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TODO EMPEZÓ CON UNA CANCIÓN

 Es inevitable: todo empieza siempre con una canción.

Son las seis y cuarto de la mañana y los loros parlanchines, las cotorras o yo qué sé qué pájaro extraño se desgañitan, colgados de los plátanos de mi calle, de mi plaza, de camino al trabajo. Su estridencia contrasta con la finura, con la dulce melodía de I’m Your Baby Tonight, que a esas horas dejo que suene en mi móvil, en el Spotify, mientras mi cabeza lo va traduciendo: Desde el momento en que te vi, perdí la cabeza/ nunca creí en el amor a primera vista/ tienes una magia que apenas puedo entender… soy tu chica esta noche… Son sus frases, sus acordes, que cobran nueva dimensión en el recuerdo, ahora. Una música que se agazapa en alguna parte de tu cerebro, escondida, hasta que sale a la superficie. Sonó por primera vez al término de mi infancia, a los diez u once años. Aún iba a la escuela primaria, cuando estudiaba y escribía mis primeras letras, mis cuentos iniciales, de la misma manera que otros encuentran la inspiración escuchando las sonatas de Schubert. A partir de ese día, crecí entre el Gospel y el Guardaespaldas. Sí, podría incluso entonar una oración desacralizada: Whitney, que estás en los cielos…

Ese estribillo dispara mi imaginación, hacia la oscuridad, por entre las luces de neón y a través del derroche de energía en la pista de baile de los bares de Chicago. Mi visión cinematográfica lo resuelve, así de rápido: con un plano secuencia, donde yo me paseo a lo largo y ancho de un pub musical, entre miríadas de gente, con la Ley Seca y los trapicheos y los asuntos sucios a cuestas, entre humo estomagante de cigarrillos y parloteo animado en la barra. Lleno el vacío con palabras dentro de mí. Sitúo esta canción en 1990, en plena Barcelona preolímpica.

Sí, en esa época, escribía a diario, de seis a ocho de la mañana, antes de ir al colegio; llenaba cuadernos y cuadernos de espiral, hasta los mismos márgenes, buscando desencadenantes, aquí y allí, hojeando los libros de los “mayores”, “serios”, las conocidas como grandes novelas. Deseaba llegar a la mayoría de edad y convertirme en escritor de éxito. Un aura imposible, el regocijo en la fama, en aquellos días, es lo que me daba fuelle. Esa burbuja, como una frágil pompa de jabón, está ahí, en mi presente, desdibujada. Intuyo que mi castillo de naipes puede caer por el soplo de un mínimo percance en cualquier momento. El azar quiso que esté hoy aquí, en este blog; lo único que no cambia es que sigo dirigiéndome a ciegas, hacia un lector al que no le veo la cara.

Encadenado a esa canción y a esa disciplina, logré escribir mi primera novela, con tintes de historias leídas, en especial las de la serie roja del Barco de Vapor, o la colección juvenil de la editorial Alfaguara. Los dos novelistas fueron Gerald Durrell (Mi familia y otros animales, Los secuestradores de burros), y Roald Dahl y su Matilda, Boy (Relatos de infancia) o Mi gran amigo el Gigante. Me movía en esa euforia de querer emular a los maestros, de creerme artista sin saber nada de las dificultades inherentes al oficio, solo juntando mis fuerzas para fabricar un mundo alternativo.

Poco importa cómo comiences, lo importante es despegar. Las sensaciones de esa primera etapa cuentista son difíciles de transmitir hoy, con la distancia de los años. Eran otras las circunstancias: compaginaba EGB con los libros recomendados en clase; siempre presentes la lectura con la escritura. La creatividad debía escapar de alguna forma, y el azar quiso que fuera gracias a Whitney Houston. Fui un niño muy poco (o nada) enredón, gracias al taller de las palabras, al remanso de un río tranquilo.

Como un niño ingenuo, yo me creí (y aún hoy creo) que esos acordes estaban destinados a mí: los focos en medio de la pista señalan los signos en el suelo. Bailarín, sí, pero bailarín de las palabras: escritor. La gloria literaria no depende de uno, y no es menos cierta la estulticia de aquellos a quienes no les basta la propia estimación. No, no, señor; mis escritos serán míos, por encima de todo. Solo cultivando cuidadosamente nuestro jardín podemos hallar la felicidad, las tierras intelectuales en barbecho, conforme vamos avanzando, sin pausa ya, y nada más. El lector es libre de elegirte.

Y así, uno llega a la evidencia de que la única lucha verdadera consiste en conservar la suficiente firmeza para que la escritura no se deshilache, se deshaga de tus manos; tener un cierto estilo personal. Irlo enhebrando, hasta la misma saciedad. Aprendí a que necesito guardar para mí, y solo para mí, con el talante del buen amanuense, esas canciones, esos libros, esos relatos, tanto si se acompañan de dibujos como si son solo letra de molde. He de caminar hacia adelante y buscar un cierto acomodo para el espíritu. El azar quiso que necesitara la voz de Whitney. Ahora esa canción de las “pequeñas esferas” resuena aquí, en mi cabeza, volviendo a la pasión de la infancia, con mi habitual melancolía, sin esperar más paz que la paz misma en los momentos más difíciles.

