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EL SUECO ES UNA SUERTE DE GIMNASIA

Siempre me ha gustado embarcarme en exóticas aventuras que me hagan saltar de la borda de la nave y cruzar a nado este gran mar (a veces mezquino y luctuoso), este mar que es la vida. Lo que para otros es exótico, como bucear en la Gran Barrera de Coral mano a mano con los tiburones, para mí se me reveló un día. Me levanté por la mañana y me dije: quiero aprender sueco. Dicho y hecho.

Durante tres años, frecuenté el Club Escandinavo de Barcelona; fueron tres años de estudio, de aprendizaje, de viajes. Ahora puedo decir que conozco Gotemburgo y Estocolmo, ciudades para escapar y para hacer uso del regalo de los dioses que es hablar otro idioma. Y sigo aprendiendo cada día en mi trabajo de recepcionista, cada día más, en un hotel con muchas habitaciones, con mucho tránsito de extranjeros. Los suecos y las suecas me sirven de inspiración, para luego armar mis historias. Distingo, atisbo con una sola mirada todo ese magma interior, esa psicología de los afectos. Son amigos que hacen posible que me levante por la mañana con ilusión y ganas de conocer, de sentir y de vivir.

Estocolmo
Estocolmo

Sí, el sueco es entonces una suerte de gimnasia: me abre perspectivas, me prepara para el milagro cotidiano: surge de un chispazo, de un chisporroteo de palabras que conectan, que van más allá de la superficie. Gracias al sueco, conozco mejor la realidad, amplío mi territorio del lenguaje, hago mía la frase de Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Mi sensibilidad se agudiza, también. Los que empobrecen su vocabulario, limitan su visión, sus hazañas. Los que sabemos hablar idiomas extranjeros nos hacemos más dueños del lenguaje de los objetos y es como si al morir nos impregnáramos de una música especial, de la que carecen los demás. La música que nos dicta la sangre primaveral, que afluye y nos calienta las venas.

Me considero afortunado por los diez años que llevo trabajando como recepcionista. Diez años de historias diferentes, de rostros diferentes. He experimentado el sabor de los encuentros, aunque también el sinsabor de las despedidas, personas que me han marcado. Todos me preguntan: ¿cómo puede ser, si los clientes están solo cuatro días, una semana lo más? Yo les digo que sí, que me han marcado. El carácter ya no se me agría tan fácilmente como antes y mi vida no es tan chata ni tan ridícula. Tengo en perspectiva muchas otras aventuras exóticas. Uno de estos días quizás se me ocurra (quién sabe) irme a vivir definitivamente a Suecia.  ¿Por qué no?