general” o en la “pena capital”, las dos situaciones máximas en que el ciudadano es el consorte de la muerte, en la lucha por sus intereses o como mero acto de autodefensa.

Walter Benjamin
Walter Benjamin

Así, la violencia, que es gratuita, porque debería eliminarse y podrían utilizarse otras vías para solventarla, se institucionaliza. El Estado posee en la ley y en el derecho la capacidad de atacar al ciudadano. Es más, toda ley es, a fin de cuentas, violenta, insostenible, contradictoria, en contra de su propia lógica: aquello que defiende es igual o más sangriento que aquello que ataca. El Estado ejerce un poder casi infinito sobre los ciudadanos, y utiliza los mismos recursos que las personas que delinquen o agreden. Nadie en sus justos cabales podrá rebatir que la ley de nuestras democracias es violenta.

La Revolución Francesa, el revulsivo político quizá mayor de la Historia y, después, las teorías darwinianas, se encargaron de establecer y justificar esa violencia en nombre de la seguridad, de la continuación de la especie. Yo, válgame el Cielo, no soy ni moralista ni estudioso del derecho y puede que estas y otras leyes caprichosas escapen a mi comprensión; pero también pienso, como ciudadano, que el diablo pretende justificarse aun cuando no tiene razón.

Porque aquí es adonde quería llegar: uno se da cuenta de que el diablo deja de ser privado, constreñido a un ámbito familiar, y se vuelve público.  En las dictaduras, básicamente, pero también en democracias sólidas y bien constituidas, el diablo campa a sus anchas; podemos personificarlo, sin duda, como el mismo Estado, en su intento de “controlar” a los individuos violentos. Eso justifica sus acciones; hay algunos ciudadanos de la polis moderna, algo ingenuos y desprevenidos, quizá, que ven con buenos ojos la usurpación del Estado. Si acaso, sus acciones combativas pasan más desapercibidas. Es entonces cuando todo el mundo se admira de los pliegues morales del diablo, que adquiere, más bien, carta de naturaleza para seguir actuando y forzando a los individuos en ese orden establecido. Su fuerza es vista como necesaria, y su condición más como ángel que como diablo.

Así son las cosas: sean el arte, la política o el ciudadano crueles, siempre debe asomar su lado más beatífico, como justificación de ese Estado “criminal”, al final. Ese estado al que todos pertenecemos, esa falsa democracia, al final. ¿Qué es el ciudadano si no un mero eslabón de la cadena, a merced de la ley, de la sinrazón? El castigo que recibe a diario: la violencia se vuelve habitual, normal. Quizá no de la misma forma que en tiempos de guerra, este ciudadano de la contemporaneidad sigue siendo un títere mecido por los aires violentos de la Historia, cuya desorientación posibilita la victoria los gobernantes, que una vez se alzan en el poder, se vuelven casi invulnerables.