ETERNOS JÓVENES

La obsesión por permanecer jóvenes y la imposibilidad de aparentarlo en un determinado momento de la existencia son casi tan viejas como la misma humanidad. ¿Por qué no podemos ser siempre bellos? Hay quien no abandona las esperanzas y espera, quizás ingenuamente, el pacto con el diablo o con otra fuerza del mal que le arrebate la vejez y le devuelva su cara aniñada, sin arrugas en la frente, con la mirada serena y cándida de la juventud. Para eso existen los cirujanos plásticos, dirán algunos. Pero no nos engañemos: podemos aparentar, pero no volver a vivir la juventud, al menos física, totalmente. He aquí la amargura: la vida no nos deja serlo lo suficiente: enseguida debemos acostumbrarnos a la cadencia de la madurez.

deanAhora pienso en James Dean y en Marilyn, en Jim Morrison y en Kurt Cobain, en la mayoría de estrellas muertas por sobredosis. ¿Qué decir de Michael Jackson o de Whitney Houston? Muertos prematuramente, su mundo se resquebrajó, su persona se congeló en un momento de la historia, de su historia. Los recordaremos gracias a los fotogramas de las películas en las que participaron o a las voces en conciertos que conservamos en CDs. Para nosotros, siempre tendrán la misma edad: no vivieron demasiado. Por eso, serán eternos jóvenes, eternamente bellos. Ellos no conocieron ni conocerán nunca los rigores de la vejez.

Algo resignados, el común de los mortales desea hacer trampas y decir aquello de que son jóvenes de espíritu, jóvenes de corazón. Algunos, en una suerte de “lógica del erotismo”, como es el caso de Picasso, que mantuvo relaciones con muchas mujeres y eso le hizo creer que no envejecía, que ellas le devolvían parte de la juventud, en especial con Jacqueline, presente en infinidad de retratos, cuyo amor pasional y apasionado le sirvió como acicate para pintar.  Otros optaron por el suicidio: no quisieron llegar a viejos, o bien la vida les trastornó y no consiguieron llegar al final, veáse Mishima, Gabriel Ferrater, Hemingway o Cesare Pavese.

Perder la juventud, pues, debería ser menos grave de lo que es. Transcribo una frase de Albert Camus, extraída de La peste, que reivindica la vida, y con ella de manera implícita el goce, a pesar de todo, a pesar de la desesperación: “No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza, esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que obstinación de vivir”. Esto es lo único y más precioso que querría conservar para mí, más allá de la belleza: vencer a la Muerte a través de un obstinado optimismo.

Cómo nos complicamos, cómo nos obcecamos con nimiedades tantas veces, cuando lo más importante es el aprendizaje del vivir. Solo el curso de los años o la enfermedad nos hacen recuperar la cordura de nuestras madres, que nos enseñaron por las noches, mientras nos leían cuentos, que lo que debe preocuparnos es solo la vida en mayúsculas, con todas sus contradicciones, con todos sus pormenores dulces o amargos, con la inteligencia que nos aleja de los lobos o de las brujas del bosque, venciendo así los obstáculos del camino. Nada más.

 

BILLIE HOLIDAY EN EL CIELO

Me he levantado temprano, poco dispuesto a escribir esta columna, invadido por el tópico horror a la página en blanco. Pero ha sido poner Cheek to Cheek, ha sido escuchar los primeros compases de la orquesta y de esa trompeta que copa todo el protagonismo para encontrar la inspiración. La canción pertenece a un CD de la colección El Gran Jazz que compré hace más de veinte años. Mientras suena una y otra vez en mi minicadena, siento como si Billie Holiday me susurrara al oído: Heaven, I’m in Heaven… La cantante borra el rigor mortis de su rostro y resucita.

Otras piezas y otros artistas de jazz, no solo ella, me reconfortan mientras trabajo: Satchmo, Ella Fitzgerald y Duke Ellington comparten también un lugar en mi panteón musical. Sin embargo, si hoy me he decidido por Billie Holiday es por la nostalgia del corazón que me invade de pronto, en el intento de saciar mi sed espiritual. Me mantiene despierto en medio de la canícula de agosto que momentos antes me atontaba; y descubro que echaba de menos el enorme fuego de su presencia.

Billie Holiday cantando
Billie Holiday cantando

Esa voz rasgada, dura y frágil a la par, deja entrever los claroscuros de una vida difícil, su dependencia a las drogas y al alcohol, sus relaciones personales tormentosas ya desde su adolescencia. Mito y realidad confluyen. Al igual que la francesa Edith Piaf o su compatriota Whitney Houston, la leyenda en torno a ella le ha sobrevivido. Me pregunto cómo se sentía antes de subir a los escenarios, su verdadero elemento. ¿Su espíritu se transformaba después de haber cantado? Seguro que sentiría un gran respeto por cómo cantaba, por ser el foco de atención. ¿Cómo puede ser que haya muerto hace ya tanto si se respira un hálito inmortal en cada una de sus canciones, si está viva en la música? Ella traspasa las fronteras del espacio y del tiempo, y es como si la hubiéramos conocido, como si fuera nuestra amiga del alma, a pesar de pertenecer a generaciones diferentes, a pesar de la distancia.

¡Qué no daría por cantar como ella! Su talento, privilegio de unos pocos artistas, no se podría comprar nunca ni con todo el oro de las minas más prósperas: ha alcanzado la  eternidad y está a otro nivel, distinto del nuestro. Estamos faltos de artistas como ella, faltos de artistas que nos sostengan en medio de la desolación. Estoy seguro de que habita en el cielo: No, no está en el infierno. Billie Holiday ya pagó lo suyo en el purgatorio de la Tierra. No: Dios la ha perdonado gracias a su voz. Ahora nos observa desde allí, agradecida. Ya nunca más será infeliz: continuará cantando junto a los ángeles, y su eco reverberará en torno a las luminosas estrellas que han alcanzado, como ella, la ingravidez, la  morada de los dioses, el refugio infinito.
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