VOLÚMENES LIGEROS

El hombre de la mochila a rayas negras y blancas va paseando por callejuelas estrechas de un barrio alejado del centro, sin prisa. Va mirando escaparate tras escaparate pero nunca cruza el umbral: su afán aventurero y díscolo no se somete a la tiranía de perfumes ni de vestidos caros, ni de lavadoras ni televisores o aun zapatos, si bien los que lleva, unas botas para andar por el bosque, están deslustradas por el polvo acumulado. Nada: no quiere otra cosa más que vagabundear.

Cuando parece que su andadura va a resultar vacía e inútil, se detiene ante un colmado. Su puerta entreabierta filtra la poca luz de una tarde otoñal. El hombre entra; desea comprarse un refresco. Después de dar una vuelta alrededor, antes de ir a pagar, se fija en el rostro lívido, absorto, de la joven cajera: como no tiene clientes a la vista, se dedica a garabatear en un bloc de dibujo. Está copiando un retrato de un libro de la biblioteca. El hombre no lo reconoce, por su ausencia de familiaridad con el mundo del arte aunque, según reza al pie de la foto, pertenece a Picasso: El acordeonista. La cajera lo copia a conciencia, aunque dándole su propio toque personal.

El acordeonista (1911), de Picasso
El acordeonista (1911), de Picasso

El hombre paga e indaga en el secreto, imagina: esta cajera está estudiando Bellas Artes o se está preparando para entrar en la Universidad. El hombre apenas si sabe que ese cuadro pertenece al cubismo, ni de la sucesión de planos paralelos, de la ruptura con el punto de vista. Solo quiere que le hablen de helechos, de robles, de hormigas, de estorninos. La cajera le sonríe; ante la mirada fija del otro le dice que le gustaría pintar como Picasso, pero que como Picasso nadie va a pintar porque él era único, inimitable. Le dice que ella se refugia en el arte para huir de la tienda, del barrio, de la ciudad. Confiesa que le gustaría vivir en París.

El hombre sale; esta corta conversación le hace también desear, aunque en los términos de lo posible, comprarse un bloc y dibujar árboles y plantas cuando vaya al bosque. Ya sabe lo que no hará: pintar como Picasso. Jamás se guarecerá a la sombra del cubismo, pues este, para él, no es más que una teoría absurda. No se plantea que lo que considera real no existe, que todo son hipótesis: volúmenes ligeros, etéreos, sin consistencia. Para él, la realidad es simple y llana. Picasso queda lejos de su ciencia comprobable. Nunca será consciente de que el cubismo no es más que otra interpretación del mundo; que él también, si quiere, encontrará y poseerá su propia interpretación.

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